TRIBUNA
No te quiero yo a montón, la mía España
miércoles 27 de mayo de 2020, 20:11h
En esta Hispania, tierra de conejos según Catulo, ya no valen aquellos versos del sevillano en Colliure enterrado.
Pues que ya no hay españolito que venga al mundo ni a quien le guarde Dios, ni donde no, una España a la que siquiera el corazón se le hiele.
Pensemos en la conejería española como aquel Macondo de miles de añadas en soledad. Coyundas tiene la Iglesia que son lazadas de sirgo. Y es que aquí llega, de nuevo, Soledad Montoya, escrita por aquel otro poeta pistoleado en el barranco de Víznar. Tornan, pues, los caballos ultras, las legiones con cabra y canciones musculosas, más un señor bajito nascido según dicen algunas crónicas en Ferrol. Y de este modo, desde aquí lo juro por el santo más bendito, que algunos y algunas ocurre que se desbocan, bocas que besan o escupen a Olalla a la que presuntamente adoran. Con honestísimos desvíos desean colegir tantas iberias con tal de proceder al sajamiento de los pechos que antaño fueron ya cercenados. No se enoje nadie, que con estos servicios son parte de hacer un pecho benigno al hispánico modo de fortalecer un partido, que no de balompié, si de caso, más aún en peor.
Politiquillos a tropel priman sin saber a qué clavel coronar, deshojar, desvirgar con postizas hipocresías, espadañas hilan sin dar punto al calcetín de tantas revistas vistas por un gentío amontonado entre aguiluchos y marqueses y espinosas y cayetanas y arquitectas sin membrete y toda la ristra de ajos que ojos pican. Más, dios nos guarde en el romance, esta niña pizpireta que al balcón se asoma del departamento a Cibeles con vistas, muy juntita al de un tal Alberto gatuno. Sucede entonces que, cuando canta el gallo primo, las gallinas entran por las que salen. Ave María purísima sin pecado concebida.
¡Ah, españolazos que al mundo venís¡, abrid el Capistrano por escucharnos a nosotras, las enfermeras enfermas, las cuales os decimos lo que en silencio callamos. Que es lo que sigue: ¡tres españitas mueren y doce bostezan¡, ¡y las otras, cuchara y cacerola¡
Yo te digo, gitana mía Leonor, ven conmigo a tus 14 años, conmigo de la manito ven por ver Castilla y sus campos, pues con vos esta tierra nuestra empieza, y con cantares semeja, preciosa, tuberculosa viva, ven y vela, que velando a Eros a los ingleses desertados con tus muslos pondremos en hora buena, como antaño, una pica en la cabeza, pero no en Flandes ni con los Tercios, sino gracias a los yangüeses.
Escuchemos la voz de Saavedra, de nombre don Miguel y primer apellido Cervantes: “Entonces se declaraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente, del mismo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen”.
Y acabo tintando aquí unos versillos que me mandó tiempo ha en rotos papeles al vuelo en ganzúas de la alondra más de madrugada, o el ruiseñor de la nochada, pues al cabo amanece que no es poco, una amiga mía nascida en Ferrol, pero exiliada en Formentera. Compuestos los papeles en buena línea y rectitud, así dicen:
ESPAÑA EN MI PALABRA
España, enigma mío que eres,
de ti aprendí en la infancia
tus primeros ríos y enseguida
adiviné que agua nunca llevaron.
España, fama esclava de tu dueña,
quise conocerte y andarte
y memorizar tu nombre para siempre,
pero al enterarme que por una moneda de plata
compraste tu historia, tus poetas
y hasta las luces de tu mancebía,
me desprendí de ti
para batirme a duelo con tu prensa.
España, mal vino que nunca encontró bodega,
ahí te pudras como tantas vidas que enterraste,
que por buscar gobiernos que cupieran en tu oficina de correos
enemistada sigues estando de reyes con gota en la pierna
por eso tus cuchillos ya no entran en la carne de los cerdos.
España, no me escribas en tus libros,
y que mi cuerpo en ti nunca yazga
pues mi identidad es bastarda
si, por vanidad, comprar intentaras mi palabra.