He leído otra advertencia, lanzada por un hombre tranquilo, sobre la necesaria urgencia de un cambio de vida. El virus nos habría ocultado la emergencia ecológica que, efecto de una acción desequilibrada, nos condena a una catástrofe anunciada. Joaquín Araujo data en siglo y medio la grave desviación que nos ha conducido a la situación extrema en que nos encontramos. No dudo de sus palabras, aunque adopto – como parece hacer él mismo – una actitud parsimoniosa que no es, sin embargo, fatalista.
Araujo – como la mayor parte de los conocedores de nuestra condición biológica – atiende a la dimensión natural del desastre que afrontamos, pero todos olvidan que esa condición biológica está absorbida por un orden de realidad más profundo, que podríamos llamar el orden antropológico. Dicho de una vez y del modo más claro: la vida cuyo cambio se demanda es vida antropológica y por eso la exigencia tiene un carácter rigurosamente moral y político. Hemos de aprender a vivir bien porque de la bondad de nuestra vida depende la existencia de las mismas condiciones ecológicas que posibilitan la vida en general. En este terreno, aunque la vida resulte condición necesaria del bien, el bien lo es indudablemente de la vida: la vida o es buena vida o no es vida. La catástrofe no nos espera mañana, porque esto que sobrellevamos ya hace siglo y medio que no es vida. No es vida, insisto, humana.
Pero la demanda expresada por el biólogo esconde esta cuestión, porque se ampara en pretendidos criterios científico-técnicos y escabulle así la gravedad terrible de la cuestión. Araujo no es un moralista, ni un predicador, no quiere serlo. Seguramente señalaría procesos ecológicos minuciosamente registrados: índices de temperaturas, tasas de extinción, deshielo, pluviometría, desertización, emisiones de una u otra substancia… factores y procesos cuantitativos que indudablemente amenazan nuestras condiciones de vida. Esos registros técnicos y el conocimiento preciso de las causas biofísicas que destruyen el soporte de la vida no debe hacernos olvidar que hablamos de la vida antropológica, no debemos olvidar que – para decirlo con Gómez Dávila – la vida es un valor: vivir es optar por la vida. Nuestra vida, quiero decir, no es un hecho sino un valor y pudiera ser que hayamos llegado a un punto en que – tras siglo y medio según su cómputo aproximado – muchos encuentren que la vida no valga la pena. Muchedumbres enredadas en un incesante trasiego entre formas destructivas de trabajo y de consumo.
El interés que el biólogo manifiesta por formas de vida comunitaria y tradicional, por viejas técnicas de producción artesanal, por la costumbre o el derecho consuetudinario, por hábitos heredados… no es un interés accidental o secundario, sino que forma parte interna de su demanda. Me consta que Araujo se esfuerza – como el sabio que es – por vivir bien, pese a que en sus requerimientos no se explicitan determinaciones morales. Y es que cualquiera que hoy exprese la exigencia de una vida buena será acusado de antidemocrática intolerancia. Así avisaban hace algunos años Robert y Edward Skidelsky en un libro dedicado a lo necesario para una buena vida: “Fomentar a modo de política pública, una idea positiva de la buena vida es, por definición, antiliberal, y quizá incluso totalitario”
Aunque señalaban a continuación que esta idea tenía por fundamento una comprensión enteramente falsa del liberalismo, no puedo dejar de rechazar que la idea positiva de la buena vida se fomente “a modo de política pública”. No puedo aceptar que sea el Estado la autoridad y el poder que defina la naturaleza de esa vida buena y la imponga. Pero, si no el Estado: ¿Quién podría hoy detentar la autoridad capaz de ejercer su ascendencia sobre nuestra acción: sobre nuestro entendimiento y nuestra voluntad?
Vivimos en un tiempo contradictorio en que son a menudo los mismos que dan la señal de alarma ante la crisis ecológica, los que predican una liberalización absoluta de los comportamientos. Hagan Uds. lo que les dé la gana – según una idea naíf y desorientada de la voluntad – pero facilite la industria del reciclaje vertiendo sus desechos en el contenedor adecuado. Como si entre la acción humana y los procesos biofísicos que la subyacen hubiera una aséptica distancia. Mucho me temo que “cambiar de vida” empiece por significar la muda del sucio hábito de nuestra alma, un cambio real en nuestras prácticas de convivencia o comunicación, una transformación conservadora, es decir: revolucionaria. El Estado no podría organizarla.