Por delante tenemos un largo y abrasador verano, pero temo que tras el verano nos aguarde un paisaje calcinado y reseco. Ni un decrecimiento ordenado, ni un crecimiento imposible que sólo podría conducir a una destrucción siempre mayor. Tampoco es posible aquel estado estacionario que los economistas clásicos suponían cargado de amenazas, aunque Stuart Mill lo juzgaba ocasión para el desarrollo de bienes de un orden superior.
La gran epidemia ha producido un decrecimiento ocasional que, sin alterar los principios de la economía, sólo puede conducir a una angustia renovada y a un sufrimiento general. La gran crisis parece estar dando lugar a una reorganización que se anuncia como un nuevo orden mundial en el que China ocupa ya una posición avanzada, aunque EE. UU conserva su incomparable potencia militar. Esa misma potencia que los autoproclamados defensores de la democracia quieren dinamizar elevando la tensión con Rusia, con la que el presidente Trump se les muestra en exceso conciliador.
El desorden social no puede ser mayor, los grandes movimientos de población de este joven siglo XXI dan lugar a sociedades multiculturales que se sostienen sobre la negación elemental que dicta el principio de tolerancia. Un principio de hecho traicionado en una vana homogeneización, por vaciado de todo contenido no sólo religioso o moral, sino cultural en general: “formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres y que son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida” (Marx). Epifenómenos irrelevantes de una estructura económica que constituye toda la realidad. Las estatuas habían caído, por tanto, mucho antes de ser derribadas; se han borrado tradiciones históricas y con ellas los pilares de la acción característica del modo de vida occidental, sin ser sustituidos por los de cualquier otro modo de vida.
Y en esa situación de crisis civilizatoria, que ha venido siendo la norma de las sociedades modernas según una escalada crecientemente peligrosa, una vez más los españoles se presentan en el ojo del huracán, en el centro del torbellino que hoy amenaza con llevarse por delante los elementos mismos de la antropología, quiero decir, que amenaza con borrar del borde del mar, como lo hace el oleaje de una gran tormenta, el rostro de arena del hombre tal como lo hemos conocido. Desde luego no será España el remansado lugar desde el que contemplar el asombroso colapso del mundo, la playa del reposo desde la que repetir aquel pasaje de Lucrecio, que siempre escucho en la voz de Gustavo Bueno: Es dulce, cuando los vientos turban las aguas del gran mar, contemplar desde tierra el enorme esfuerzo de otros. Dulce – añade Lucrecio – no porque te complazcas en el sufrimiento ajeno, sino porque puedes sopesar el enorme dolor del que te salvas. España no será, precisamente, cobijo para un desastre para el que – de todos modos – no lo hay. España parece querer estar de nuevo en la vanguardia del gran experimento social e histórico, en la avanzadilla del presente. Una voluntad de agonía que podría considerarse un eco invertido y final de la vieja pretensión de universalidad que hizo valer por un momento en la historia ya vencida.
Aquí nos encontramos una vez más: hecho añicos el cuerpo del Estado, disuelta la nación en subjetividades acríticas y entregadas a ideas heredadas de la Europa deslumbrante, ensayando no ya reorganizaciones económicas, o figuras políticas, sino formas alternativas de unas supuestamente plurales condiciones humanas. Rezagados entonces – se nos decía – hemos sobrepasado hoy el curso de la historia y vivimos el mañana, como fantasmas de nosotros mismos. Primero demasiado cerca, después demasiado lejos. No parece que encontremos la hora en punto, si tal hubiera. Y, sin embargo, parece que va a sonar la hora de la verdad.
Pero la verdad es que la batalla no se juega en la historia, sino en cada alma desde el principio de la historia. Mantener la atención centrada en las sombras nos golpea y debilita. Dar la espalda al mundo de sombras y orientarse a nuestra tarea cotidiana y al prójimo con el que la compartimos, mantener la atención en la belleza inatacable del mundo es mantener la guardia alta. Así honramos la verdad y vencemos en la historia. Como antiguamente en la Tebaida, también hoy es el propio pecho – concluía Ernst Jünger su escrito sobre el nihilismo – “el centro del mundo de los desiertos y las ruinas”. Te deseo lo mejor, amigo lector, en la batalla.