Entre rebrotes pequineses y virus que circulan más que antes según la viróloga Margarita del Val, el Gobierno ha puesto en marcha como medida de protección social un ingreso mínimo vital de forma permanente. Nos van a salvar la Comisión Europea y su inyección de 140.000 millones de euros. Porque esta no es como otras veces, que se iba uno planificando el veraneo a un lugar exótico, dejando la movida sociopolítica en la capital. A la vuelta no sabemos lo que nos vamos a encontrar: el PSOE, el PP, la bendita coalición, un pacto de estado o vaya usted a saber.
Caballero Bonald, poeta y de los pocos sabios que en el mundo han sido, le ha dicho ayer a Juan Cruz que “a lo mejor estamos destinados a la condición de supervivientes” y que “vivimos el fin de una realidad”. No es que estemos ante el fin de la historia y el último hombre, que diría Francis Fukuyama, sino que nos hemos vuelto hacia la vida como esperpento, quizá porque Valle-Inclán nunca se fue y nos va la marcha más de lo que intentamos reconocer. El ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, ha salido a la palestra y ha dicho que la de España es una crisis constituyente, pero sin duda se refiere a la de la sociedad, a los fundamentos de la convivencia, al futuro del modelo de convivencia de la humanidad. Lo de la COVID-19 es una cosa que está aún en el aire, porque al fin y al cabo, vamos a tener una victoria del cuerpo sanitario, al que ya nadie aplaude a las ocho, con un empate preocupante entre vivos y muertos, y la política nacional hecha unos zorros.
Los epidemiólogos hablan preocupados de inminente rebrote, con las familias abarrotando el litoral y los niños haciendo castillos en la arena. Como el Ejecutivo. Los salones madrileños llevan vacíos desde mediados de marzo y no es lo mismo que sus señorías se hagan un zoom desde casa con los niños y el perro ladrando, que se paseen por las alfombras de las Cortes y restaurantes y hoteles aledaños. Preferimos una España de progreso, pero con el último coletazo amarillo del coronavirus, el futuro se presenta muy negro. La sensación del personal es de hastío, y ya no hay conservadores ni revolucionarios, sino sanos o contagiados, inmunes o con anticuerpos y “sin”, como la cerveza con alcohol y para los abstemios. Las comparecencias sinfín de los responsables de Sanidad y Alertas y Emergencias han resultado no ser nada tranquilizadoras, mientras los españoles no hemos sabido exactamente qué es lo que nos ocurría. Ahora vienen los puentes y las vacaciones, y la gente piensa pasarse los siete días de la semana lo más lejos posible de las pantallas, como sucedió con la caravana de coches de la Semana Santa, a comienzos de abril, cuando lo acuciante aquí era el “week-end” y no los mayores que estaban cayendo por miles en las residencias. Porque no nos vamos a engañar: aquí no se ve a un país de luto, ni un Gobierno que haya honrado a sus muertos: más parece que quiera esconderlos, como en las novelas de Agatha Christie o los chiflados que dispersan los restos de sus víctimas.
El sector turístico presiona y Sánchez cede: reabriremos fronteras para el turisteo el 21 de junio y no el 1 de julio, como se había previsto, para vengan las suecas, que es como aquí se ha llamado de toda la vida al extranjero vacacional y estacional, de manera que estamos viviendo una desescalada acelerada por mor de la hostelería y de los guiris que ya están haciendo las maletas para venirse a la Costa del Sol y traer capital. Al final, como en la película de Pedro Masó, el turismo es un gran invento: en aquella genial cinta las que perseguían López Vázquez y Paco Martínez Soria eran las suecas “Bubby Girls”, Helga y sus vedettes de revista y variedades. Sánchez anda anotando las exigencias de Bruselas para que la invasión extranjera reciba la luz verde: nuestro escenario epidemiológico debe ser igual o mejor que el de la UE; se cuidarán las condiciones sanitarias en origen, trayecto y destino, y deberá existir una cierta reciprocidad viajera y vacacional entre los países.
De manera que este verano se pronostica la vuelta al ingreso mínimo y al veraneo máximo. Como les ocurría a los ediles de Valdemorillo del Moncayo en la cinta de 1968: a la búsqueda del calor de la financiación playera y nórdica. Ya nos podemos ir de veraneo tranquilos con la paguita, oiga. A ver lo que nos encontramos, pues, a la vuelta: a Cánovas o a Sagasta. Todo en orden y en su sitio: julio y agosto en su sitio, el verano en paz, que es el verdadero orden constituyente y social. Y lo quieren llamar nueva normalidad. Quién nos lo iba a decir…