www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Pacífico como el infierno

jueves 18 de junio de 2020, 20:09h

Deberíamos seguir con atención los acontecimientos de ese ejercicio revolucionario que está teniendo lugar en Seattle: CHAZ (Capitol Hill Autonomous Zone) ahora llamado CHOP (Capitol Hill Organized Protest). La “zona libre” tomada por los manifestantes en protesta (organizada) contra el orden social vigente, tal como ese movimiento (BLM) lo concibe: antirracistas, antifascistas, antipatriarcalistas, anticolonialistas… La comprensión de sí estrictamente negativa que esgrimen hace especialmente interesante ese ensayo de construcción, ese esfuerzo por realizar una negación. Atentos pues al paraíso de libertad que una manifestante describió “pacífico, como el infierno”.

Hace ya algún tiempo que vivimos en una noche oscura en la que todos los gatos son pardos y cualquier intento de arrojar luz sobre las tinieblas es juzgado un acto de agresión. Como si al enfocar a los ojos de los durmientes, cegados por años de oscuridad, recibieran una aguja de luz hiriendo su enervada sensibilidad. Un dolor agudo irrita a los sumidos en las sombras, que acometen a todo el que lleve, en su pecho o en sus labios, el menor rastro de luz. El recuerdo de la caverna platónica nos acompaña siempre. El filósofo sabía del riesgo que supone volver a la sórdida gruta en que viven los dominados por las sombras espectrales; proyectadas, como en pantalla, sobre lo más profundo del antro.

La imagen platónica habla de sombras proyectadas, pero tales sombras son sólo ensoñaciones, ecos deformados de imágenes clausuradas en la negra extensión de la conciencia. Inducidas, sin duda, por las voces de los medios, los analistas, los académicos… Vívidas y plásticas imágenes que resultan tan efectivas como nuestras creencias porque no son otra cosa. El fondo último de la caverna en que se proyectan las apariencias es la propia frente. Allí, en un interior clausurado habitan los fantasmas de los mejor encadenados: los maniatados por su fanático solipsismo en una soledad espantosa. La asamblea de CHAZ/CHOP afirma su emancipación de los Estados Unidos sobre el mismo corazón de Seattle: ¿no es esto confundir la realidad con el deseo? ¿No es declarar reales nuestros sueños?

Envueltos por el manto hermético de sus representaciones no pueden reconocerlas como fantasmas propios, sin realidad más allá del horizonte de su conciencia. No son hombres de fe porque la fe se reconoce tal y funda su estabilidad afirmando la necesidad de la razón y la dialéctica. Y, aunque nuestra potencia racional no cubra el terreno de nuestra fe, nos dispone en su dirección y no nos abandona ni siquiera cuando traspasamos la frontera de lo inteligible. Chesterton dice que, al ingresar en la Iglesia, se le pide a uno que se quite el sombrero, no la cabeza.

No es el caso del ególatra exaltado que confunde su cabeza con el mundo, hace verdad de su certeza e, incapaz de reconocer la naturaleza parcial y subjetiva de sus creencias, las reverencia como última realidad. Egolatría, apoteosis de sí mismo, eso es lo que esconden mal los infatuados señores del poder revolucionario. Creen ver el mundo cuando contemplan sus propios prejuicios y supersticiones: el sueño de la razón sin discusión, la ilusión de la igualdad abstracta, la fantasía de la identidad al alcance de nuestros deseos, la vanidad de un mito labrado durante los largos siglos de una soberbia modernidad que conduce a la deificación de la voluntad. Los contenidos de sus conciencias no se pretenden reflejo especular, sino emanación infundada y autónoma de su yo: el yo reinante y su voluntad soberana. Es una comprensión adecuada a un mercado que exige sujetos caprichosos, persuadidos de sus derechos sin contraparte: absolutos e innatos. En CHAZ/CHOP coexisten huertos urbanos para militantes veganos con la sonrisa acristalada de Simone Raz, las proclamas pacíficas con las armas en la mano, la fluida inmersión en el género humano con una pugna interminable por la representación de todas las minorías, finalmente inidentificables en el carnaval de la transgresión. Porque donde nada es, nada puede ser representado.

Pero sucede que en sus vidas cotidianas estos cientos de egos diminutos no pueden dejar de topar con límites y fronteras cuya legitimidad rechazan en nombre de un derecho – infundado y sin más allá – a la satisfacción de su deseo. La frustración y el resentimiento es efecto del contraste de una voluntad impotente, pese a reclamarse infinita, con un orden del mundo cuya resistencia acredita su existencia: su inevitable realidad. ¿Cómo es posible que no pueda ser lo que me da la gana?

De hecho, su conciencia se limita a absorber los prejuicios y tópicos del presente, pero en su apoteosis no los reconoce como tales. La actualidad es entonces la realidad, pero se olvida que – de cielos abajo – toda actualidad está marcada con el índice del cambio y todo presente ha empezado ya a ser pasado. De cielos abajo todo acto es impuro. Como tantos antes de ellos, darán por abolidas las imágenes del pasado y derribarán todas las estatuas. Los artesanos del nuevo mundo, señores asamblearios de Capitol Hill, están haciendo de nuevo los gestos viejos y las viejas cosas; porque no está a nuestro alcance hacerlas nuevas.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (12)    No(1)

+
0 comentarios