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Novela

Rafael Chirbes: En la orilla

lunes 01 de junio de 2020, 22:29h
Rafael Chirbes: En la orilla

Anagrama. Barcelona, 2013. 448 páginas. 19,90 €. Las circunstancias que vivimos propician una relectura más a fondo, analítica y crítica, de algunas obras de calidad. Esto ocurre con En la orilla, de Rafael Chirbes, donde esa relectura nos descubre elementos ocultos de gran trascendencia.

Por Rafael Fuentes

La lectura en tiempos de pandemia es de una índole distinta a la lectura inmediata de los tiempos activos, esos donde el acto de leer se simultanea con otras muchas acciones cotidianas con frecuencia más perentorias y prioritarias. Los momentos de pandemia inducen a la relectura, siempre que no la entendamos como una simple repetición mecánica de la lectura anterior. No se trata de hojear de forma redundante lo que ya había pasado antes por nuestros ojos, sino más bien de rescatar lo oculto bajo la superficie de la lectura inicial.

Leer por primera vez un libro de verdadera entidad, causa en nosotros una secuela profunda, cuyos estratos últimos y más recónditos sentimos de manera intuitiva, pero que en escasísimas veces verbalizamos hasta alcanzar plena conciencia de ellos. Tras leer un texto de categoría nos acompaña, durante un larguísimo lapso de tiempo, lo que pudiéramos denominar una “postlectura”, es decir: la carga emocional causada por el libro, su universo afectivo-simbólico, las nuevas perspectivas abiertas a nuestra mirada. Algo que se experimenta en duermevela, pues ejerce en nosotros, sí, un poderoso efecto, pero sin que logremos conceptualizarlo ni transcribirlo a palabras nítidas y concisas. Leer en periodos de pandemia invita, por el contrario, a situar la lectura en un lugar preeminente de nuestros quehaceres y bucear así en esas hondas capas de lo leído. Este estilo de relectura suele adquirir el rango de una revelación porque en ella se saca a la luz tomamos conciencia crítica de ese mundo afectivo e intelectual que ya operaba en nosotros sin que nos percatásemos de él.

Se trata de una grata operación de conquista interior de lo leído. Otra forma, pues, de lectura, singularmente beneficiosa ante esos libros que nos dejan a la vez una impronta personal y colectiva. Si nos limitamos a la narrativa española del siglo XXI, no deberían quedarse fuera obras eminentes de Javier Marías, Álvaro Pombo, Luis Landero, Rosa Montero, y Antonio Muñoz Molina, entre otros. Dentro de esas novelas que han dejado una enérgica marca tanto estética como política en nuestro siglo XXI, merecen una mención especial las dos últimas narraciones publicadas en vida por Rafael Chirbes: Crematorio y En la orilla, donde se relata consecutivamente la especulación inmobiliaria, los desfalcos de dinero público, la corrupción política y el posterior derrumbe económico con su laberíntica estela de dramas personales que singularizan la historia de nuestra última década.

Estallido y desplome que aquí solemos circunscribir a un fenómeno español, aunque la traducción de ambas obras a otros idiomas ha propiciado una interpretación más amplia, a juzgar por la extensa necrológica que le dedicó el diario francés Le Monde, en la que Florence Noiville etiquetó a Chirbes como “el pintor de la debacle europea actual”. Este es sin duda el aspecto que atrapa con más fuerza la atención de una primera lectura irreflexiva. El joven novelista Juan Soto Ivars resumió a la perfección esta faceta preliminar de En la orilla en su reportaje Sexo y ladrillos en Torrevieja, al explorar ese célebre enclave costero como emblema de la burbuja inmobiliaria que se convirtió tras la crisis financiera, de repente, en la ciudad más pobre de España. Comentaba Soto Ivars que se sentía a salvo del impacto de esa sordidez sobrevenida gracias a la prosa de Chirbes: “Me puse en camino a salvo de los desvaríos -nos explica el autor de Siberia-, porque llevaba la cabeza amueblada con libros de Rafael Chirbes, muerto pocos días atrás. En sus novelas brilla el glamour de nuestra cutrez. Chirbes nos ha enseñado que nuestra cutrez es una caída gloriosa, la muerte en un crematorio del imperio donde no se ponía el sol. Por la carretera de Alicante creí que atravesaba Ucrania camino de las playas de Crimea”.

