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TRIBUNA

De la conquista de Oriente a las rutas de la seda

Víctor Morales Lezcano
jueves 04 de junio de 2020, 20:06h

Hace algunos años que salió al mercado del libro la primera edición de la obra The shadow of the silk road. Su autor, Colin Thubron, londinense de pura cepa, contaba ya en su haber publicístico varias obras sobre Oriente Medio, la Unión Soviética y su fallida dimensión imperial. La curiosidad geo-etnográfica de Thubron se había plasmado en dos títulos aplaudidos por la crítica especializada, como fueron El corazón perdido de Asia (1998) y Entre rusos (2001). Ambas fueron editadas en España por Península.

La presunta cuarta edición de La sombra de la ruta de la seda impone recordar aquí la larga marcha de Colin Thubron desde la ciudad de Xi’an (capital de la provincia de Shaanxi, en el corazón de China) hacia el último tramo de la defensiva Gran Muralla, antes de iniciar, luego, la ruta de la seda bordeando el inmenso desierto de Taklamakán. Y, desde los enclaves caravaneros de Samarcanda y Wuhan, enfilar la marcha hacia el espacio medo-persa de Teherán-Tabriz. Para abordar finalmente el tramo de la legendaria ruta hasta alcanzar la ciudad turco-otomana de Antalia. Es decir, las aguas del Mediterráneo oriental. En rigor, la proeza del itinerario recorrido por Colin Thubron, que se acaba de describir grosso modo, arranca un merecido aplauso del lector, por decirlo con cortedad calificativa.

Es evidente, y así lo reconoce el autor, que entre la China de su primer viaje, que Thubron vivió y observó hace la friolera de cuarenta años atrás, y la potencia actual existen diferencias imponentes, cuantitativas y cualitativas. Tan imponentes como las que distancian a la China de Mao Tse Tung (1893-1976) de la China del presidente actual, Xi Jinping. He aquí pues el salto de una sociedad perteneciente a un gigantesco país de Asia, entonces en mero estado defensivo, a una potencia de doble bisectriz, geopolítica y económica (one system, two parties), férreamente embridada por el partido comunista, aunque este siga aceptando la presunta dualidad estatal que trajo consigo el estatuto especial que Londres y Pekín convinieron en concederle a Hong Kong. O sea, sociedad comunista, en el continente; y capitalista, en sus islas de Macao, Hong Kong y Taiwán. Es decir, como Thubron pone de relieve con su prosa ágil y amena, desde aquellos albores de antaño, China ha pasado a ser el contrincante por antonomasia del hegemón del hemisferio occidental: los Estados Unidos de América.

Bien pensado, la historia de las relaciones chino-estadounidenses viene siendo, por el momento, un juego de suma cero. La actual consigna, jactanciosa en boca de Donald Trump, de America first encuentra la contrapartida emblemática china que, desde Pekín, sugiere con astucia (¿cuál lobo con piel de cordero?) que se avecina un futuro para el sempiterno duelo imperial de todos los siglos. Recuérdese, lector, el caso de Alejandro Magno versus Darío III, rey de Persia; o bien el de Publio Cornelio Escipión versus la república talasocrática de Cartago; a lo que cabría añadir el caso del orbe cristiano versus Dar-al-islam y viceversa, o el expresable con la formulación un tanto novelesca y culturalista de Occidente versus Oriente y viceversa. No piense el lector que este colofón spengleriano es una gratuita arbitrariedad historiográfica; baste recordar simplemente que en 1453 se produjo sorpresivamente la caída de Constantinopla-Bizancio en manos del entonces naciente imperio turco-otomano. Teniendo en cuenta también que ha habido y hay quienes consideran el duelo chino-estadounidense lento, pero inexorable, fin de todos y cada uno de los duelos registrados entre civilizaciones encontradas, no parece que tal colofón sea un sueño más de la razón.

Cuando no se trata de amenazas de guerra tarifaria cursadas entre China y Estados Unidos, se trata de reiterados deslizamientos de mutuas acusaciones en torno al Covid 19, y, por ende, a los vastos estragos que está causando la pandemia de marras en la esfera terrestre.

La cuestión de mayor envergadura en el abanico conflictivo chino-estadounidense está centrada, empero, en la roca exbritánica de Hong Kong desde 1997, dotada de su flamante Estatuto a partir de entonces.

Recuérdese también que los repetidos intentos legislativos de Pekín para reconducir a la población de Hong Kong hacia los cauces trazados por la capital del nuevo imperio comunista siguen encontrando una resistencia (muy local), manifiesta en el escenario urbano de la roca exbritánica, uno de los hubs financieros y bancarios más activos en el entramado mundial del gran capital y sus redes.

El forcejeo chino-estadounidense en tormo a Hong Kong está adquiriendo una virulencia creciente; ello es así en tanto en cuanto China muestra que seguirá perseverando en la defensa de sus objetivos marítimos y territoriales desde los mares del sur hasta las estribaciones del Himalaya, mientras que Washington DC opera en su contra como le permiten las circunstancias predominantes en el pertubador centro-este del continente asiático.

En suma, The shadow of the silk road es obra que sigue inspirando diversas reflexiones sobre la política internacional. Estas de hoy no son sino una magra muestra de las que puede inspirar el duelo chino-estadounidense.

De la conquista de Oriente a las rutas de la seda
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Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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