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TRIBUNA

Jean Monnet y la "Oda a la Alegría"

lunes 11 de mayo de 2020, 20:12h

Una de las frases memorables de Robert Schuman fue la de que “la paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan”. A mi juicio, es precisamente “esfuerzo creador” lo que necesitamos en esta etapa de pandemia mundial. Cuando uno repasa la historia reciente europea se da cuenta de cómo los padres de la Unión Europea actual nos pueden servir de modelo o referente a la hora de encarar los nuevos desafíos a los que nos enfrentamos, generados por una crisis sanitaria y una recesión económica sin precedentes.

En esta etapa de contienda y de lucha frente a un enemigo invisible que perturba la paz mundial, resulta más importante que nunca echar mano de “ese esfuerzo creador”, que implica pensar de una forma innovadora, desde parámetros distintos a los habituales, en nuevas herramientas para vencer a la pandemia que, como sabemos, recorre todo el globo terráqueo causando dolor y sufrimiento por doquier.

Pensemos que los complejos problemas a los que tuvieron que enfrentarse los padres fundadores de la entonces CEE, tras padecer los devastadores efectos de la Segunda Guerra Mundial, les hicieron todavía más fuertes; en ningún caso se vinieron abajo a pesar de las dificultades sino que más bien, al contrario, con gran habilidad y coraje gestionaron la construcción europea movidos por el único deseo de que una contienda parecida a la sufrida no pudiera volver a repetirse. Creo que es ahora el momento de plantearse qué hacer de cara al futuro para que una pandemia de tan graves consecuencias como la que sufrimos tampoco se pueda repetir.

Fue hace setenta años, un 9 de mayo de 1950, cuando Robert Schuman, Ministro francés de Asuntos Exteriores, pronunció un histórico discurso, en el que expuso una nueva forma de cooperación político-económica entre los países del continente. En esta Declaración que lleva su nombre, pronunciada en París, se recogía la audaz idea de que si se ponía en común la producción del carbón y acero, la guerra entre Francia y Alemania, países rivales históricamente, se podría evitar. Es decir, la genialidad de los padres fundadores de la UE fue pensar, desde una perspectiva nueva, que en aras de construir una Europa más unida y segura, había que fusionar los intereses económicos de las grandes potencias europeas. La CECA estuvo formada en su origen por Francia, Alemania Occidental, Italia, los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo.

Jean Monnet, gracias al estrecho contacto que mantenía con Robert Schuman, fue el verdadero artífice de la creación de la CECA, convirtiéndose en el primer presidente de la Alta Autoridad de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, tras la firma de su Tratado el 18 de abril de 1951, que entró en vigor el 23 de julio de 1952.

Recuperando las ideas que Arístides Briande había defendido en 1929 ante la Sociedad de Naciones, Monnet planteó la idea de la unidad europea, fundamentándola en una base económica solidaria, que era imprescindible si se quería alcanzar la posterior unión política y social. Convencido de que era necesario construir lazos de solidaridad entre los pueblos y adoptar decisiones en común que les permitiera hacer frente a posibles circunstancias graves a nivel internacional, Monnet participaría en 1948 en la creación del Consejo de Europa en La Haya.

Bien sabemos, a día de hoy, que Jean Monnet inició entonces una andadura por un camino que no sería nada fácil, animado por un sueño de objetivos tan nobles como ambiciosos y pragmáticos, al pretender lograr además de la integración y la unidad política europea, la conquista de la Comunidad Europea de Defensa. Lamentablemente, fue el veto del Parlamento en Francia en 1954 su primer fracaso, lo que provocó su dimisión de la Alta Autoridad de la CECA.

Aunque Jean Monnet ha sido objeto de numerosos homenajes y ha sido galardonado en numerosas ocasiones por su importante labor en la construcción de la casa europea, creo que, con motivo de la conmemoración del Día de Europa el 9 de mayo, nunca se pone suficiente énfasis en su persona, esto es, en el importante papel que jugó como fundador de la entonces CEE, junto a Robert Schuman, Konrad Adenauer o Alcide De Gasperi.

Es verdad que en este Día de Europa 2020, las instituciones de la UE de forma excepcional por la crisis sanitaria se han visto obligadas a rendir homenaje a través de diversas actividades online a los muchos europeos que, desde un espíritu solidario y fraternal, contribuyen a que la Unión Europea supere la expansión del coronavirus, pero no olvidemos a nuestros padres fundadores y, en particular, a Jean Monnet. Estos días resuena con fuerza su célebre frase de que “los hombres sólo aceptan el cambio resignados por la necesidad y sólo ven la necesidad durante las crisis”.

Por otra parte, aunque las celebraciones se hayan tenido que desarrollar este año de una forma muy distinta a la habitual, merecería la pena escuchar en nuestros hogares la melodía que simboliza a la UE, esto es, la Novena Sinfonía, que fue compuesta en 1823 por Beethoven, tras decidir poner música a la “Oda a la Alegría” escrita por el poeta Schiller en 1785.

El motivo de que se eligiera esta pieza musical es que con ella se pretende resaltar la visión idealista de la fraternidad entre los seres humanos, perspectiva que Beethoven compartía, al expresar musicalmente los ideales europeos de libertad, paz y solidaridad.

Cuando escuchemos el himno convendría recordar que lo es no solo de la Unión Europea sino de toda Europa, habiendo sido primero el Consejo de Europa la organización internacional que convirtió en 1972 el tema de la “Oda a la Alegría” de Beethoven en su himno, para posteriormente en 1985, ser adoptado por los dirigentes de la UE. Un himno que no tiene letra pero que cuenta con las emotivas anotaciones manuscritas de Beethoven, las cuales revelan lo que fueron sus fuentes de inspiración: ¡Abrazaos millones de criaturas! ¡Que un beso una al mundo entero!

A sabiendas de que los abrazos solo pueden ser virtuales en tiempos del coronavirus, tratemos de conseguir, al menos, ese beso de la unidad fraternal que nos convierta en hermanos, a nivel global, para hacernos más fuertes y ganar la batalla a la pandemia.

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