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TRIBUNA

Si los monumentos hablaran (2): El racismo “monumental” y el “Huevo de Colón”

martes 14 de julio de 2020, 19:58h

Si alguien no hubiera estado los últimos 4 años en Puerto Rico, difícilmente podría haberse enterado de que en este país, uno de los más pequeños del planeta, fue instalado el monumento a Cristóbal Colón el más grande en mundo. La propia figura del descubridor de América mide 81,7 metros de altura (más alto que la del Cristo Redentor en Rio de Janeiro de 30,1 metros o de la Estatua de la Libertad en Nueva York de 33 metros – todas sin pedestales). Pero si sumar el pedestal, todo el monumento a Colón “crece” hasta 126 metros, convirtiéndose en uno de los más altos del mundo (38 metros el Cristo Redentor en Rio de Janeiro y 93 metros el monumento a la Libertad en Nueva York). Sólo lo supera, en dos metros, el Buda del Templo de Primavera en Lushan (China).

Y ¿cómo ocurrió que este tan gigantesco y emblemático monumento se levantó en un lugar bastante poco conocido y visitado por el turismo mundial? En un pueblecito llamado Arecibo, un lugar de poca población, de mínima urbanización, prácticamente en un ambiente de naturaleza “virgen” centroamericana, muy cercano a la costa norteña y en las proximidades, supuestamente, de donde se había producido el desembarco de Colón con sus tripulantes en 1493 (en el segundo viaje explorador). En un principio se pensaba ubicarlo en las cercanías de la capital San Juan, pero las dimensiones del monumento podían molestar a los aviones que despegaban y aterrizaban en el aeropuerto capitalino.

Es obvio que, este Coloso hubiera “encajado” mucho mejor en alguna ciudad más grande y más importante del continente americano, por ejemplo, en los mismos Estados Unidos. Y que fuera puesto en pie no en 2016, sino en 1992, cuando todo el mundo civilizado estaba celebrando el quinto centenario del “Descubrimiento”.

Eso mismo pensaba el autor del monumento, el mundialmente famoso escultor ruso, Zuráb Tseretéli. No es muy “ruso-eslavo” ese nombre y apellido. Es que pertenece a un hombre que nació en Georgia, un pequeño país del Cáucaso, que había dado al mundo unas destacadas figuras políticas y culturales. Citaré, como no, a Stalin, al propio Tseretéli (de él hablaré más a continuación) o, por ejemplo, al mundialmente famoso bailarín y coreógrafo norteamericano, de origen ruso y de sangre georgiana, George Balanchine (Georgi Melitonovich Balanchivadze).

Zuráb Tseretéli es un hombre de cultura internacional, pero, principalmente, de la rusa y de la su Georgia natal. La mayor parte de su vida la pasó en Rusia, en Moscú, y sigue viviendo allí, incluso después de que Georgia dejara de pertenecer a la extinta Unión Soviética. Es, al mismo tiempo, ciudadano georgiano, con un gran prestigio en su “patria chica” y sé que está llevando a cabo una intensa actividad “pacificadora” en el conflicto político entre Rusia y Georgia surgido en los últimos años.

También Zuráb es un gran amante de la cultura española. Éste fue, precisamente, el vínculo que me había unido a este simpático, campechano y generoso georgiano, mucho antes de que empezara la historia de los monumentos colombinos que estoy contando.

Hablábamos mucho de España y de sus tesoros culturales: Cervantes, Lorca, Picasso, Dalí, Velázquez, Goya y otros tantos genios de la cultura hispana. Zuráb me comentaba que estaba pensando hacer una monumental estatua de bronce (su material preferido) de Don Quijote. Pero la idea del “Descubrimiento”, dada la proximidad, entonces, de la fecha de su 500 aniversario, adelantó a los demás temas relacionados con España.

Tseretéli pensaba levantar el monumento al “Descubridor” en el país más importante del Continente Americano, en los Estados Unidos. Pero cual fue la sorpresa de este artista del ámbito internacional (había levantado sus monumentos en diferentes países del mundo), cuando ni Nueva York, ni Baltimore, ni Miami, ni incluso la ciudad de Columbus, en el estado de Ohio, no quisieron recibir este “regalo” del escultor ruso.

Las grandes ciudades, como Nueva York, Baltimore y Miami, quizá rechazaran a instalar en sus ciudades el monumento al Colón, porque la historiografía anglo-americana nunca ha tratado “positivamente” la colonización española de América y al propio Colón lo consideraban más un italiano que un español. Otra razón podría haber sido la de no querer aceptar que un “ruso” levantase un monumento al gran descubridor “español” en el corazón de América, en Nueva York, que sería más alto que la propia “Estatua de la Libertad” y, sin duda alguna, estaría llamando no menos atención de los habitantes y visitantes de “Nueva” York, llamándose el monumento el Nacimiento del NuevoMundo.