Esa sensación de despojo espectral es la que os invade al escuchar desde las primeras páginas de En la orilla, la voz de su protagonista, Esteban, dueño de una empresa de carpintería en Olba, cercana a Benidorn, cuando está buscando entre los cañaverales, a las orillas de esos pantanos paralelos a la costa mediterránea, el lugar donde suicidarse junto a su amnésico padre, tras constatar la definitiva bancarrota de su negocio y la pérdida de todos sus bienes. Un espacio cargado de simbolismo. Charcas, marjales, lagunas degradadas por los nauseabundos desechos fabriles, a los que se suman los desperdicios humanos que allí recalan: africanos sin papeles, marroquíes temporeros a la intemperie, prostitutas venidas del otro lado del Atlántico o de tierras centroafricanas, o bien del Este, rusas o rumanas, semidesnudas bajo el sol sometidas a una explotación sexual en condiciones infrahumanas.

Despojos a los que ahora se suma el pequeño empresario suicida, con su soliloquio sobre la depredación y el latrocinio. Alguien que solo representa un anticipo de los obreros de sus talleres que aún trabajan sin saber que muy pronto se quedarán en la calle con las manos vacías, seguidos por sus familias de repente sin recursos, tras un espejismo de prosperidad. Si existe un concepto que enhebre tanto a esa naturaleza envilecida como a esa pléyade de personajes expoliados, se encuentra en una palabra: desahucio. Una inmensa avalancha de desahucios económicos, junto a idéntica debacle de desahucios vitales, en el contexto de un medio ambiente destinado a un irreversible desahucio. No es de extrañar, pues, que dentro y fuera de España En la orilla se considere por antonomasia como la novela de la crisis.

Tan enérgico retrato quizá corra el riesgo de ser catalogado dentro de un aciago costumbrismo de la ruina, después del crac financiero a comienzos de la última década. Esto sería malinterpretarlo. Ante todo, trasciende el costumbrismo por su voluntad de estilo. Chirbes sin duda coloca su punto de mira en los ojos de los derrotados, siguiendo las lecciones de Pérez Galdós -nunca hay que olvidar al autor de Crematorio como el más firme defensor de Galdós cuando el desdén contra su realismo más arreciaba-, haciendo al igual que el creador de Fortunata y Jacinta que el habla coloquial defina a sus criaturas, vistas siempre desde un caleidoscopio de cambiantes perspectivas. Por ello la tercera persona de En la orilla se entrecruza con los soliloquios en primera persona de múltiples personajes que entran en liza con intereses y puntos de vista confrontados.

Pero con una gran diferencia: si Galdós recurría a modismos y al lenguaje popular era para reflejar los hechos desde la mirada del pueblo, con una voluntaria llaneza expresiva que evitase cualquier idealización, ahora Chirbes logra el difícil encaje de conservar esta perspectiva popular, apegada incluso a los detalles más rudos o abyectos de la existencia cotidiana, y hacerlo sin embargo con un estilo refinadísimo, heredero en gran medida de Marcel Proust. Alquimia casi imposible para ensamblar la vulgaridad y la máxima exquisitez. Un estilo proustiano podado de sus giros laberínticos y de la grandilocuencia impostada que con frecuencia se adueña de las perífrasis decorativas de En busca del tiempo perdido. Un Proust propio, depurado, claro, arrastrado a ras de tierra, conciso y directo, con una concreción donde lo refinado del estilo se torna ahora útil para comunicar las pasiones más ordinarias. Un trenzado estilístico perfecto para los propósitos del novelista para hacer que hasta los aspectos más groseros adquieran un extraño fulgor estético.

