www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

POR LIBRE

Que Simón e Illa se coman las mascarillas

Joaquín Vila
x
directorelimparciales/8/8/20
domingo 24 de mayo de 2020, 19:22h

Al principio de todo esto, Fernando Simón resultaba un tipo agradable. Caía simpático cuando aparecía en su atril televisivo con esa voz de abuelita cascarrabias, esos ojos redondos de asombro marcados por unas cejas tan peludas como su alborotada cabellera, las camisas centrifugadas una y mil veces y un amago de sonrisa tímida. Hablaba con claridad, con parsimonia. Parecía creíble. Por entonces, vivíamos tranquilos al sabernos inmunes a una rara enfermedad oriental que pasaría de largo. Y las espantosas mascarillas que ahogaban a muchos extranjeros eran innecesarias por estos lares, según aseguraba el entrañable sabio.

Ya se sabe que los chinos comen bichos raros y los italianos no paran de manosearse. Ése era el certero análisis de las autoridades sanitarias patrias. Pedro Sánchez se mofaba por entonces de que hubiera riesgo de contagio, exactamente igual que Donald Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro, que ya son conocidos en todo el orbe como los cuatro jinetes del coronavirus. Salvador Illa, aun con esa enjuta cara de pena, todavía transmitía paz y serenidad. Siempre es preferible un ministro de Sanidad serio que un chisgarabís.

Y un día, festejando aún las muchas y divertidas manifestaciones feministas que habían recorrido todas y cada una de las calles de todas y cada una de las ciudades de España ocurrió lo inesperado. El maldito bicho entró como un ciclón y lo arrasó todo, asesinando al que se ponía en su camino. La mayor tragedia nunca vista.

Pero aunque resulte increíble, después de haber abierto al virus de par en par las puertas de nuestra casa, el hasta entonces simpático Simón seguía apareciendo cada día en su púlpito televisivo a dar consejos e imponer normas. Después de haber contribuido con su catastrófico vaticinio a que España se convirtiera en el país del mundo con más mortalidad en función de la población. Sin duda, Pedro Sánchez le animó a ocultar el peligro por aquello del 8-M. Pero ahí sigue el tipo con la misma camisa, la misma chaqueta resobada y los mismos ojos de asombro, que, de pronto, producen pánico.

Y ahora nos dice que nos pongamos la mascarilla hasta debajo de la ducha, no vaya a colarse el virus por algún agujerito de la alcachofa. El ministro de Sanidad, que sigue también ahí, que sigue tan tieso como un palo y tan amuermado como siempre, nos prohíbe bañarnos en el mar. En no sé qué ridícula fase, podemos pasear por la playa, tomar unas birras en el chiringuito con hasta diez colegas; lo que se dice una fiesta en toda regla. Pero las autoridades prohíben tomar el sol y adentrarnos en los océanos no vaya a estar el virus en la espuma de las olas o emboscado en los granos de la arena. Y la gente les hace caso. Nadie les manda a su casa de una patada: uno, a planchar camisas; otro, a ver una película de los Hermanos Marx a ver si se ríe un rato, que falta le hace. Seguro que suelta una carcajada si escucha a Groucho intercambiando principios. Le recordaría a Pedro Sánchez en busca de pactos por entre los escaños del Hemiciclo.

Aun a riesgo de que algún guripa me calce una multa, no me voy a poner la mascarilla ni por causa de fuerza mayor, que se dice ahora. Y si me acerco a la orilla de alguna playa me tiro al agua de cabeza. Porque sería suicida seguir los atribulados consejos y normas de esta pareja tan peligrosa para la salud de los españoles. Hay que hacer lo contrario de lo que recomienden Fernando Simón y Salvador Illa. Porque, como dice Pedro Sánchez, tenemos que salvar vidas. Y la primera, la propia. Que se metan las mascarillas por las mismísimas olas del mar.

Joaquín Vila

Director de EL IMPARCIAL

JOAQUÍN VILA es director de EL IMPARCIAL

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (26)    No(4)

+
0 comentarios