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FRACASA MEJOR

Carlos Alcorta, fértiles sobras

Miguel Ángel Gómez
lunes 13 de julio de 2020, 20:03h

Empiezan a acumularse libros y revistas de la cuarentena. Abro al azar Tiempo vivo (Septentrión), subtitulado “Haikus y otras formas breves (edición para amigos)”, de Carlos Alcorta. Hubo una época en que los escritores de haikus eran pocos y el libro de haikus era un buen modo de difundir los versos. La estrofa japonesa se hallaba en España en un cuarto aún a oscuras, pero gozaba de buena salud. Hoy día las redes sociales son el medio que ha metido al haiku en un buen lío. Muchos no tienen nada que comunicar. En Tiempo vivo se combina lo disperso, con lo que va sobrando pegado a las líneas de medir. Alcorta se convierte en editor de sí mismo en su afán de seguir sus divagaciones, de contentar a unos amigos a los que dedica su obra. Recordemos que este autor “despotricaba” del haiku. En su justificación final dice: “Muchos se preguntarán, cargados de razón, cuál es la causa de que incurra en dicha contradicción al publicar yo mismo un libro de haikus, sí, como acabo de insinuar, suelo reprobar dicha proliferación y la, con mayor frecuencia deseable, escasa pulcritud de los resultados, porque, con no escasa frecuencia, me ha parecido advertir que, en gran medida, son más el fruto de una moda que una verdadera necesidad creativa”. No se muestra muy ducho en la tarea de justificar que vio luz, más que por el deseo de no perder decenas de estrofas dispersas en cuadernos ya casi “inencontrables”, por el empeño que han puesto algunos amigos que sabían de estas publicaciones. Carlos Alcorta es conocido principalmente por su labor de crítico y por sus reseñas periodísticas. Es alguien que respeta el oficio. Si hay algo evidente es que se hace necesario acertar a la hora de dar el inédito a la imprenta, pero también hacerlo por motivos que no sean de rango amistoso, aplicarse aquello que decía Philip Larkin a la hora de rechazar el puesto de poeta laureado: “El impulso de escribir poemas me abandonó hace siete años, periodo en el cual no he escrito prácticamente nada. Naturalmente es una decepción, pero prefiero no escribir poemas a escribir poemas malos”. La anécdota resume a la perfección que un poeta debe escuchar una voz que le llegue con fuerza y claridad. Saber escribir es también saber qué no escribir.

Picoteando aquí y allá leemos un conjunto de versos al azar: “Eres su amante / sin que lo sepan otros. / ¿O ya lo saben?”. Hay algunas ocurrencias que se echan a perder una vez digeridas: “Te seguiré / buscando hasta el final / de mis días / sin saber si existes”; “No hay sosiego, / salvo cuando me abrigo / entre tus brazos”. ¿No se ha enterado Carlos Alcorta que las obviedades son como gotas que dan en la piel pinchando y escociendo? Vale la pena leer haikus de poetas espléndidos, sí (“Un niño juega / a enterrar a su padre. / Día de playa”, de Susana Benet; “Adónde miran / los ojos de los muertos / tan fijamente”, de José Cereijo; “Tras la ventana / el mundo nos aguarda / igual de hermoso”, de José Luis García Martín), pero no todos los libros, como queda patente, nos facilitan una lectura que no sea fatigosa.

Se publican muchos libros y no todos son modélicos. El lector experimentado, como el crítico, sabe dónde hay talento y dónde ha de haber mudez. Si nos fijamos de paso en su ingente biografía, observamos que Carlos Alcorta ha publicado muchos libros de poemas: Lusitania, Condiciones de vida, Cuestiones personales, Ahora es la noche y, el salido a continuación de este que tratamos, Aflicción y equilibrio – sin contar antologías y libros de ensayo-, y en absoluto es malo publicar tanto, pero sus haikus no entrarían en un piso legamoso si tuvieran el espíritu sedante y minimalista de las diecisiete sílabas, si reflejaran lo cotidiano que no se queda profundamente dormido, que respira con facilidad en una menuda brizna de hierba que inclina el viento, como quería Whitman. Es el caso de: “Observa el gato / el brillo de la luna / desde el tejado”. Muchos de los haikus sin medida de Carlos Alcorta parecen ser sobras que no se acomodan a los rigores formales, como él mismo afirma, versos a los que con el pasar de los años no ha querido poner la mano encima a sabiendas de que no habría petróleo en las inmediaciones del río. A un haiku medido sobre máscaras (“Entre los rostros / de esas mujeres buscas / tu propia máscara”) le sigue un pastiche becqueriano (“Vuelan de nuevo / aquellas golondrinas / de nuestra infancia”). Alterna los versos de una ausencia (“La despedida / no fue como esperabas, / o tal vez sí”) con otros sobre preguntas y respuestas (“Eres parte / de mi intento / de encontrar respuestas”).

Tiempo vivo no provocará el rescate como escritor de haikus de un buen poeta como Carlos Alcorta. Creíamos que habíamos terminado con este tema, pero escritores olvidados de haikus hay muchos. En su libro entremezcla lo que nos resultan divagaciones de muchas épocas, ejemplos de manidas retóricas becquerianas (“Te fuiste / con la intención / de volver, / como las golondrinas, / al mismo nido”; “Sé que el mundo / está bien hecho cuando / lo veo reflejado en tu pupila”), repeticiones (páginas 29 y 65) que no animan a leerlo como un puente que cruzar sin excesivos sobresaltos. Hay haikus verdaderos: una decena, concretamente los relacionados con el mar desde la perspectiva que ofrecen el tiempo y la distancia (“El nadador / en las olas avista / el horizonte”; “Cambió tu vida / ese golpe de mar / que no esperabas”; “Para el náufrago, / el agua en la que flota / es un infierno”; “Descalzos corren / los niños en la arena. / De agua es la meta”, etc), pero se colocan al lado de otros enteramente desdeñables. El libro de Carlos Alcorta: un mal pretexto inventado por el autor que podría haberse ahorrado, y que se podrá elogiar sin necesidad de leerlo entero.

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