A través de esta conquista del estilo, comienza a filtrarse en la conciencia del lector ese poderoso universo afectivo-simbólico que apenas se percibe en una primera lectura, y cuyo significado exige segundas relecturas y meditaciones posteriores. El propio Chirbes confirmó en su ensayo La resurrección de la carne que todo relato, y toda obra artística “aspira a crear sentimientos de totalidad”. Sin ir más lejos, en la novela En la orilla. Oculto tras una infinidad de alusiones a lo concreto se esconde un potente anhelo de totalidad. Tomemos la empresa del protagonista, Esteban. Su oficio, el de carpintero, arrastra un profundo simbolismo vinculado a las construcciones donde las personas se refugian de las agresiones salvajes de la naturaleza y de los ataques de otros humanos. Un asilo frente a lo bárbaro. Por si no fuéramos sensibles a esa simbología emocional, el propio Rafael Chirbes nos lo recuerda en los primeros compases de la novela al indicar que la carpintería se origina cuando “un hombre se adentra en el bosque armado con un hacha, y con ayuda de sus manos y su instrumental trasforma la naturaleza en civilizado bien de uso”.

Esta acción donde un artefacto para la guerra y el homicidio, se convierte en una herramienta civilizadora posee En la orilla ante todo un cariz político. La familia de Esteban, durante generaciones, se había nutrido de novelas de escritores rusos procedentes de la biblioteca popular de Misent. Y se nos aclara que “decir ruso era decir Unión Soviética, la madre de todos los obreros del mundo. Lo soviético. La lucha de clases”. Recordando a sus antepasados, el protagonista constata que “lo ruso iluminó a un par de generaciones de españoles”. El evangelio leninista les llenaba de “aspiraciones a una armónica vida en común y a la justicia”. Con su alegórico oficio, los carpinteros de la saga familiar estaban construyendo, pues, un idílico edificio político soviético durante la II República que les protegiese de la incivilizada explotación.

Una tarea cortada de raíz de forma vandálica por la sublevación militar y la actuación depredadora de los falangistas. Carniceros contra carpinteros. El abuelo aparecerá tirado en el suelo con un disparo en la nuca, junto a las tapias del cementerio. El padre, a su vez, volverá de la guerra y de tres años de confinamiento en la cárcel con severas lesiones físicas y heridas morales incurables. Sus esperanzas rusas -es decir, soviéticas-, entran en una enfermiza quiebra, hasta repugnar a su hijo Esteban: “Como el pescado, como los cuerpos, las ilusiones mueren y apestan después de muertas y emponzoñan el entorno”. El intento de conservar secretos ideales comunistas bajo la prolongada dictadura, le hace vivir en contra del mundo, “incluidos su mujer y sus hijos, a los que supongo nos hizo desgraciados”, concluye su desolado vástago, que ahora se hace cargo de un progenitor amnésico por el alzheimer y corporalmente decrépito e inválido. Otro símbolo del destino de aquel edificio republicano.

Como vemos, En la orilla no es, en realidad, la novela de la crisis. La crisis mostrada con un turbio esplendor estilístico actúa solo como mascarón de proa tras el que irrumpe el imprevisto tonelaje de una cosmovisión de la España moderna. El microcosmos de Olba resulta en lo superficial un enclave turístico en bancarrota, pero, en verdad, se trata de una recreación a pequeña escala de la historia de toda la nación desde las primeras huelgas revolucionarias hasta el postmoderno siglo XXI. Fue Juan Carlos Monedero, fundador de Podemos, quien tomó rápida nota, en su versión ampliada de La Transición contada a nuestros padres. Nocturno de la democracia española, del simbolismo de la amnesia del padre de Esteban como representación, en clave novelesca, del pacto de olvido en la Transición política e identificar al propio Esteban como la generación claudicante, si no traidora, incapaz de hacer justicia con los vencedores de la Guerra Civil tras la muerte de Francisco Franco, convirtiéndose en colaboradora necesaria de una falsa democracia -motejada con el apodo despectivo de “Régimen del 78”-, supuesto teatrillo controlado por un franquismo sociológico que nunca habría abandonado el control de los poderes públicos y económicos. En conclusión, Juan Carlos Monedero ratificaba al autor de En la orilla como “uno de los novelistas más honestos con sus propia memoria”.

