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ESCRITO AL RASO

Los que parten y reparten

David Felipe Arranz
lunes 08 de junio de 2020, 20:21h

Tintineo del euro. Llega la hora del reparto. Hay 16.000 milloncejos para las comunidades y el Ejecutivo ha dicho que el 70% debe ir a parar a sanidad y educación, que son las sombras de sospecha proyectadas hacia el techo de todos los parlamentos y cortes autonómicas. Este plan se va a aprobar el próximo dieciséis de junio en el Consejo de Ministros.

La buena noticia es que no está sujeto a préstamo ni genera deuda. Aun así, algunos ya han puesto pegas, como el inefable presidente cántabro Miguel Ángel Revilla, el gallego Núñez Feijoo o el presidente secesionista Quim Torra, que ha pedido 15.000 millones para su comunidad. Así, hasta seis dirigentes regionales, especialmente los de la llamada “España vacía”, de camisa negra, camisón ancho y orinal bajo el dosel de la abuela. En fin, desoyendo aquel refrán que dice “a caballo regalado no le mires el diente”, ellos han respondido que el dinero sea bienvenido, pero que se lo gastarán donde les dé la gana. Porque las autonomías son muy “autonosuyas”, desde que así las bautizó Fernando Vizcaíno Casas en 1981. Reparto del Fondo Covid-19 pues, en plena desescalada y al margen del sistema de financiación autonómico, pero con condiciones. ¿Dónde irán a parar los doblones?

También se obliga a destinar un pico de ochocientos millones a los transportes, metros, autobuses y otros patinetes y ciclomotores públicos. “Es esta una entrega definitiva”, ha dicho Sánchez en lo que más parece un aserto romántico digno de Gustavo Adolfo Bécquer a su amada que unos dineros para le recuperación “hospitalaria” de un país que ha salido tres meses al barandal del balcón a tocarle pitos o flautas a su presidente, según. Y como nos hemos acostumbrado a las fases, porque aquí todo se ha parcelado, loncheado o laminado, en definitiva, para el reparto de esta lluvia de peculio de los fondos europeos administrados por el Estado resulta que hay tramos: cuatro, en concreto, hasta diciembre, que es el borde del abismo antes del precipitado del uno de enero, que es cuando el personal puede despedir a diestro y siniestro, según ha establecido la ministra de Trabajo. De manera que se teme que muchos españoles reciban con la felicitación del año nuevo la carta de finiquito, que es palabra que bien define la extinción de un contrato: es fin y es quito, como en los divorcios más sonados.

La cosa es que se indica claramente que este fondo torrencial ha de emplearse en educación, sanidad y transportes, que curiosamente son las tres áreas administrativas más olvidadas siempre por el Estado, fuente constante de quebraderos de cabeza y de desgobierno, como hemos tenido reciente ocasión de ver… Este cabrilleo de euros no tendrá mayor eficacia si no se aplican allí donde se debe, si no se vigila su administración. La cosa es que Sánchez ha cedido en la conferencia con los claros varones y barones, y les deja que se lo gasten en lo que quiera, y que ya les pedirán cuentas los ciudadanos, que es casi como decirles aquello de pídele cuentas al rey. Porque es el pueblo en su confiado fervor el que oye pasar de largo ese tintineo del que hablábamos. Como sucede con todas las dádivas, y en especial en el caso de nuestra “raza”, la riqueza pronto hace crisis, en cuestión de días. Y nadie sabe dónde se aplicaron los dineros ni a qué cosas, una de las certezas a ciegas más tangibles de nuestra democracia. La vida del inspector fiscal de esos aguinaldos es una estallante, porque nadie sabe nada nunca de la voracidad regional ni por qué. Es cosa de impulso de provincias, capitalino si se quiere, pero de mucho cuidado.

Todos los millones dispersos de un fondo post-Covid podrían arder en el fuego de la codicia, la zarza viva del desparrame presupuestario de las “autonosuyas”. Los profesores, los médicos y enfermeras y los conductores de autobuses y trenes conocen el sudor antiguo que les recorre el cuerpo cuando oyen que estas transferencias son para ayudar a la cosa social de los pueblos, que siempre es el que camina con los hombros desnudos por el estío de la miseria nacional. Tienen (tenemos) más miedo a los oriundos que parten y reparten que al coronavirus oriental. Podría ser, en fin, el año glorioso de un rescate que se pierde como agua por banasto, en el pesebre comunal en el que supone todos hemos de comer cuando volvamos de las vacaciones, entre inconscientes estampidos de júbilo y bullicio familiar chapoteando en el agua. Y eso sí, presidente: el chapuzón no nos lo quita nadie. Luego, ya se verá…

Twitter: @dfarranz

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