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TRIBUNA

Lejos, muy lejos… en la distancia

jueves 21 de mayo de 2020, 20:20h

Distanciado de la presencia real de cualquier prójimo, más o menos como todos, ignoro si se ha manifestado en la prensa algún signo de alarma ante la prescripción enfática y acreditada del necesario “distanciamiento social”. Me temo que nadie se alarmará ante tan evidente y necesaria prevención. El mantenimiento de una prudente distancia o separación entre los individuos, seguido de la evitación profiláctica de cualquier reunión o acercamiento, parece una determinación de sentido común. No aceptarla sería un acto de vana rebeldía y de culpable falta de solidaridad con el grupo.

Pero la de distancia es una categoría antropológica de una profundidad constituyente y esencial. Tan delicada cuestión no debiera abordarse sin la precaución que merece cualquier operación sobre la médula de la constitución antropológica. Mi alarma responde a la sospecha de que la mentada prescripción sea solamente un momento de un proceso de más largo alcance, cuyo objetivo viene siendo entrevisto de algún modo por los que señalan las promesas del transhumanismo.

Seré extremadamente sintético. Dos ideas del ser humano alientan bajo la atención al hombre sea como hablante, sea como fabricante. Son dos ideas capaces de llevarnos a una división problemática entre el espíritu aéreo de las palabras y la materia sólida de las cosas. Pero es una distinción superficial: fabricamos las palabras con la musculatura fonadora, como nos comunicamos con los elaborados objetos significativos de los que está compuesta nuestra vida. Habría que entender que la realización paulatina y lenta de nuestra potencia comunicativa o cooperatoria, merced a la producción y uso de las cosas y las palabras, supuso una metamorfosis profunda de la distancia que habitan los animales más próximos a nuestra categoría evolutiva.

Desde que nos implicamos en la tarea común de usar y producir un mundo articulado de objetos o enseres empezamos a tener presentes a los otros de un modo asombroso. Por un parte, hubimos de contar con ellos, aunque no estuvieran actualmente ante nuestros ojos, porque la tarea en que estábamos comprometidos junto a otros, alcanzaba su sentido al conjugarse con la obra común de esos terceros ausentes. Habíamos de tenerlos presentes en nuestra labor actual, porque ésta culminaba al articularse con la obra de esos que actualmente no estaban con nosotros. La confianza, fundamento de nuestra esperanza en que ellos harían su parte del trabajo, animaba a su vez el cumplimento responsable de nuestra propia tarea. Todos en común, implicados en una estructura de cooperación o comunicación que trascendía a cada uno por separado, podíamos estar distantes al punto de perdernos de vista y, sin embargo, necesariamente contábamos unos con otros en nuestra labor cotidiana. Por otra parte, los otros aparecían siempre a través de esos mismos objetos – las cosas, sobre todo las palabras – en cuyo uso y producción nos implicábamos. Mediación insoslayable incluso en el silencioso encuentro cuerpo a cuerpo del sexo.

Llegó el momento en el proceso de constitución de esa forma de cooperación en que nuestro esfuerzo actual se proyectó desde los antepasados a los descendientes, salvando el hiato temporal entre vivos y muertos. Pero ya hace mucho que nuestra actividad en la producción de mercancías industriales rompió esa distancia íntima, salvada por la necesaria consideración de los ausentes que daban sentido a nuestros actos.

La mercantilización y la industria moderna, dilatando las distancias, fragmentando las operaciones y aislándonos en nombre de un programa abstracto de producción de valores de cambio, rompió esa honda integración comunitaria. Una nueva “ceguera moral” (Z. Bauman) surge de esa dislocación de la distancia que permite perder de vista a los ausentes, romper nuestro compromiso y destruir nuestra esperanza. Los trabajadores de una fábrica de armamento recibirán con alegría un nuevo pedido, que garantice por un tiempo su trabajo y, sin embargo, lamentarán sinceramente las matanzas en una guerra lejana, todos celebraremos las caídas en el precio de las materias primas a la vez que deploramos la carestía y el hambre en un país u otro.

Temo que la distancia social se prolongará en formas aislantes de trabajo, formas en las que el cuerpo queda oculto o encerrado, y es sustituido por su representación virtual. El trabajo se resolverá en rendimiento de unidades estancas cuya articulación escapa a cada una de ellas que, eventualmente coordinadas a distancia, no reconocerán otro horizonte social que su pantalla. Una mediación que, muy distinta a la palabra viva y a las cosas, sólo fantasmalmente nos aproxima. Suelo evocar una frase cuyo sentido profundo deberíamos desentrañar: “Cuando lo lejano se acerca demasiado, lo cercano se aleja o desaparece. Cuando el fantasma se hace real, lo real se convierte en fantasma” (Günter Anders)

Ignoramos las consecuencias que este tránsito encierra. Acaso mañana podamos contemplar los efectos de haber trascendido las distancias. Ante nuestro puesto de trabajo o en el acto de consumo, desarticulados y deshechos, dejaremos de tenernos presentes todavía… en la distancia.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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