Me considero bastante pudoroso en eso de impartir bendiciones. Si lo hago lo es en silencio y sin llamar la atención. El padre Ángel, al que respeto por su caridad cristiana, prefiere hacerlo con sonoridad y por escrito. Para la ocasión lo ha hecho con su querido Vicepresidente don Pablo Iglesias al que a su vez le pide reciprocidad de actos: “Déjame decirte ¡que Dios te bendiga! y pedirte también que tú me bendigas a mí”. Al parecer así se lo ha transmitido el páter en carta personal dirigida al susodicho político como muestra de gratitud ante los destacados ejemplos de estar ayudando con su trabajo y esfuerzo a conseguir que un mundo mejor sea posible. Me parece correcto porque cada cual con sus propias bendiciones puede hacer lo que mejor le convenga; aun así, siento discrepar porque esta gracia me suena como a rara. Yo soy más de impartir las mías a quienes ponen dinero de su bolsillo para salvar vidas humanas e intentar mejorar la calidad de cuantos sufren serias enfermedades, por ejemplo el cáncer, además haciéndolo desde el altruismo, la benevolencia y la sencillez de actos.
Yo bendigo a don Amancio Ortega por la gratuidad de sus acciones basadas en el orden del buen magnánimo, algo parecido a lo que hizo aquél samaritano que practicó la filantropía con el prójimo malherido que fuera desatendido por un sacerdote y un levita. Y lo hago, créanme, desde el saber distinguir lo uno de lo otro. Lo uno, es decir don Pablo, en su calidad de cargo público obligado a servir al país que representa y que por ello cobra de nuestro erario. De manera que un ministro con cartera no hace más que cumplir con su deber, exigencia, responsabilidad, encargo, trabajo o compromiso merced a la ciudadanía que contribuye vía impuestos, arbitrios, tributos, tasas, gabelas, gravámenes, rentas, alcabalas o aranceles para el bienestar de sus señorías. Lo otro, sencillamente, es don Amancio Ortega, que por sus múltiples ayudas me quedo corto.
Las bendiciones desde un alma agradecida son secretas conquistas para quienes las imparten, nunca han de representar énfasis de pública notoriedad emitiéndolas por escrito, pues unas veces el papel es traicionero y otras de tanto enseñar que hasta se ve el plumero. El Papa, cualquiera de ellos, en Urbi et Orbi extiende la bendición a todos por igual, ¿para qué entonces un predicamento tan fuera de lugar? Ay, Padre Ángel, ya sabe aquello de la mano izquierda y la mano derecha y el consejo de no tocar trompetas, pues nada hay mejor que el silencio y el recogimiento para un buen anacoreta. La política es cosa de entretenimiento que no sirve para curar lamentos, sino más bien para acrecentarlos a base de promesas y mentiras de falsos progresos. Cuanta verdad hay en Don Quijote en algo más de cuatrocientos años atrás: “Cuidado amigo Sancho que son los mismos que luego cobran de berberiscos y de otros que más allá someten a sus pueblos y ello, tanto mal vestidos cuanto procede el buen hábito, como vestidos de la más cursi casta, cuando no es tan menester". Y es que al antiguo aquél saber del hábito no hace al monje, resulta de igual trato decir que político que frailea mal augurio acarrea.
El cielo no se gana dando parabienes a diestro y siniestro, tan solo es cosa de separar el grano de la paja para equilibrio del buen ministerio, eso sí, cada cual en su empleo y sabiduría si con ello el bien es común para toda la ciudadanía. Lo que más importa es no mezclar el aceite con el agua que para ocasiones de iglesia y Estado se antoja tema muy delicado. La clase política, padre Ángel, tiene en arrogancia y costumbre sus propias letanías y modos de gobierno, no acostumbran a ir a misa más cuando ven de cerca el infierno y aun yo le diría que gustan de coleccionar impiedades sin arrepentimientos, pues son muy de no castigar a sus ministros delincuentes o inmorales por mucho que éstos hayan metido mano en los públicos caudales. Son de poco fiar, padre Ángel, mienten, niegan o asienten en igual precio según les va. Rompen los sagrados juramentos o promesas de guardar, y si se lo reprendes ojeriza toman a quienes dicen la verdad.
Vea usted padre Ángel que bendecir en barbecho no arregla el concepto y me da igual quien sea el beneficiado porque siempre los servidores públicos dirán que son de otros sus propios pecados, eso si antes no se exculparen diciendo que lo mal hecho lo fue por razones de Estado. Los estadistas por lo general se guardan en lujos y buen vivir, gozan de un sinfín de estipendios y privilegios que les son pagados por sus contribuyentes vasallos. ¿Acaso cree usted que una bendición a este o aquél político les va a motivar en consuelo lo de poder ir al cielo? Otros vendrán que buenos les harán y a fe que esto es tan verdad como el no desviarse de la caridad cristiana que usted profesa con personas de necesidad. Guárdese de malgastar bendiciones en quienes no comulgan con la sinceridad en ninguna de sus vertientes, y no porque no sean creyentes, sino porque hacen de la mentira la doctrina de sus quehaceres. Aunque alguno bueno lo hay, siendo los menos debo reconocerlo, la clase política en general vive para el dispendio a costa del soberano pueblo. Así ha sido y será por los tiempos de los tiempos. Con Dios y con respeto.