No necesitaba este aval Rafael Chirbes, ya que la espina dorsal de La Transición contada a nuestros padres de Monedero está directamente tomada de un ensayo anterior del propio Chirbes titulado “De qué memoria hablamos”, recogido en su libro Por cuenta propia, indispensable para comprender ese “sentimiento de totalidad política” que anima En la orilla. En “De qué memoria hablamos”, del 2005, Chirbes realizaba uno de los primeros alegatos a favor de reescribir una “memoria histórica” del siglo XX español. En él no se apoya tanto en Pierre Nora, creador de este concepto, como en el ensayo de Paul Ricoeur La memoria, la historia, el olvido, quien, a su vez, retoma el debate de Esquilo sobre la necesidad o no de un perdón y olvido ante los crímenes guerracivilistas. De forma muy significativa, el autor de Los disparos del cazador no pone su punto de mira central en la Guerra Civil, sino en la Transición democrática, momento decisivo donde corresponde tomar partido por el perdón y la reconciliación, o bien por lo que él considera su alternativa correcta, hacer justicia: “La memoria histórica pone las bases de un método de justicia”, nos dice. La clave está, subraya, en cómo hacer hablar a los muertos. Y a Chirbes le disgusta que la Transición y la democracia que nacen de ella hizo hablar a los muertos de una forma que él se propone combatir.

Con este planteamiento ya admite de manera implícita que su propósito no es tanto ampliar el conocimiento histórico, sino reinterpretarlo con arreglo a los intereses de una acción política en el más inmediato futuro. Si nos ayudamos de conceptos de filósofos como Ulrich Beck o Anthony Giddens, en el siglo XXI viviríamos en una “sociedad del riesgo” donde la máxima atención está puesta en los desafíos del porvenir, abandonándose el conocimiento del pasado a una interpretación instrumental. No interesan los hechos del ayer sino en la medida en que sirvan para construir una narración de cara al futuro político. El objetivo de Chirbes, en este punto, no es otro que “pelear por la expulsión del relato canónico, no aceptar jamás la versión que se os ofrece”. Como juzga que la crónica de la Transición no es más que una novela redactada para conservar, afirma, “el botín de los vencedores”. Su intención es cambiarla por otra novela alternativa.

En su ensayo, Chirbes muestra plena consciencia de no estar discutiendo sobre los acontecimientos históricos, sino encontrarse, asegura, en una “lucha por el relato”. No interesan los hechos, sino los relatos. En ese pulso narrativo, el escritor valenciano, excelente novelista, despliega sus extraordinarias dotes para la fabulación. Si hay novelas que incorporan la intención de incluir en ellas un ensayo, aquí descubrimos el caso inverso de un ensayo donde se inserta la imaginación más novelesca. La Transición aparece como una maquinación de villanos y cobardes para construir un relato que encubra y ampare a unos franquistas que conservan pleno poder en el siglo XXI, a veces utilizando la propia retórica izquierdista. Este ensayo-ficción es el que retoma y amplía, con una acumulación de detalles pintorescos Juan Carlos Monedero, en La Transición contada a nuestros padres, alcanzando ya el grado de ciencia-ficción bajo la máscara de un imaginario estudio histórico académico. Sin duda, la ficción seduce muchísimo más que la investigación erudita, pues se trata de un libro convertido en una especie de Biblia intocable para numerosos novelistas, poetas, dramaturgos, y no digamos grupos políticos y asociaciones clientelares de nuestro siglo XXI.

El contenido de este ensayo-ficción ideado para hacer hablar convenientemente a los muertos contra el “Régimen del 78”, se traslada al argumento de En la orilla a través de lo que se puede denominar “la fábula del mal carpintero”. Desde la derrota, el padre de Esteban, aún buen carpintero en su acepción metafórica y política, narra a su hijo los crímenes junto al pantano y trata de atraerlo al oficio de un buen carpintero, aquel que construye una edificación -también política-, a salvo del salvajismo y la depredación. Esteban sabe así que las venganzas políticas del franquismo desembocan en cadáveres en las aguas pantanosas: “Las agresiones programadas al pantano fueron una mezcla de estrategia militar, venganza política y rapiña económica”.

