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Novela

Daniel Defoe: Diario del año de la peste

domingo 21 de junio de 2020, 20:29h
Daniel Defoe: Diario del año de la peste

Impedimenta. Madrid, 2020. 398 páginas. 19,95 €.

Por Ángela Pérez

Parece que la actual pandemia nos ha cogido por sorpresa. Pero no debería haber sido así. A lo largo de la Historia, la Humanidad se ha visto obligada a enfrentarse a situaciones similares, incluso peores, habida cuenta de que en otros momentos no se contaba con los medios de los que hoy disponemos. La literatura ha reflejado de diversas maneras esas etapas presididas por la angustia. Célebre es el Decamerón, de Boccacio, en la que diez jóvenes se retiran a una villa alejada de Florencia, huyendo de la peste que asoló la ciudad italiana en 1348, y de la que Boccaccio fue testigo. Basándose en este clásico, Mario Vargas Llosa nos regaló una magnífica obra de teatro titulada Los cuentos de la peste, que pudimos ver en escena hace unos años en el madrileño Teatro Español.

Este terrible y sumamente contagiosa enfermedad es la protagoniza también otro clásico: Diario del año de la peste, del escritor inglés Daniel Defoe, que es mucho más que el autor de Robinson Crusoe. que ahora recupera Impedimenta en una cuidada edición con traducción de Pablo Grosmich y prólogo de José C. Vales. En este caso, sin embargo, no es Florencia el escenario, sino Londres. Entre 1664 y 1666 la capital británica y sus alrededores se convirtieron en un lugar dantesco. La novela se publicó en 1772 y se aventura que Defoe, entre otros documentos, utilizó los diarios de su tío Henri Foe y de otros que sí vivieron la catástrofe, lo que le permite dotar a la novela de una gran verosimilitud y dar detalles muy precisos de los acontecimientos, incluyendo cómo crece el número de inhumaciones, de las que da cifras, lo que despierta una inquietud creciente: “ La gente veía con gran desasosiego que todas las listas semanales crecían mucho durante estas semanas, pese a que era una época del año en la que, por regla general, las listas son muy moderadas. La cantidad usual de inhumaciones según las listas de mortalidad era de unas doscientas cuarenta o así, hasta trescientas en una semana. Se tenía por bastante alta esta última cifra; pero luego vemos que las listas sucesivas aumentaron”.

Pero no es la precisión lo más interesante de la obra. Entre otros aspectos, destaca que Defoe construye un personaje, que es la voz narradora en primera persona, consiguiendo que los lectores nos hagamos partícipes de sus cuitas: “Comencé a pensar seriamente en mí mismo, en mi propio caso y en lo que debería hacer conmigo mismo; es decir, si debería decidir quedarme en Londres o bien cerrar mi casa y huir como muchos de mis vecinos [...]. Me enfrentaba a dos cuestiones importantes: una de ellas era el manejo de mi tienda y mi negocio, que era de consideración y en el que estaba embarcado todo lo que yo poseía en el mundo; la otra era la preservación de mi vida en la calamidad tan funesta que, según veía, iba a caer sobre toda la ciudad”.

Y, sobre todo, cómo, más allá de su intención moralizante, que de una manera u otra le guía a Defoe en toda su producción, nos muestra sin ahorrar crudeza cómo en las situaciones límite sale a flote lo mejor y lo peor del ser humano, lo que en la cotidianidad permanece atenuado.

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