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FRACASA MEJOR

El lector pandémico (II)

Miguel Ángel Gómez
lunes 11 de mayo de 2020, 20:15h
I. Me pasa un poco como a P. que en el aire alto ya no recuerda ni calor ni tristeza, todo es muy propicio a la noche y a la meditación indefinida.

II. No dejo los papeles que me hacen probar, inventar, buscar, luchar. Sigo leyendo, vivo con mis manos y con mis ojos. Hace poco fue un artículo de EVM: “Ayer mismo, por ejemplo, estaba leyendo a David Foster Wallace (‘Para los jóvenes de hoy los Toyota y los atascos de tráfico forman parte de la realidad y literalmente no podemos imaginar la vida sin ellos’) y me sobresaltó por un momento que afirmara que no podíamos imaginar la vida sin atascos de tráfico cuando hacía semanas que ya se estaba demostrando lo contrario”. El silencio es tener que buscar otros protagonistas para que no llegue el comienzo de una paralización completa. El silencio regresa y nos hace ser del tamaño de lo que vemos y no del tamaño de nuestra estatura. La soledad nos reprime y serena. A veces descubrimos propósitos literarios íntimos. La luz es el ocaso de hoy. El silencio es el privilegio de deberes cedidos. Mis pensamientos, si no escribo, me llegan atados tan fuerte, con multitud de nudos cruzados, uno sobre los otros, que me ahogo.

III. El preso florece en cierta atmósfera, ve películas de Clint Eastwood, habla con sus padres si siente un cruel frío siberiano, lee a Tom McCarthy y no está aburrido, no lo está cuando prepara el próximo libro. Se entretiene consiguiendo la comida necesaria y viendo sonrientes y extrañas ventanas, cuidando la limpieza de la casa de papeles. Despierta y duerme. El preso se sirve un poco más de café. No se aburre. Nunca. Le gusta escribir hasta que amanezca. El Covid-19 le lleva a ver sin pensar, con los ojos cerrados sobre el sueño cuya marea se acerca. Los ojos añorantes preguntan por los ahorros, la flor gratuita de lo inútil. El virus ha interrumpido la curva del parque familiar y la cafetería rebosada. El virus ha paseado lentamente su inconsciencia consciente. Nos contentamos con que nuestra celda tenga vidrieras por dentro de las rejas, y escribimos en los cristales, en el polvo de lo necesario.

IV. Uno de mis vecinos que flota en prendas demasiado amplias me dice desde la ventana que relee antiguos diarios y cuando baja a arrancar el coche da vueltas por el garaje con Poe. “Los fantasmas están esperando en un autobús, están en los comercios, están en las farmacias, pero no en el garaje”, me dice.

V. Estaba aquí esperándome otro día más, otro día como un tirano imponiendo su voluntad a los subyugados súbditos que somos de un mal habido reino. La cuarentena es larga y será una lección imborrable. El pasado son Cioran, Gardel, Lispector, Malher o Jackson Pollock. Ahora son otras las diversiones que nos gustan, llegamos a un punto en que no nos decíamos ni la hora que marcaba el reloj de la pared. No somos versiones mejoradas de Shakespeare ni de Marcel Proust. Lo que la luz del día nos dice es... ¿por qué volcanes? ¿por qué pandemias?, es evidente que no aportan otra cosa que desastre. El estudioso de las ilusiones ve como bocanada de aire fresco disfrutar de las cosas importantes y cotidianas: servirse una cerveza, conversar por wasap, el tiempo libre. La realidad coronavírica nos da una visión deslumbrante de la verdad. Cumplí cuarenta años, no veo a todas horas las noticias para no irme a la cama atrapado en un exceso de episodios dramáticos, pero sí leo la prensa. El alarmismo sale de la casa y pasea. La pulsión de la naturaleza pone en movimiento nuestras propias pulsaciones. Comenta Iñaki Uriarte: “No tengo temor, aunque estoy en catorce grupos de riesgo. Mi mujer está más obsesionada y me protege mucho. Lo último que me ha dicho es que me tengo que lavar las manos quince veces al día, pero me río. En la calle tengo la impresión de que la gente me tiene más temor a mí que yo a ellos”. El temor es un celador que nos abre la puerta de la celda, a media mañana, una vez por semana. En oscuros valles retirados, ángeles gritan que el tedio es palpablemente real.

VI. Lo cotidiano es un milagro en la niebla de los sueños. El dolor tiene hambre de fuerza. El desastre no resulta tan espeluznante en el contacto con otro ser humano. Pienso mucho en los que llegan a la aniquilación del yo sin nadie cerca. Como dijo el gran Christian Bobin al hablar de la inteligencia: “Una inteligencia sin amor es como un traje de seda vistiendo un cadáver”. La clave, el sentido de un diario, yace en el cofre lento del olvido, algo tenemos que crear alejados de la fiebre cerebral y caminando rumbo a la emoción. La vida contemplativa es hoy la principal realidad. Forjo el diario para sobrevivirme. Lo forjo con palabras mías y de los otros para que la realidad no se me escape. La ventana entreabierta desea poner mis aptitudes a su disposición. Si me da la oportunidad, daré rienda suelta a la imaginación. El diario íntimo es intentar escribir lo relevante, lo que nos rodea dentro de la fugitividad que permanece. El escritor de diarios cuenta lo que le pasa mareando a la bestia del tiempo. Hay un sonambulismo del vivir honrado y sincero que se encara con el mundo. El lector concreto, basta con que encienda la luz, para que salgan en doble fila, de las paredes, del techo, del suelo, verdaderos ejércitos de palabras desfilando como descripciones crudas e imaginativas. Escribir es como respirar. El diarista es como un cuervo cuyos graznidos están disimulados melodiosamente; salen de una caja acústica con centinelas espectrales.

VII. Guantes rotos sin percatarnos. Guantes inútiles, cosas esperando entre tumultos distantes. Guantes como el último refugio sincero del ansia de vivir. Sin ellos, no tenemos nada. Guantes en esta misteriosa tierra de nadie que se extiende hasta nosotros. Guantes cuando nos empapa el sudor tras más de un mes de cuarentena con más de dos millones de contagiados. Guantes con el virus mirándonos con los ojos abiertos mientras lo saludamos. Guantes a los que dar las gracias porque nos han proporcionado momentos de felicidad. ¡Cómo les halagaría eso! Estamos llenos nada más que de pensamientos amables. Guantes hermosos y llenos de vida, asustados y llenos de muerte. Guantes precavidos en este viaje en que necesitamos vacunas, con un miedo racional.

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