www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El Gobierno de la mentira

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 29 de mayo de 2020, 20:05h

El joven Platón del Libro III de La República, aunque hacía de la mentira un delito gravísimo para cualquier ciudadano que la practicase, reservaba la capacidad de mentir a los que gobiernan el Estado, quienes no sólo están autorizados a mentir a los enemigos, sino también a sus propios conciudadanos “para beneficio del Estado”. Esto es, la razón de Estado para el joven Platón, encarnado en el personaje de Sócrates, legitimaba la mentira. Sin embargo, el octogenario Platón que escribiese Las Leyes, con la inestimable ayuda de su joven discípulo Filipo el Opuntio, cantó la palinodia, encarnado en el personaje del Ateniense, y quiso dejar claro en el Libro V antes de morir que bajo ninguna circunstancia el político podía mentir a sus ciudadanos. Cincuenta años le hicieron cambiar de opinión. “Ningún ser vivo nace con la calidad y grado de inteligencia que le corresponde tener en su vejez”. Efectivamente, “la verdad es para los dioses el primero de todos los bienes, y también para los hombres supera a todos ellos”. Obligados a la verdad, los mejores gobernantes son los esclavos de las leyes ( doûloi toû nómou ). Y aquellos ciudadanos afectados por la mentira no se les ha de confiar nada que signifique gobierno. Gobernar supone veracidad absoluta y, a la vez, no dejarse engañar por nadie. Es forzoso, según Platón, conceder al pueblo participación en el juicio contra gobernantes mentirosos, porque cuando se miente a la ciudad, los perjudicados por el engaño son todos. La mendaz infamia de un gobernante mendoso no puede jamás perdonar el pueblo.

Mi grande e inolvidable amigo, Antonio García-Trevijano, en la primera redacción de su libro Frente a la Gran Mentira ( 1996 ) criticaba acerbamente al joven Aristocles, pero al señalarle yo, humildísimo discípulo y lector de las primeras pruebas, la evolución de Platón, eliminó la invectiva y se refirió a ello en su prólogo.

Pues bien, yo creo que ni Platón ni García-Trevijano pudieron jamás pensar que la raza de los políticos llegase a crear un espécimen tan depuradamente mentiroso en su naturaleza interna como Pedro Sánchez, la mentira política por antonomasia. Porque no sólo miente a sus adversarios políticos y al pueblo de España – experiencia política de la que ya teníamos precedentes – sino que miente también a su Partido, a los que le apoyaron en su segundo y tenebregoso regreso, a sus socios, a sus ministros y a sus asesores políticos. ¿Tendrá algún amigo al que no le mienta? Estoy convencido de que cuando el pueblo lo defenestre del Palacio de La Moncloa será el hombre más solitario que exista. El mismo pueblo que entregó las fasces al mentiroso se las quitará. Si detulerit fasces indigno, detrahet idem. Aunque a este tipo de almas oscuras y anormales, ya perfectamente retratadas por Teofrasto, Quintiliano, Plutarco o Jean de La Bruyère, no le importa mucho la soledad.

La mentira compulsiva del Presidente contagia a la entera Administración, que incluso nos llega a mentir con absoluta desfachatez con el número de compatriotas muertos por la pandemia, lo mismo que el calamar enturbia el agua para escapar de sus enemigos, que en el caso del Dr. Sánchez es la verdad. En una Democracia los ciudadanos deberíamos exigir al Estado, lo Vivo Sapiente que diría Hegel, no faltar jamás a la verdad; lo cual, teóricamente, es casi tan monstruoso como lo sería enseñar a respirar a los seres vivos. La verdad absoluta debería fundamentar el Estado, de suerte que la verdad oficial fuera la verdad suprema. Un Estado infectado por la mentira del Gobierno se llena de termitas que lo horadan y aniquilan, y lo convierten en una institución repulsiva y maloliente. Sin embargo, ahí estamos, con inconcebibles vaivenes oficiales en el número de muertos. Total, dos mil muertos más o menos es un error administrativo baladí. ¿En qué asuntos no nos engañarán cuando nos engañan en nuestros muertos? Muchos de los que las televisiones de la nueva normalidad consideran como personas de extrema derecha son simplemente hombres incapaces de mentir sobre lo que acontece hoy en España, Quijotes de la verdad, como el depuesto coronel de la Guardia Civil, leal al Reglamento y obediente de las órdenes del Poder Judicial.

También es cierto que exigimos la verdad, pero casi nunca la soportamos. Y es que el mérito de la verdad política no es casi nunca de quien la dice, sino casi siempre de los ciudadanos que saben escucharla y actúan responsablemente en consecuencia.

El mendoso pudor higiénico de quienes aduladores lanzan pestes contra quienes denuncian las mentiras del Gobierno se acomodan muy bien al verso horaciano de “Stultorum incurata pudor malus ulcera celat”; esto es, “el maligno pudor oculta las incurables úlceras de los tontos”. Y aunque la indecencia personal del mentiroso quiera justificarse con un idealismo que tome la verdad y la realidad como puras sensaciones subjetivas – tal como piensa la eminencia gris del peor gobierno que registra la Historia de España – la maldad y la mentira gubernamentales están bien contrastadas. Sánchez es un devoto de la diosa Laverna, a la que debe encomendarse a todas horas. “Da mihi fallere, da iusto sanctoque videri,/ noctem peccatis et fraudibus obice nubem.” Es ya una necesidad vital para España echar a este gobierno miserable y mentiroso que en lugar de proteger el principio de igualdad de los ciudadanos ante la ley, se pone él mismo por encima de la ley, como “rex absolutus legibus”, conculcando así mortalmente la democracia.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (35)    No(0)

+
2 comentarios