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TRIBUNA

Cánticos por la igualdad racial

lunes 01 de junio de 2020, 20:14h

El fallecimiento del afroamericano George Floyd ha desatado una importante ola de violencia y numerosas protestas raciales en más de cincuenta ciudades de Estados Unidos desde que se produjo este fatal desenlace el pasado 25 de mayo de 2020 como consecuencia de una brutal y abusiva actividad policial en la ciudad de Mineápolis (Minesota). Desde entonces coches de policía en llamas, manifestaciones, disturbios, enfrentamientos, saqueos, detenciones, etc. han proliferado en señal de protesta contra la desmedida actuación policial y en concreto contra el policía Derek Chauvin, quien con su rodilla presionó el cuello de Floyd durante varios minutos hasta asfixiarlo.

Para indignación de todos, no pareció importarle al agente “blanco” que Floyd implorara esposado y boca abajo en el suelo que no podía respirar. Ha sido precisamente esa angustiada súplica de “no puedo respirar” (I can’t breathe) el cántico de los manifestantes de estos últimos días que denuncian una y otra vez el abuso de poder y el trato discriminatorio que sufren los afroamericanos en Estados Unidos.

Creo que también es digno de reproche el comportamiento de los oficiales Thomas Lane y J. Alexander Kueng, quienes ayudaron a contener a Floyd, mientras que el oficial Tou Thao se limitaba impasible a ser un convidado de piedra, tal y como refleja el vídeo que en estos días se ha hecho viral en el que, por otra parte, se constata que el afroamericano no opuso en ningún momento resistencia alguna a la desproporcionada actuación policial.

A pesar de que el oficial Derek Chauvin fue inmediatamente arrestado por la Oficina de Detención Criminal de Minesota, acusado de asesinato en tercer grado y homicidio involuntario, y los otros tres oficiales involucrados también fueron detenidos, la tensión ha seguido creciendo porque llueve sobre mojado al repetirse una y otra vez el trato discriminatorio y la violencia contra los afroamericanos en Estados Unidos cuando se producen intervenciones policiales.

Ello explica que las manifestaciones y protestas que comenzaron de forma pacífica se hayan ido transformando paulatinamente en movilizaciones cada vez más violentas como revelan los enfrentamientos, disturbios y saqueos generalizados por numerosas ciudades, a los que la policía ha respondido también con violencia, disparando sin piedad y, eso sí “indiscriminadamente”, gases lacrimógenos y balas de goma.​

Es evidente que la violencia genera violencia y, al final, enciende la mecha de una espiral de odio imparable. Consecuencia de ello es que también un joven de 19 años muriera en Detroit durante la segunda noche de violentas protestas y otras tres personas resultasen heridas en un tiroteo en Indianápolis. El clima de intensa violencia ha conducido a que el gobernador de Minesota, Tim Walz, se haya visto obligado a tomar una medida sin precedentes, que es la de activar todas las tropas de la Guardia Nacional.

La injusta muerte de Floyd ha desencadenado reacciones en otros países fuera de E.UU., como Canadá, Reino Unido, Turquía o Alemania, al tiempo que tampoco ha pasado desapercibida en el mundo deportivo. Varios atletas de élite no solo de Estados Unidos han venido apoyando estos días al afroamericano, entre otros, LeBron James, Brian Flores, Michael Jordan, Coco Gauff, Pau Gasol, Ricky Rubio o Weston McKennie.

Una vez más, Donald Trump no ha estado a la altura de las circunstancias y no ha conseguido calmar los ánimos sociales sino que más bien, al contrario, ha conseguido agitarlos todavía más con sus provocadoras declaraciones, al atribuir los disturbios a “Antifa y otros grupos radicales de izquierda” y sostener que la memoria de Floyd estaba siendo “explotada por alborotadores, saqueadores y anarquistas”. Está claro que Trump no entiende o, mejor dicho, no quiere entender el mensaje que lanzan los manifestantes.

Por su parte, el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, ha optado por señalar a los supremacistas blancos como presuntos agitadores de las protestas. A mi juicio, tampoco esta postura ha sido del todo acertada porque creo que no es el momento de animar al enfrentamiento con acusaciones a una de las partes en conflicto, a pesar de que una polémica y poco convincente autopsia realizada por el forense del condado de Hennepin indicara que George Floyd no había muerto como consecuencia directa de la asfixia o ahorcamiento, insinuando una combinación de causas entre las que se incluían la condición física de la víctima.

Creo que los acontecimientos de estos últimos días deberían animarnos a apostar decididamente por la educación intercultural y la integración social como factores fundamentales para construir un mundo más justo, en el que todos y todas podamos vivir en paz. Bien sea por miedo, desconocimiento o falta de formación e información hacia otras etnias y culturas, por desgracia, la discriminación racial persiste en Estados Unidos al igual que en otras partes del mundo.

Si queremos defender la diversidad y construir una sociedad pacífica, inclusiva, sostenible e igualitaria debemos estar convencidos de que la dignidad humana es inherente a todos los seres humanos y, por tanto, no se puede conculcar a través de un trato discriminatorio y racista. Thomas Jefferson ya lo dejó grabado en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 4 de julio de 1776, al proclamar como verdad absoluta que “todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

No hay nada que temer de aquellos que son diferentes por motivos exógenos o endógenos ni dar credibilidad a la dialéctica amigo-enemigo que tantos males ha causado a lo largo de nuestra historia al conducir al exterminio “del otro” desde el sentimiento del odio y del rencor. A mi modo de ver, la violencia no es la vía adecuada para conseguir avanzar en el combate contra la discriminación racial y, de hecho, si repasamos la historia, los grandes líderes defensores de los derechos civiles han apostado siempre con firmeza por los métodos pacíficos como vía de protesta.

Un claro ejemplo de ello en el ámbito norteamericano, lo encontramos en el que fuera Premio Nobel de la Paz en 1964, Martin Luther King (1929-1968), quien erigiéndose en voz de los afroamericanos, víctimas del apartheid norteamericano, protagonizó diversos movimientos no violentos reclamando la universalidad de derechos civiles básicos como el derecho de voto. Pensemos también en la figura de Rosa Parks (1913-2005), conocida como “la primera dama de los derechos civiles”, quien en 1955 fue encarcelada por negarse de forma pacífica a ceder su asiento en el autobús a un hombre blanco. Fueron entonces las protestas de su encarcelamiento perfectamente encauzadas las que provocaron que la Corte Suprema de los Estados Unidos prohibiera la práctica de segregación racial en el transporte público.

Fuera de Estados Unidos, otro símbolo de la resistencia no violenta contra el apartheid lo encontramos sin duda en Nelson Mandela, quien en 1994 se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica elegido democráticamente por sufragio universal y en 1993 recibió el Premio Nobel de la Paz. Sus palabras no pueden ser hoy en día más actuales: “Hay muchas personas que sienten que es inútil continuar hablando de la paz y la no violencia en contra de un gobierno cuya única respuesta son ataques salvajes a un pueblo indefenso y desarmado”.

Aunque ha pasado mucho tiempo desde que fueron abolidas las leyes de Jim Crow en Estados Unidos, que amparaban de iure la segregación en las escuelas públicas, lugares públicos, transporte público, baños, restaurantes e incluso fuentes de agua potable, todavía quedan muchos pasos que dar hasta lograr esa sociedad que anhelaba Mandela en la que “haya trabajo, pan, agua y sal para todos”.

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