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ESCRITO AL RASO

Véngase al “terraceo”, Von der Leyden

lunes 01 de junio de 2020, 20:17h

Chamuscaduras de junio, remansos de Bruselas, hemiciclos del viejo continente con cabezas embozadas. Cuando la crisis amenaza con volvernos la tranquilidad del revés, los padres de la eurozona han llegado a la lucidez del acuerdo. La Comisión Europea, tras aumentar temporalmente el techo de gasto de los veintisiete hasta el 2%, aprobó el pasado miércoles un Fondo de Recuperación de 750.000 millones de euros, emitidos en concepto de deuda y acompañados de veintitrés proyectos de ley. Mucho menos de lo que querían los comisarios de Industria y Economía, que pedían movilizar 3,5 billones. Su presidenta, Ursula von der Leyden, ha asegurado que “la factura de la inacción” iba a ser mucho más elevada, porque todo en esta vida pasa factura, incluyendo, cómo no, el estarse quieto.

La cosa no fue fácil, porque las espadas estaban en alto y todo el excipiente hormonal de los mandatarios se les resbalaba por las videoconferencias, ya lo vimos mientras esperábamos confinados a que el monstruo atravesase nuestras puertas. Aquellos reportajes de Sánchez diciéndose las verdades del barquero a través del ordenador con Angela Merkel y Mark Rutte no presagiaban nada bueno. Fue, sin embargo, el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, el que sosegó con paños calientes los desencuentros telemáticos del veintiséis de marzo de los gobernantes españoles e italianos con Alemania y los Países Bajos. La cosa era evitar las ayudas discrecionales a según quiénes, y el primero que puso el grito en el cielo fue Sánchez. Ya existe un documento en el que se pide la preservación de la integridad del mercado interior de la UE, del que depende el tejido empresarial. Total, que los euros fluirán de tres acciones: préstamos para los planes de regulación de empleo temporal, gasto sanitario y avales para dar liquidez a las empresas.

Adiós, pues, a los “coronabonos”, y también a tantas cosas que la distancia interpersonal, eso que ahora los políticos llaman la “distancia social”, va a traer esta temporada de verano, con el virus pegado en el espejo y que por más que uno frote, no acaba de marcharse. También les ha dado por hablar de “nueva normalidad”, cuando normalidad no hay más que una, que es, en nuestro caso, nuestra esencia atrabiliaria y extrema, como hemos podido comprobar. El virus y el silencio. La enfermedad o el grito. El enigma que llegó de la lejana China, violento y letal. La limpieza terrorífica que barrió a cuarenta mil personas, caídas en la pandemia… Todos los españoles celebran la vida tomando cañas y vinos en las terrazas; cuesta ver alguna vacía, depurándose de malos recuerdos, engañados conscientemente de que ha llegado la normalidad y el desfase. Hasta la enfermedad nos humaniza, dicen.

Llega la fiesta de junio, la fiesta de la raza estival, el sudor de la playa –las reservas hoteleras están a tope– y la lentitud del oleaje sobre los cuerpos dormidos en la arena, cantando con mi guitarra, para ti, María Isabel. Hemos perdido el revoco de la cultura, los teatros y los conciertos, y las huestes de deportistas pasean su higienismo deserotizado por las calles y parques, bufando y resollando. Ante tamaña inyección de euros, solo nos queda decirle a Van der Leyden que se venga a España a esta catarsis del “terraceo” latino, que es nuestra abierta confesión idiosincrática de la identidad nacional. Todavía no sabemos qué va a ocurrir con todo lo demás, pero las licuadas perlas de los bares ya están abiertas, que era lo importante. Eso sí, cuando la dejen volar, doña Úrsula, que parece que también va para rato: aunque nosotros ya nos lo vamos a montar de turismo interior. Dicen. Como cuando Franco.

Twitter: @dfarranz

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