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TRIBUNA

Utilis Urbi

viernes 22 de mayo de 2020, 20:20h

El penúltimo año de su vida el sin par poeta Horacio, los más elegantes y hermosos versos de la latinidad, compelido por el emperador que se quejaba que él mismo no fuese un destinatario de alguna de sus Epistulae, se vio en la obligación social de hacer destinatario a Octavio, del que fue adversario en su lejana juventud en la batalla de Philippos, de la primera epístola de su Epistularum Liber Secundus. Es precisamente la epístola en la que aparece el famoso versus memorialis que todo el mundo conoce: “Graecia capta ferum victorem cepit”. También le había dedicado dos grandes poemas ( XIV y XV ) de su Libro Cuarto de Odas, en el que el poeta de Apulia estuvo a un paso de caer en una servil adulación, de la que escapó por su sublime genio artístico y porque el mismo Augusto, “tutela visible de Italia y de Roma la dominadora”, no se comportaba como un tirano y “cerró el vacío templo de Jano Quirinal”, gracias a la paz, sobre todo civil, que trajo durante unos años. Adornaba el poder con sus buenas costumbres humanas y mejoraba a los romanos con sabias leyes. En la Epístola que nos ocupa Horacio señala al emperador que la poesía puede ayudarle a crear una mundivisión cívica, un estado mental social que ayude a Augusto a conseguir sus grandes objetivos; las cosas pequeñas y humildes del arte también son necesarias para la grandeza (“parvis quoque rebus magna iuvari”). Además, la buena poesía forma “la lengua incierta del infante y educa su balbuceo, aleja el oído infantil de la palabra obscena, y luego forma su corazón con mandamientos amigables (…) Las acciones ilustres recomienda, y con ejemplos de los tiempos viejos adoctrina los tiempos venideros (…) ¿Adónde irían a aprender sus plegarias el niño puro y la doncella innúbil, si la Musa nos les hiciera el don de un poeta? (…) Pide paz y cosecha copiosa (“impetrat et pacem et locupletem frugibus annum”). La poesía aplaca los dioses soberanos; los dioses infernales son aplacados por la poesía.” Esto es, “Carmine di superi placantur, carmine Manes”.

Pues bien, si las Bellas Artes pudieron ayudar a construir el rutilante Siglo de Augusto, hoy el infame cine español, sobornado por la leche de las ubres secas del Estado español está ayudando a construir una dictadura socialcomunista para la ociosa y vana plebécula. Del cine español goza la plebécula, de la Roma de Augusto gozaban los ciudadanos. De la poesía augústea al serpenteante y lacayuno cine español. Es verdad que Augusto evitaba la pobreza de los poetas y los obligaba a escribir ( “egere vetes et scribere cogas”), pero el resultado del siglo augústeo es cumbre de la civilización humana, y los nefastos años de Sánchez, de prava estulticia, un estercolero en donde sólo podrían oír la belleza asnillos sordos (“aselli surdi”). Y es que siempre el nivel cultural nos muestra cuál es el nivel político. Siempre ha sido así. Política y cultura mutuamente se han nutrido desde el principio. En el caso de Sánchez, “parvum carmen maiestas recipit tua”. El hodierno cine español combina perfectamente con su Mecenas. Como cine alimentado por la subvención pública concedida por los comunistas – el dinero público no es de nadie dijo un portento femenino – este cine tiene que cumplir dos requisitos. Por una parte, debe ser un cine militante – ya se sabe que el comunismo estalinista homicida, que es el que ha prevalecido, enterró el trotskismo con un piolet español, y es que Trotsky, sin duda el bolchevique más culto, consideraba que en una sociedad socialista si bien toda actividad económica debería ser controlada a través de una rigurosa planificación centralizada, la actividad intelectual y artística debería estar fuera de todo control, libre: el comunismo siempre ha evolucionado eliminando toda excrecencia humanitaria -. Y, por otra parte, este cine tiene que rebajar su arte y su mensaje al nivel de la conciencia de Adriana Lastra, frente a la que sólo se puede oponer el sabio psitacismo unamuniano que practica Teo García Egea, cuyo realismo político siempre es académico.

Creo, efectivamente, en la utilidad pública de la poesía, no de aquella que se arrastra por la tierra aduladoramente, como decía el divino Horacio, sino la que colabora en la belleza del mundo y pule los sentimientos del hombre, con acordes de consumado oficio. El papel social de este producto ultraminoritario hoy lo tiene el cine, que programa la mundivisión del pueblo de acuerdo a la categoría moral e intelectual de quien lo produce. Ahora bien, el espíritu creador del comunismo, entendido como el surgido de la Revolución Bochevique, ha muerto. Porque por lo irritante que fuera lo que aquellas películas de Eisenstein, Pudovkin o Dovjenko tuvieran de tendenciosidad grosera, y por distanciados que podamos estar del ideal que les dio vida, cada vez que las contemplamos volvemos a sentirnos arrebatados por su infinita belleza, su irresistible fascinación y su asombrosa audacia técnica, y hoy el cine cochambroso de España, en este estercolero de Sánchez, sólo tiene un eco como parodia miserable de lo que fue la epopeya comunista, sin ninguna de sus hazañas estéticas. Comunismo de grisura, odio y prejuicio. Esto no puede ser útil a la sociedad. Además, la protección financiera al cine de este gobierno socialcomunista sólo es capaz de lograr que se hagan películas que no se ven. ¿Por qué es necesario hacerse un público cuando me pagan por hacer películas que no se ven? Hoy, como en el franquismo, hacen cine los que no saben, y no lo hacen los que saben. Y no es verdad que nuestro cine sea vomitivo por sus temas, pues no hay malos temas, sino malos tratamientos de los temas. Un cine socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo y de utilidad inverosímil.

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  • Utilis Urbi

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    13239 | José Luis - 23/05/2020 @ 13:45:17 (GMT+1)
    Lees a Martín Miguel, a Carlos Díaz o a cualquiera de quienes aportan sus artículos a este rincón de opinión y te quitas el sombrero. Enhorabuena Sr. Ansón, sin ofender ni intentar devaluar otros periódicos, que también leo, no he encontrado ninguno que acumule y exponga para disfrute de sus lectores, tal conjunto de personajes de semejante calidad de conocimiento y cultura.

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