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TRIBUNA

Mañana... el Edén

jueves 11 de junio de 2020, 20:14h

Rueda la estatua de Edward Colston, se ensucia la de Winston Churchill, muchedumbres se alzan contra sí mismas negando su pasado en nombre, suponemos, de un futuro luminoso, diáfano y libre de dominación; depurado de escoria patriarcal y etnocéntrica, que llevará al extremo la igualdad revolucionaria y su libertad sin matices. Acaso se nos escape una sonrisa cuando veamos que los epígonos furiosos de Voltaire le borran el rostro, cuando veamos a los indignados descendientes de Marx escupir sobre su gesto patriarcal y machista.

¿Ha sido un afán de libertad e igualdad o una oscura voluntad de expiación la que ha volado la arboladura rutilante de la llamada cultura europea? Ya hace siglos que el canon de la cultura nos es desconocido, y esa ignorancia es un éxito indudable de la nueva educación técnica y eficaz. Ahora, lejos de sufrir por una carencia, celebramos una emancipación. El catálogo de varones blancos en el canon occidental ha sido el índice más visible del dominio de un etnocentrismo y un patriarcalismo ubicuo y sinuoso cuya violencia se ejerce puntualmente por parte de los supremacistas biológicos o culturales de tez pálida y piel desteñida.

Esta revolución se hace en nombre de una consciencia esclarecida que destruye los prejuicios latentes de otro tiempo, se hace en nombre de una razón desencadenada que se somete a sí misma a una crítica infinita de la que resulta un conocimiento sin sombrías estimaciones inadvertidas, sin la penumbra de un sujeto a medias racional. Las muchedumbres de hoy son los hijos de la Razón, los descendientes de aquellos sans culottes que derribaran la estatua de la Virgen María en Nuestra Señora de París, convenientemente arruinada por las llamas, para poner en su lugar la efigie de una fulana que, bajo el gorro frigio, respondía al título de La Razón. En nombre de una racionalidad exasperada se tiran al río de la historia las imágenes de un pasado denigrante, perdón por el adjetivo que nos enseña que hay que limpiar las palabras de la tribu. También derribamos las imágenes de nuestra conciencia cuando purgamos el lenguaje de sus marcas de clase, de raza, de género, de historia… El nuevo volapük sutilizado y sin cargas de sinrazón dominadora permitirá una comunicación tan exacta que hará el lenguaje innecesario. En el Edén de mañana bastará mirarnos y la transparencia infinita nos pondrá en íntimo contacto. Arrobados de luz y penetrados de alteridad seremos uno con el género humano.

Ése es el cuento, el mito si les parece más elegante, que domina las consciencias de los que participan de la revuelta antirracista, podríamos llamarlo el mito de la razón. La cuestión desborda el repugnante asesinato de Floyd a manos de un criminal uniformado. Lo que está detrás va mucho más allá de la escena brutal que hemos presenciado. Es todo un programa político y antropológico que utiliza muchedumbres biempensantes como fuerza de choque, con su conciencia virginal e intacta saturada de contenidos inadvertidos, de prejuicios de una pretendida bondad inmaculada. Es el mismo motor que anima a los que no admiten carne en su dieta a protestar por la presencia de un hermoso cuadro del siglo XVII, saturado de carnes (“The Fowl Market”), en un comedor de la Universidad de Cambridge, el mismo motor que lleva suprimir de la ratio studiorum de universidades, indefectiblemente prestigiosas, a viejos autores varones y blancos que serán sustituidos por nombres procedentes de otras tradiciones culturales, de géneros invisibles o clases silenciadas. Es un horizonte bien dibujado en las mejores universidades porque es la nueva sabiduría de este mundo. Es el relativismo expiatorio de una Europa que acoge crecientes cantidades de población de procedencia heterogénea, una expiación plasmada del modo más evidente en la icónica postura que los caídos señores de la vieja Europa adoptan ante las muchedumbres que se rebelan: de rodillas y con la mirada orientada al suelo. No es el gesto del homenaje medieval, sino de la subordinación moderna que se dirige a los nuevos dueños del discurso. La ocasión de esta proskynesis ha sido el crimen que acabó con la vida de Floyd. No ha llegado a saber que su muerte iba a ser el signo de una victoria que anuncia un nuevo y negro futuro.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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