TRIBUNA
Pedro Sánchez y el buen decir (y 5)
José Manuel Cuenca Toribio
sábado 06 de junio de 2020, 19:59h
Actualizado el: 06/06/2020 20:05h
Una de las estampas más difundidas del actual presidente del Gobierno de España es la de su presencia frente a la tumba de D. Manuel Azaña en la localidad francesa donde muriera, Montauban, en el otoño de 1940. A partir de ella, todas las inferencias y deducciones que se hagan en punto a su reiteradamente profesada admiración por su predecesor en tan elevado cargo, se ofrecen legítimas. Pese al ahincado ateísmo por él explicitado en entrevistas periodísticas y charlas, un halo de respeto tanático o religioso es patente en la mencionada fotografía, pandereteada incesablemente por la poderosa máquina propagandística accionada desde La Moncloa por manos expertas. Según su más destacado biógrafo en este y otros muchos extremos –el reputado politólogo Santos Juliá Díaz, poco ha fallecido-, a D. Manuel el más allá y, en general, el “hecho religioso” le provocaban –única coincidencia con su criticado Unamuno- reflexiones agonísticas. Y, hay que convenir, desde luego, que la fe y la aptitud para el buen decir poseen más de un punto de encuentro. “Fides, ex auditu”, afirmaba San Pablo, tal vez el orador más preclaro de la Historia: fuerza proselitista formidable, debelador de rabinos, vencedor en el ágora ateniense, admirado en Roma, imán de creyentes.
De internis, necque Ecclesiae… Al margen de la probada devoción política de Pedro Sánchez por Azaña y de sus fehacientes causas, en un panorama retórico como el de hodierno, en el que –a la fuerza ahorcan…- se justiprecia altamente la condición de “comunicador” en el hombre o la mujer profesionalmente políticos, su figura semeja resistirse a tal tipificación en lugar de la de orador. El lletraferit provinciano imagina una lucha a muerte entre el muy amplio de staff o gabinete de comunicación de La Moncloa –Real Sitio que displacía a D. Manuel- y el propio Sánchez, más alabeado por seguir en este punto la huella y querencia de D. Manuel que sus mediáticos asesores.
Con cierta solvencia documental todavía no podemos pronunciarnos acerca del éxito de la inclinación supuesta en esta serie de artículos que ahora termina. En cualquier caso y pese a las aceradas críticas que cuotidianamente flagelan de verborreíco su discurso ante las cámaras parlamentarias y las televisivas, cabe constatar no pocas pruebas de su decidida apuesta por recuperar la dignidad de la oratoria política en el Congreso de los Diputados y en el Senado. Algunas de las cualidades para ello el actual “Premier” español las posee si no en grado eminente, sí, desde luego, notable. Envites y retos no habrán, por supuesto, que faltarle en los próximos meses para afianzar una tan prometedora gráfica. Ai posteri, l´ardua sentenza…