Y, si en el caso de las citadas grandes urbes, este, en cierto modo, “racismo histórico” fuera sólo una sospecha, lo sucedido en la ciudad de Columbus resultó una confirmación. Allí el monumento fue rechazado por la oposición “indignante” de los representantes de la población “indígena” de la zona, movidos por el mismo mito, creado por los “yanquis”, de que con la llegada de Colón habían empezado todas las desgracias para la población nativa de las Américas.

Esta mi teoría sobre el “racismo histórico”, transformado en un “racismo monumental”, confirma el hecho de que la otra obra de escultor ruso-georgiano ha sido perfectamente aceptada por la ciudad de Nueva York, ya que estaba dedicada a las víctimas del atentado del 11-S contra las “torres gemelas” y se llamaba “La lágrima del dolor”. Claro está, las lágrimas no tienen “color” y son transparentes llore quien llore, un negro, un blanco, un amarillo o un indígena.

Este monumento es muy original, como todos creados por Tseretéli, y también tiene dimensiones ciclópicas: una gigantesca plancha de acero revestida en bronce, de 32 metros de altura con una gran grieta irregular que la atraviesa de arriba abajo y en el hueco de la grieta pende una enorme lágrima de acero inoxidable brillante, de 11 metros, que da el nombre al monumento. Fue un regalo de propio Tseretéli al pueblo de Nueva York, aunque “oficialmente” figura en una placa conmemorativa que es un regalo del pueblo de Rusia a los Estados Unidos.

A la inauguración del monumento, que se había celebrado justo cinco años después del atentado terrorista del 11-S, acudió el propio presidente de Rusia, Vladimir Putin, lo que causó mucho revuelo en aquel momento. “La lágrima” está situada privilegiadamente en el paseo marítimo de la localidad de Bayonne, de Nuevo Jersey, a unos 15 kilómetros al norte de la Gran Manzana y es lo primero que se ve cuando se llega a Nueva York por barco desde Atlántico. Incluso se ve antes que la mismísima “Estatua de Libertad”.

Pero volvemos al Nacimiento del Nuevo Mundo puertorriqueño. Pues, al pueblo de esta pequeña isla caribeña no le pareció nada mal, sino todo lo contrario, resultó un honor de recibir la estatua del que descubrió hace más de 500 años a esta misma isla y al continente entero que más tarde se llevaría el nombre de “América”. La estatua llegó a Puerto Rico en 1998 y tuvo que ser desmontada y enviada a un almacén esperando 18 años hasta que las autoridades y los empresarios locales pudieran reunir los 20 millones de dólares para montarla en un grandioso pedestal de unos 44 metros de altura, que simbolizaba la cubierta de la carabela que había llevado a estas playas paradisiacas a Cristóbal Colón y su comando. El propio autor participó en las complicadas obras de ensamblaje de su obra monumental.

Puerto Rico no es un país de grandes recursos financieros, pero pudo reunir la “plata” para rendir el homenaje a los españoles, que enseñaron a los “indios” su idioma, sus costumbres y su Dios, mezclando la sangre hispana con la de los nativos. ¡Qué bonito ejemplo del agradecimiento histórico y de dignidad mestiza!

Pero no termina aquí la historia colombina del escultor ruso-georgiano. Hay otra parte de ella en la cual el Colón “monumental” ha tenido más suerte.

Ideando el homenaje al “Descubrimiento”, Tseretéli pensaba en poner los respectivos monumentos en dos puntos claves del histórico viaje del navegante español: donde terminó – en América, lo que he contado antes. Y también dónde el viaje empezó – en España. Y para tal fin creó otro monumento a Colón, uno de los más originales y más grandes que existen en España. Lo bautizó como el Nacimiento del Hombre Nuevo, pero popularmente es conocido como el Huevo de Colón por su forma.

El monumento representa un enorme huevo de 45 metros de altura, formado por las velas y amarras de los navíos que habían llevado al ilustre navegante al Nuevo Mundo. En el interior del huevo se encuentra una estatua de Cristóbal Colón, en bronce, de 32 metros de altura. El almirante sostiene entre las manos un mapa desenrollado sobre el que figuran las tres carabelas. La idea de dar al monumento la forma del huevo le sugirió a Tseretéli – como él me había comentado en una ocasión – la famosa anécdota sobre el descubridor de América, según la cual Cristóbal Colón fue el primer hombre que puso un huevo de pie. La verdad, si alguien lo había intentado alguna vez, sabe que no es nada fácil.

Pues, imagínense poner de pie el huevo de las dimensiones que he señalado. Fue una constructora española, “Dragados y Construcciones”, que lo hizo por primera vez en el mundo. Yo de alguna manera tuve suerte de participar en esta peculiar historia.

