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TRIBUNA

Joselito: un siglo de conmoción

viernes 15 de mayo de 2020, 20:32h

Aquella tarde de infausta memoria los tendidos del coso taurino de Talavera de la Reina, junto a la venerada Virgen de El Prado, estaban atestados de aficionados. Desde que Joselito y Belmonte, Belmonte y Joselito comenzaron a deleitar con su espléndido toreo, a la vez elegante y brioso, las plazas acogían un volumen enorme de público, gentes que preferían esa emoción estética del nuevo arte a la morbosa del peligro. La lidia, como pelea con el toro, perdía adeptos. Joselito y Belmonte certificaron en los ruedos el final de esa rudimentaria faena de esquivar las acometidas de los astados, trayendo consigo ese arte, incomparablemente bello, que bien pudiera ser el octavo. Si antes giraba el torero alrededor del toro, Joselito y Belmonte obligaron a la fiera a girar en torno al diestro. Lo suyo era un toreo de concepto elevadamente artístico. Y fue entonces cuando las corridas de toros alcanzaron rango multitudinario. Fue entonces, como dice Jiménez Losantos en 100 de los nuestros, cuando las plazas de toros se hicieron monumentales.

Cuentan las crónicas que dos días antes de aquella gran corrida, en apenas dos horas se vendieron las entradas expedidas en la talaverana calle de La Corredera. A la ciudad toledana acudió José Gómez, Gallito, Joselito para fundirse con ella en imperecedera y trágica historia, convirtiéndola en permanente santuario de peregrinaje taurino. La muerte parece caprichosa. Aquél primaveral domingo, 16 de mayo, de hace un siglo llovió en Talavera y a punto estuvo de suspenderse la corrida. Sí se suspendió la de Madrid, cuyo cartel anunciaba a Belmonte y El Gallo, quien realmente debió haber toreado en la ciudad de la cerámica. Para Rafael Gómez estaba acordada aquella corrida, sin embargo, ambos hermanos se reemplazaron el uno al otro. Y finalmente, fatalmente, Joselito hizo cartel con otro matador, otro titán del toreo, su cuñado, Ignacio Sánchez Mejías. Con g apareció anunciado en la dolorosa tarde, y con j le inmortalizaría García Lorca en una de las más bellas elegías de nuestra literatura. Ambos espadas debían repartirse los seis toros de la ganadería local Viuda de Ortega.

A las 6 de la tarde, tras anunciar los clarines el cambio de estoque, el toro Bailaor, burriciego, aspero, brusco provocó una verdadera catástrofe nacional. Algunos mozos de espada tuvieron que vaciar sus botijos sobre las nucas de tantos espectadores horriblemente conmocionados. Aquél trauma convulsionó el toreo. Tiempo después cuando dos aficionados se encontraban y recordaban la tragedia se fundían en un abrazo sin acertar a pronunciar palabra alguna hasta que el más resignado o animoso exhalaba un “Todo está perdido”. Tan arraigadas estaban las corridas de toros en las costumbres del pueblo español que merecieron el nombre de fiesta nacional. La fiesta de los toros, además de su inmensa belleza estética, es una verdadera institución, auténtica cultura. Cien años después, millones de españoles estamos conmocionados. Se tiene la impresión de que todo está perdido. Pero ni virus epidémicos ni virus ideológicos podrán con España y su fiesta nacional.

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