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Diarios

John Ruskin: Praeterita

domingo 17 de mayo de 2020, 19:16h
John Ruskin: Praeterita

Traducción de Andrés Arenas Gómrx y Enrique Girón Irueste. Langre. San Lorenzo de El Escorial. Langre, 2019. 23 €.

Por José Pazó Espinosa

Cualquier lector medianamente devoto de Proust recordará las referencias que el autor francés hace a la obra de John Ruskin, el escritor, crítico y profesor de la Inglaterra victoriana que alcanzó un enorme renombre en la Europa de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Ruskin tuvo una larga vida, 1819-1900, y fue un autor enormemente productivo, y con una vida muy compleja, quizá como buen intelectual victoriano.

Proust tradujo dos obras de John Ruskin, la primera en 1904 The Bible of Amiens, y en 1906 Sesame and Lilies, ambas, claro, al francés. Sus traducciones han sido bastante cuestionadas, ya que Proust apenas sabía inglés, aunque él siempre se justificó afirmando que no conocía bien el inglés, pero que sin embargo conocía a Ruskin mejor que nadie. No en vano, André Maurois calificó a Proust como el principal discípulo de Ruskin. Y, en este caso, Maurois sabía de lo que hablaba.

Es verdad que, para llevar a cabo las traducciones, Proust contó con la imprescindible ayuda de su madre y de Marie Nordlinger, quienes conocían la lengua inglesa mejor que él. Sin embargo, como algunos estudiosos han puesto de manifiesto, a menudo sus traducciones tienen errores léxicos que, sin embargo, no ensombrecen el hecho de que seguramente, mejor que nadie, Proust estaba familiarizado con el espíritu de Ruskin, con lo que este quería decir. Otros, paradójicamente, han defendido que sus traducciones son las mejores que se han hecho de Ruskin en lengua francesa. Y bastante de esto hay. Porque esas traducciones, especialmente la de Sesame and Lilies, sirvió a Proust para desarrollar y fijar su principal arma literaria, su personal estilo. Y no solo su estilo sintáctico o léxico, sino su estilo literario y memorístico, su poética, ese sutil trenzado de memoria, impresión y divagación. Ese paseo constante, tan proustiano, por las corredoiras (permítasenos este término gallego ya en desuso) de la sensibilidad.

Proust no solo fijó su estilo, sino que, como digo, levantó la cartografía de su poética, y lo hizo en el prólogo a la traducción de Sesame and Lilies, ese prodigio que tituló Sur la lecture, un breve tratado de enorme trascendencia literaria. Este extenso prólogo no sirvió solo para mostrar un estilo ya maduro y personal, sino que fue la semilla de lo que iba a venir después, esa luminosa y enormemente fluvial, búsqueda del tiempo perdido.

A menudo se ha tomado el título de Proust como la busca de su propio pasado, la caza del tiempo ido. Y, sin embargo, tras leer a Ruskin y tras leer Sur la lecture, se tiene la sensación de que eso no es así, de que Proust en realidad va a la búsqueda del tiempo que ha malgastado por su vagancia, por su tendencia a perder el tiempo en labores y preocupaciones inútiles y vanas, pero bellas como los cachivaches de la habitación en la que uno durmió de niño en la casa de sus abuelos, aquella cámara llena de objetos extraños, remotos, a veces inconexos y sin un significado claro, pero portadores del misterio -que es siempre la antesala-- de la belleza.

A Proust, por todo ello, se le ha relacionado con Ruskin y con esas obras mencionadas y alguna más, pero nunca con Praeterita, autobiografía de Ruskin que ve ahora la luz en español en una cuidada edición de la editorial Langre. Y para comprender a Proust hay que leerla. En primer lugar, porque Praeterita es una obra amena, rica, sugerente. Porque nos lleva al corazón del arte en el ocaso del siglo XIX, justo antes de que comenzaran las vanguardias propiamente dichas. Porque es la crónica de una educación sentimental que pasa por toda Europa, incluida España, aunque Ruskin nunca venga a nuestro país.

Su padre, comerciante de vinos de Jerez, estaba en contacto con las familias productoras de la zona, y curiosidades hispanas son que el primer amor de Ruskin fue una Domecq hispanofrancesa, Adèle, y su primera impresión artística notable se la produjo una figura de porcelana de un bandolero español que su padre trajo de uno de sus viajes. Tras eso, hay mucha Italia y mucha Suiza, algo de la zona de los lagos y bastante Escocia. Ruskin, como buen protestante, admiró el espíritu ginebrino, no solo de Rousseau (Praeterita tiene algo de confesiones), su laboriosidad y pulcritud, y detestó el espíritu disperso, sucio (según él) y dado al ocio de los italianos. Pero lo hizo, para, en perfecta contradicción, acabar renegando del protestantismo e inclinarse hacia el catolicismo. Ese proceso, recuerda al de Julio Caro Baroja cuando, al final de su vida y tras un viaje a Nápoles escribió que una de las pocas cosas que sentía era no haber viajado a esa ciudad antes.

En Praeterita, hay ya connatos de interpretación artística hipermoderna (el arte está en el ojo, no en la obra), de ensalzamiento de la naturaleza sobre la cultura (confiesa que descubrió la auténtica belleza dibujando un árbol del camino, y así se dio cuenta del tiempo que había perdido con piedras e iglesias), y de un minimalismo vital que se escondía tras una timidez patológica. Y, sobre todo, está el magma sentimental que luego amasó Proust: las niñeras, la calidez del refugio familiar, los primeros amores, la debilidad física, los viajes estivales, los chapuzones en las pozas de la memoria. Tanto, que me atrevo a decir que el plan de la obra de Proust está por lo menos inspirado en este libro. Y ya es mucho decir de un libro.

Ruskin casi no habla de su matrimonio con Effie, quien consiguió la anulación matrimonial aduciendo la no consumación del matrimonio, y sí al final de su rosa de Irlanda, Rose Latouche, a quien conoció en 1858 cuando ella era una niña, y quien fue su último amor. No hay que olvidar que era victoriano y amigo de Lewis Carroll. Murió loco, como Swift, y entre delirios y lucidez terminó su autobiografía, Praeterita. Un bello nombre para una incursión en el tiempo pasado, algo que de nuevo nos remite a Proust.

El libro está traducido, de forma ejemplar y por vez primera al español, por Andrés Arenas y Enrique Girón, y tiene un epílogo de ellos mismos muy interesante, en el que comentan la recepción de Ruskin en la tradición española por Menéndez Pelayo, Unamuno, Baroja, Ortega y Gasset y Borges, entre otros. Praeterita es un libro para un confinamiento, sea este voluntario, como el que tomó Proust, o impuesto, como el que nos ocupa estos días. La belleza del espíritu es siempre buena compañera en la soledad del retiro.

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