Un día, cuando yo estaba trabajando en Moscú en la Oficina de Representación de un destacado grupo financiero-industrial español, uno de cuyos socios era “Dragados y Construcciones”, me llamó uno de los directores de la constructora, preguntándome si yo conocía a un tal Tseretéli, escultor y arquitecto que vivía en Moscú. Le contesté que, sí, e incluso que mantenía con él un lazo de amistad. El director de “Dragados” se animó enseguida y me comentó que tenía previsto en breve desplazarse a Moscú para entrevistarse con el escultor y me pidió que le ayudara a organizar la reunión. Resultaba que Zuráb Tseretéli, estando en España, ofreció al Rey, como regalo para el 500 aniversario del Descubrimiento de América, una escultura que él hizo para conmemorar este gran acontecimiento histórico. El Rey acepó encantado la oferta y ofreció a “Dragados” a realizar todos los trabajos para el montaje y la puesta del monumento en un lugar escogido para tal fin.

Cuando el director de “Dragados” se reunió en Moscú con el escultor – yo organicé la entrevista y estaba ayudando también como intérprete hispano-ruso – y se enteró de las dimensiones del “huevo”, su ánimo se evaporó rápidamente. Como un buen ingeniero él comprendió en el acto qué dificultades representaría instalar el “huevo” de 450 toneladas para que no cayera, siendo, precisamente, la figura del huevo una de las más inestables que existen. Y así fue. El director de “Dragados” visitó un par de veces más a Tseretéli para consultar con él ciertas modificaciones en la “figura” que los ingenieros de la constructora española estaban obligados a introducir para que el huevo adquiriese una adecuada estabilidad.

El sitio elegido fue Sevilla – el lugar de donde partió la expedición del “descubridor”. En el parque de San Jerónimo, en las cercanías de la “Expo- 92”. Las enormes piezas de este gigantesco monumento fueron transportadas en barco desde San Petersburgo al puerto vasco de Santurce y de allí, en una caravana de camiones especializados, hasta el lugar de su ubicación en Sevilla. Los numerosos problemas surgidos durante el montaje retrasaron varias veces las fechas de su inauguración y, finalmente, el monumento fue inaugurado el 9 de octubre de 1995. Oficialmente representa un regalo del Ayuntamiento de Moscú – Tseretéli era muy amigo del alcalde de la capital rusa – a la Alcaldía de Sevilla.

Así se cumplió el deseo del escultor ruso-georgiano de conmemorar el “Descubrimiento” del Nuevo Mundo y el “Nacimiento del Hombre Nuevo”.

Un año antes, ante la sede de la UNESCO en Paris, fue inaugurado el mismo monumento a Colón que el de Sevilla, pero de unas dimensiones reducidas a la escala de 160 x112 x 90 centímetros, en señal de la importancia que tenía para la cultura universal la figura del descubridor español. La escultura se encuentra entre las obras de Henry Moore, Alberto Giacometti, Pablo Picasso, Alexander Calder y otros grandes escultores del siglo XX

Todas estas obras de Tseretéli dedicadas a Colón es uno de los ejemplos más brillantes de la aportación de la cultura rusa a la hispana, de que he hablado ampliamente en uno de mis artículos anteriores.

Desgraciadamente, la ola del vandalismo de destrucción de los monumentos históricos que estamos observando estos días en la propia América, nos enseña que el “hombre nuevo” real no resultó tan perfecto como el monumento creado a su honor por el escultor ruso-georgiano Zurab Tsereteli.

Hace unos pocos días he visto por la televisión como la chusma fanatizada anti-todo, estaba destruyendo el monumento a Colón en la ciudad de Baltimore, un monumento de piedra y fácil de romper. Si en su momento esta importante ciudad norteamericana hubiera aceptado el monumento al “Descubridor” ofrecido por Zuráb Tseretéli, hoy en día la ciudad no se habría quedado sin tan histórico monumento, y la gente culta, los ciudadanos “normales” habrían podido seguir disfrutado de uno de los símbolos de su gran historia. Porque derribar un monumento de la altura de un edificio de 40 plantas y de una solidez metálica de las 200 toneladas de acero y bronce no estaría al alcance de ninguna banda vandálica. El Colón de Tseretéli no se movería ni un milímetro de su sitio, resistiendo dignamente cualquier huracán del odio y de la destrucción que pudieran originar algunos representantes actuales de las cavernas prehistóricas.

Siempre acordaré las palabras de Zuráb: “La gente debe buscar y encontrar unos a otros. Por eso me atrajo la figura de Colón quien hace 500 años encontró camino desde Europa a América. Era el Hombre Nuevo de su tiempo y descubrió el Nuevo Mundo para Europa”.

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