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TRIBUNA

La Paz del Camposanto

jueves 14 de mayo de 2020, 20:14h

No es fácil opinar en la situación actual sin tener que sumergirse hasta el cuello en el pantano de la lucha política. No sólo a escala nacional: conflicto de partidos y tensiones nacionalistas, declaraciones miserables de un lado al otro del sistema de partidos… En el terreno internacional la lucha entre las grandes potencias y las diferencias de criterio en el modo de afrontar la epidemia suponen también peligrosos enfrentamientos. En el estado de tensión creciente asoma el gesto despreciable o ridículo de algunos, de cuyo nombre no puedo acordarme, y sus palabras perversas e insensatas. Nadie parece tener presente los miles de fallecidos en condiciones desoladoras, muchos desatendidos por un sistema sanitario incapaz de asumir la magnitud del desastre. Asfixiados y solos, en salas de espera que han sido morideros, desasistidos como los propios sanitarios que han debido enfrentar la situación sin los medios apropiados. No es esto una denuncia, es la descripción de un hecho. Así ha sido. Es cierto que son hechos que por sí mismos claman al cielo.

Han caído decenas de miles de personas, sin el aliento de una voz próxima, sin la mano cálida o el gesto familiar que confortara el tránsito. El cuerpo presente no ha sido velado y las cenizas han sido llevadas por una sola persona, taciturna y solitaria, a su lugar en el campo interminable de las sombras. De todo se ha hecho política, quizás por eso no hemos visto las muchedumbres de cadáveres, los gestos del miedo y la ausencia, la larga extensión de ataúdes sellados para siempre. Porque de todo se ha hecho política se ha hurtado la imagen, sello imprescindible de la realidad, que precisa nuestro conocimiento de las cosas.

La imagen de la muerte y del sufrimiento más radicalmente humano habría cerrado las bocas y abierto el pecho ensombrecido por la falsa luz de las victorias. No hemos querido ver el sufrimiento más significativamente humano, la huella antropológica, el anhelo de trascendencia del que mira cara a cara el oscuro gesto de la nada. La imagen habría dibujado una frontera infranqueable a las luchas desmedidas, habría arrojado un manto de silencio sobre el fragor turbio de las voces desquiciadas. Habría puesto en su sitio el valor indudable de la guerra y la política. Habría limitado la soberbia de los gobernantes, de los líderes magníficos, habría mostrado su indigente hechura, su naturaleza menesterosa y frágil. Por un momento habrían barrido el campo algarazos de reconocimiento mutuo, aunque al instante se reabriera la batalla. Acaso también habría erradicado la emotividad nerviosa y trastornada para erigir el sobrecogedor silencio que delata nuestro espanto ante la inmensa soledad sin forma de una ausencia que no acaba. Sólo los que esperan ser acogidos en un Reino impensable pueden sentir en el tránsito una calma curiosidad, una tranquila confianza.

Se habría admitido así una humildad constitutiva, pero también el lugar real que ocupa en la vida humana un elemento que nuestros gobernantes – siguiendo una tradición caduca, es decir, moderna - quieren reducir a superstición y prejuicio. La religión no ha sido nunca un adorno o una superstición, sino una dimensión real de la existencia humana.

En el umbral de nuestra civilización un padre herido y doliente se dirige al vencedor, al señor de las batallas, que ha ultrajado el cuerpo caído del hijo. Quiere velar el cuerpo y disponerle un paso digno al abismo de lo informe. Se dirige a Aquiles victorioso, “también él tiene un padre de avanzada edad”. Príamo ruega al vencedor: “Respeta a los dioses y ten compasión de mi”. Por un momento se suspende la guerra y un llanto compartido sanciona una comunión que no es de este mundo. El mundo seguirá su curso, pero ha quedado establecido un límite. Irene Vallejo en un hermoso texto reciente comenta: “…el vencedor y el vencido lloran juntos y comparten certezas: el derecho a sepultar a los muertos, la universalidad del duelo y la belleza extraña de esos destellos de humanidad que iluminan momentáneamente la catástrofe de la guerra”.

En el ocaso de nuestra civilización no queda resto de esa universalidad del duelo y no hay eco alguno del fondo antropológico de este occidente perdido en la gestión técnica de los decesos y las altas. Nada detiene el pugilato sin épica de una política sectaria, no esperamos ya que una voz atronadora silencie las agresiones miserables en las que viven enredados los gestores de lo público en este mundo vil en el que todo es política.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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