Pero a Esteban le producen tedio los recuerdos de su padre: “No soportaba las alusiones de mi padre -siempre misteriosas- a cosas que habían ocurrido. Primero, no las entendía, luego me aburrieron”. Del mismo modo, acepta el oficio de carpintero sin ninguna clase de ética, aquella que inspiraban los libros rusos o soviéticos para una edificación justa: “Se creyó que yo había aceptado la carpintería por algún modo de vocación, y entonces tuvo prisa por hablarme de aquello, por contarme que él formaba parte de esa narración épica, pero yo no estaba dispuesto a escucharlo. Le dije: el rencor no te deja vivir. Aquello pasó, se acabó, ¿te enteras padre?” Esteban no solo confraterniza con los franquistas, sino que medra junto a los pistoleros en el paso de la dictadura a una democracia envilecida, colaborando en ocultar la violencia sufrida por su propia familia, ya que como se proclama de forma rotunda en En la orilla: “Los pecados de los pistoleros, los absolvió la Transición”.

Esta es la culpa imperdonable del “mal carpintero”. Su misión era contribuir a edificar un refugio -también político- frente a los depredadores, simbolizados por el cazador. El sentido del cazador como alegoría del autoritario que utiliza toda clase de violencias para desposeer a sus víctimas -tanto de sus recursos legítimos como de su propia vida-, ya está planteada por Chirbes en su primer éxito narrativo: Los disparos del cazador. El “mal carpintero” que es Esteban no ha construido, pues, un espacio que nos ponga a salvo del cazador, sino otro que esconde al cazador dentro. Este edificio del mal carpintero con el cazador dentro no es otro que la democracia erigida en la Transición. Por eso Rafael Chirbes condena a su protagonista al suicidio -el mal carpintero y el carpintero amnésico juntos-, incluido un fuego purificador en la orilla de las aguas encenagadas del marjal, trasunto de esa Albufera devoradora de las víctimas de la codicia al final de Cañas y barro, de Blasco Ibáñez. Y con ellos, la muerte de esa falsa democracia herida, destrozada por la crisis financiera, en la orilla de la putrefacta marisma donde se va a hundir y desaparecer como castigo final a la culpa de su origen. Por eso las señales de la crisis adquieren tan poderosa energía.

En su ensayo Material de derribo, Rafael Chirbes reflexionaba como lector lo que proyectaba llevar a cabo como escritor. A propósito de su lectura de Si te dicen que caí, de Juan Marsé, calibraba el peso que lo estético debía poseer para que lo político de una novela se convirtiera en una carga de profundidad, constatando que en el libro “efectivamente, el proustiano tenía razón (Marsé trabajaba con castigados materiales de derribo), pero también que el leninista ganaba la partida”. Todo apunta a que Chirbes se propuso sostener idéntica ecuación en su propia novela En la orilla. La belleza de la buena letra proustiana, envuelve el afilado arpón político leninista. Es cierto que aquel derrumbe económico no destruyó el edificio político, como él anhelaba, pero sí abrió en él profundas grietas. Heridas no cicatrizadas cuando estamos a las puertas de un rebrote de la crisis, en una segunda oleada dotada de una fuerza potencialmente más devastadora.

Este es el calado que pasa oculto a nuestra mirada en una primera lectura de En la orilla, esa honda armazón de un buque literario, la que navega bajo las aguas pero atesora lo más valioso de las materias que transporta. En una segunda lectura, el placer de leer debería acompañarse de una reflexión crítica. Sin ella, el contenido simbólico-afectivo de la obra artística nos domina sin que seamos conscientes de ello. La meditación analítica, a través de nuestras interrogaciones y respuestas personales, nos hace, en cambio, dueños de su trasfondo. ¿Los libros rusos proponían una sociedad justa, sin cazadores? ¿El franquismo es hoy dueño de nuestras instituciones? ¿Nuestra democracia es una farsa para enmascarar a homicidas totalitarios? ¿Merece el pacto entre las dos Españas un apocalíptico desahucio? ¿Debe arrojarse al marjal el edificio político democrático del último medio siglo? ¿Es necesario ese instinto suicida de aniquilación, si se quiere progresar? Es muy probable que estos interrogantes, muy pronto, no nos los planteen solo obras literarias como En la orilla, sino también el activismo político incrustado ya en las denostadas estructuras de la democracia.

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