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TRIBUNA

Las 7 maravillas

martes 14 de julio de 2020, 19:53h

Me asomé al borde de La Acrópolis y me quedé mirando el solar de allí abajo, lleno de ruinas esparcidas como las conchas de un mar destartalado que las hubiera arrastrado hasta esa playa y a la espera de recomponerlas en el sitio del que fueron desgajadas allí arriba, donde ahora estoy, hace cientos de años. Parecían meteoritos apilados en pequeñas tribus en torno a la colina, vestigios de una antigua y hermosa galaxia griega y de su magnífico Partenón.

Y al volver la vista a mi espalda entreveo, bajo lonetas y andamios que ocultan las obras, que las nuevas columnas con que lo están rehaciendo, en un mármol blanco inmaculado deslumbrante, ni siquiera hacen coincidir las líneas de los tambores estriados, que originalmente se retallaron a mano. Se supone que el gran estudio digital que las tiene fichadas, escaneadas y fresadas, valora concienzudamente de antemano si merece la pena remendar la gigantesca porcelana o rehacerla de nuevo en sus partes.

Me intriga además, que si todo un país restaura o no su edificio más emblemático, el mismo que los mismos atenienses erigieron hace casi dos mil quinientos años, en un tiempo que se dilata y se dilata sin fecha de acabado, es porque algo muy importante falla. O bien no están seguros de lo que hacer con las esculturas de los frontones en El Museo Británico y El Museo del Louvre, o están atascados por el miedo a imprimirlo con los vivos colores originales y equivocarse, o si entre las varias opciones y la marea de visitantes que dan una vuelta y salen de nuevo como un gusano incesante, lo mejor sería ni ticarlo o parecer que se avanza sin llegar a ningún lado.

El Partenón (447-432 a.c.) no consiguió plaza entre las 7 Maravillas del mundo antiguo en beneficio del Templo de Artemisa (Éfeso. Turquía), que iniciado un siglo antes que él, fue sin embargo quemado por Eróstrato dos siglos más tarde, pero cuya notoriedad es insuperable en todo El Mar Egeo y estando como está, nos es fascinante.

La fascinación es esa sensación que empuja tus sueños hacia adelante y eso mismo me ocurrió con las imágenes y relatos de las 7 Maravillas cuando era niño, como supongo, a tantos niños. La brevísima y mágica cifra que suma de arquitecturas, esculturas e ingenierías del pasado y las dibuja a colorines en nuestras enciclopedias, me marcaron, porque nos parecían increíbles incluso transcurridos esos miles de años.

Ahora sé que una Maravilla que perdura no es consecuencia de la gran capacidad artística, técnica o de fortuna de aquella civilización, sino de la voluntad aunada y que ni siquiera el emperador, dictador o sátrapa enamorado, serían capaces de mantenerla viva sin el sustento fiel de las generaciones que los han sucedido. Derrocar al tirano es sinónimo, la mayor parte de las veces, de destruir el esplendor de todas sus obras, o con un poco más de suerte, hacerlas caer en el más absoluto olvido, pero a pesar de ello los prepotentes se empeñan en erigir maravillas para perpetuarse, maquillando sus horrores con majestad y olvidando que las atrocidades difícilmente se encubren con el dorado y un boleto de entrada, mientras exista la memoria de las generaciones de avasallados.

Las 7 Maravillas correspondían al legado clásico de mi cultura y como otras tantas, imagino, formarían un repertorio semejante al de Oriente o el Nuevo Mundo, al de Oceanía, Australia y resto de continentes aún ignorados por nosotros, ya que su efecto de asombro y fascinación calarían de idéntica forma en los pueblos que los habitaron. De las seis restantes, además del Templo de Artemisa, la única en pié y curiosamente la más antigua de todas, es la Gran Pirámide de Keops (Guiza.El Cairo. Egipto) que supera los 4500 años de edad y además tenemos: Los jardines colgantes de Babilonia, La Estatua de Zeus, El Mausoleo de Halicarnaso, El Coloso de Rodas y El Faro de Alejandría.

Recientemente y a través del voto de 90 millones de personas, se eligieron las nuevas 7 maravillas, en una votación propia de Eurovisión, con cada país tirando de su lado por lo del turismo y triunfaron: La Ciudad de Petra, El Taj-Mahal, Machu-Picchu, La Pirámide de Chichen-Itza, El Coliseo de Roma, La Gran Muralla China y El Cristo Redentor, pero dejando de nuevo descolgado a nuestro querido Partenón y La Acrópolis de Atenas, junto a otros como La Torre Eiffel, La Ópera de Sidney, La Alhambra de Granada, y en donde ya ni aparecen como relevantes Borobudur, Angkor Wat y tantas y tantas auténticas Maravillas a las que quisiéramos trasladarnos aunque fuera en sueños y siendo ancianos.

¡Qué rabia!, que el poeta griego Antípatro de Sidón (siglo II a.c.) nominase desde su localismo un valor de fascinación para Las 7 Maravillas que llegó hasta nuestros días y que en cambio nuestra votación universal y globalizada, emita una tabla de las nuevas tan escasa, minusválida y aleatoria en sus resultados.

Y quiero añadir, para ahora en adelante, que al igual que las Maravillas de antaño e incluso las modernas, se cimentaron en mitos, dioses, amores y temores reales, las nuestras se están cimentando en el cine, las plataformas y son en cualquier caso virtuales.

King-kong, El kraken, los universos de Walt-Disney o de Marvel, las naves de 2001 y Alien, las ciudades de El Señor de los Anillos, Harry Potter, Matrix o Blade Runner,… que ni han existido ni existirán, habitan ya en nuestra vida como Maravillas, con la misma naturalidad, contundencia y trascendencia, que si recibimos una pedrada que nos hace sangre. ¿No es verdad?

De las nuevas 7 maravillas he visitado 6 y con ellas he llenado mis cuadernos de viaje. En todas he rebosado de asombro y no renunciaría a ninguna por otra, lo que expresa bien a las claras que nuestra capacidad de absorber la belleza, de embelesarnos con ella, es muy superior a la de enjuiciarla y que somos abducidos por ella como patos.

VICTOR OCHOA

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