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TRIBUNA

Confinados en Rapa Nui, la isla del fin del mundo

miércoles 13 de mayo de 2020, 20:33h

Me ha reaparecido, sin aviso previo, el recuerdo de ese viaje, imagino que para ayudarme a escapar de la ansiedad de este confinamiento y ojalá me florecieran otros tantos para perfilar los vacíos de mi entendimiento, que ya calan bien hondo, y recomponer el roto de esta complicada estancia.

Ahí estaba, sobrecogido y sin tiempo de asimilar la impresión que causa esta preciosa y pequeña isla, con sus tres volcanes extintos que han dejado las coronas de sus vértices y con sus lomas que descienden al mar con el mismo dibujo que mis piernas ahora que me siento en lo más alto. Sonrío, inevitable, bajo la llovizna y con una brisa soleada y me quedo tanteando ese horizonte imposible de alcanzar a cualquiera de los lados a los que mueva mi cabeza. Es cierto que estoy, con Melina, en el fin del mundo.

Rapa Nui no es nuestro fin del mundo, porque en apenas unas horas llegamos desde Santiago de Chile, sino el de aquellos primeros habitantes polinésicos de hace más de un milenio, no sabemos a ciencia cierta por qué, que navegaron hasta allí y las habitaron durante algo más de otro medio milenio, pero que después nos dejaron desconcertados con el vacío de sus diez clanes y el colapso de su civilización.

Aún así aquello no aventuraba el drama de la llegada de nuestro mundo un domingo 5 de abril de 1722, día de Pascua de Resurrección, que arrasaría lo poco que quedara de sus costumbres, su clase sacerdotal, su idioma y el mundo Rapanui, mermando como dos sucesivas pestes de antaño a los diez o quince mil habitantes del XV hasta la casi extinta cifra de 110 a finales del XIX.

Aquellos originarios, gobernados por el Ariki, organizaron el territorio como medios gajos de naranja, desde la cresta de los volcanes hasta el mar, porque estaban confinados, por qué no decirlo así, pero cada clan tendría un poco de todo: un pedazo de cumbre, otro de cantera, una ladera para los poblamientos y los cultivos y a continuación el litoral para los eventos políticos, religiosos o ceremoniales y desde allí a la mismísima playa para lanzar sus embarcaciones hasta alta mar. Y las gaviotas volarían por debajo de sus pies y se oirían las rompientes de espuma en los acantilados, como ahora me pasa a mí. Un pequeño universo de naciones, tribus o reinos confinados, pero cuyo equilibrio se fue apagando, superpoblado y desforestado, hasta la guerra fratricida que les hizo refugiarse en cuevas y túmulos semienterrados, abatir a sus gigantes ancestros y dar forma al ritual del hombre-pájaro para dirimir aquella difícil gobernanza.

Ahora lo único que vemos son Moáis, tan solo, que por su abundancia me trasladan sin quererlo al Egipto del faraón Akenatón (1372-1336 AC), donde la dureza de la piedra de talla permitía un perfilado perfecto, saltando desde un mundo arcaico de geometrías básicas a otro “eterno”. Las cualidades de estos moáis eran al final muy superiores a las de los primeros bloques esquemáticos y con unos petroglifos a sus espaldas como lenguaje místico desde la penumbra .

¿Qué es eso de emplear miles de troncos de palma como rodillos para trasladar a los gigantes de pie, al grito, las sogas y el golpe de maza, que nos cuentan como si de un simultáneo (1504) y chapucero traslado del David de Miguel Ángel desde el taller a La Plaza de La Signoria de Florencia se tratara?. Porque si bien los humanos hacemos cosas tan estrafalarias como para imaginar que aquella esforzada procesión fuera un paso de Semana Santa, con un sacrificio ritual extremo o una especie de a galeras voluntaria comandada por el cacique religioso, quien asignara semejante penitencia, el escultor, darlo por seguro, para nada se implicaría en semejante aberración de traslado, ni por brebajes ni cánticos con que le embalsamaran.

Tened en cuenta que el maestro escultor en Pascua debía tener el mismo prestigio que el escultor o arquitecto del Egipto que antes mencionaba, o sea, lo más, como para poner en riesgo su obra con tanta gaita.

Pues en estas cavilaciones andaba en las canteras de Rano Raraku y sin atreverme a bordear la laguna interior por lo absolutamente embarrado y resbaladizo de su ribera de juncos, y lo mismo me pasaba en los senderos de arcilla roja por los que accedí al parque.

-No hay nada que resbale tanto – me dije.

- salvo las peladuras de tocino de mi abuela o las gradas engrasadas de los astilleros que visitaba con mi padre. ¿Por qué los rapanui no iban a emplear lubricante para el traslado de moáis sobre su espalda en forma de balsa?, ¿no sería bien fácil disponer lechos de juncos y arcillas que humedecidos los hicieran volar como trineos ladera abajo?

Cae ya la tarde y recorta los moáis contra un cielo rojo y el mar. Es hora de despedirse de un hermoso sueño confinado y lleno de mitos y leyendas, añorando volver, estar en ese fin del mundo y no en ¡el quinto coño! que decía Camilo José Cela cuando me venía a posar refiriéndose a Arganda.

VICTOR OCHOA

https://www.victorochoa.com

https://www.instagram.com/vochoaescultor/

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