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ORIENT EXPRESS

La tauromaquia es cultura

domingo 17 de mayo de 2020, 19:47h

Yo tuve la suerte de crecer en un ambiente taurino. La tauromaquia formaba parte de esa cultura maravillosa que se extiende por América, Europa y hasta África, donde están las plazas de Ceuta, Melilla -la “mezquita del toreo” la llamó Corrochano- y Tánger, que testimonia la presencia española en Marruecos. En torno al mundo del toro sonaban pasodobles, se bordaban trajes de luces y se edificaban cosos deslumbrantes como la Maestranza de Sevilla o majestuosos en su belleza goyesca como la de Ronda. Ya lo dijo Juncal, “todo gira, en el mundo, alrededor de los toros. Los músicos existen pa´ inventar pasodobles toreros; los poetas, pa´ cantar a los toreros; los médicos, pa´ curar a los toreros; los arquitectos, para construir plazas de toros; los pintores, pa´ pintar toreros, y las mujeres, pa´ querer a los toreros”. No sé si, en la España de hoy, Juncal hubiese podido decir estas mismas palabras.

Estoy un poco cansado de recordar no sólo que la tauromaquia es cultura y que, en torno a ella, han florecido y florecen la pintura, la poesía, la escultura, la arquitectura, la gastronomía o la música. Ya se ha repetido hasta la saciedad la lista inabarcable de escritores, cineastas, fotógrafos, bailarines y flamencos -por citar solo algunas formas de arte- que han sido aficionados y hasta devotos de las fiestas de toros. Felizmente, las credenciales culturales y humanistas de la tauromaquia no las ha expedido ningún gobierno, sino siglos de historia desde que los jóvenes de Creta saltaban sobre los cuernos de los astados.

En efecto, los gobiernos no deciden qué es cultura. No lo resuelven ni los partidos políticos ni los ideólogos. La cultura es un agregado de centenares de años y, aunque no puede construirse a base de reales decretos, puede destruirse, sin duda, a golpe de normas y prohibiciones. El Partido Comunista de la Unión Soviética no creó una sola forma cultural que mereciese la pena ni que perdurase, pero condujo al exilio, a la cárcel, al campo o a la tumba a miles de creadores. El intento de crear una cultura al servicio de la revolución y el comunismo segó el potencial creativo de la cultura rusa de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Vitali Shentalisnki describió, en los tres volúmenes dedicados a la persecución de la policía política contra los intelectuales, la destrucción de varias generaciones de artistas -novelistas, dramaturgos, poetas- en aras de un arte controlado desde el Estado.

Sin libertad, no hay arte posible. Esto es lo que nos jugamos hoy en España. Esto es lo que la defensa de la tauromaquia representa. So pretexto de la salvaguarda de los animales, la protección de la infancia y otras coartadas, lo que en realidad se está intentado es acabar con la libertad. Esto no tiene que ver con que uno sea cazador, pescador o taurino, sino con el estatuto de la libertad en tiempos de corrección política, piquetes moralistas y sensiblería, que es la peor enemiga de la sensibilidad.

Por eso, debemos defender la tauromaquia, la pesca, la caza, el pastoreo y otras manifestaciones culturales que están en peligro porque algunos han decidido transformar la sociedad a base de decretos, multas y otras reglas y medidas administrativas asfixiantes y, a menudo, absurdas que confirman el peligro de la burocracia y la dictadura de la corrección política, el emotivismo y la charlatanería. Desde las gallinas “violadas” hasta el lenguaje pretendidamente inclusivo de “les amigues” y “les compañeres”, hay toda una ideología liberticida ocupando cada vez más parcelas de la vida pública española y tratando de prohibir cada vez más cosas. Se intenta impone cómo hablar, cómo comer, cómo divertirse y hasta cómo ducharse o no ducharse.

No hay que ser ingenuos. Asfixiar la libertad es un negocio para muchos -también para el lobby antitaurino- pero de eso habrá que hablar otro día.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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