Mientras en México tardaremos en saber si es o no inocente y canta todo lo que tiene que cantar Emilio Lozoya, que durante el gobierno del PRI dirigió la petrolera Pemex y está acusado de distintos delitos, en un entramado de complicidades que enlodan a funcionarios del PRI –otra vez, lo normal– otros asuntos que no tienen que ver con esos desfalcos y raterías priistas nos conducen a abordarlos, sin dejar de hacer las señalizaciones bien merecidas según se desarrollen los hechos, porque, ya se sabe, con el PRI, contar y no acabar. Aunque los priistas se ofendan ahora, como no lo hicieron al saberlos, minimizándolos o de plano, callándose.
Alora, los posibles rebrotes se sospechaban como consecuencia de intentar un necesario regreso a la normalidad y no ignorábamos que conllevaban el riesgo de afectarnos severamente, pues el virus se ha diseminado. En todo el mundo vemos aperturas y consiguientes cierres intempestivos permanentemente, ante los nuevos casos causados por la masificación de la reapertura. Que nadie se llame ni sorprendido ni engañado, pues eso siempre se ha informado que podría suceder. El oportuno repliegue se aplaude. Por otra parte, coincido con quienes afirman que será complicado para cualquier partido en el gobierno que haya enfrentado esta crisis sanitaria, el refrendar el apoyo de los votantes. No es que sea imposible, simplemente es que todos los gobernantes del mundo serán escrutados severamente en las urnas. Que tampoco se ignore las declaraciones tanto de la OMS como de la ONU, al advertir que ninguno estaba preparado para esta pandemia y cada país ha enfrentado la crisis como ha podido, pese a protocolos y ordenanzas ya establecidas, pues la magnitud del problema fue inmensamente mayor. Aunque lo olviden los opositores y no obstante que lo sepamos todos. Tal no disculpa nada ni a nadie. Mas quede usted avisado. Trump será de los primeros en ir a las urnas a ser evaluado y desde luego que cómo enfrentó el asunto, será tema a considerar por los votantes. Lo de Urkullu en el País Vasco, no cuenta. Cacicazgo de partido. Ya veremos qué valoraciones arroja al particular tratamiento de la peste, el nuevo “Grupo independiente de preparación y respuesta frente a las pandemias” creado el 9 de julio anterior por la OMS.
Estamos en plena pandemia y con una ciudadanía no tan colaborativa como cabría esperar en el caso mexicano. Lamentablemente. En medio, ya lo advertía la OMS, padecemos otra pandemia, la llamada infodemia. Es una palabra definida como: “Exceso de información acerca de un tema, mucha de la cual son bulos o rumores que dificultan que las personas encuentren fuentes y orientación fiables cuando lo necesiten”. Como cita la Fundéu remitiéndonos a la OMS.
La OMS ha creado una página para guiar la información corroborada en la materia y ‘EPI–WIN’ https://www.who.int/teams/risk-communication puede leerse en español: https://www.who.int/es/home .Para el caso mexicano resulta no ser cosa menor este recurso. Se consideró en el mundo el segundo país generador de noticias falsas sobre la pandemia, por debajo de Turquía (abril, 2020) según determinó el estudio “Radiografía sobre la difusión de fake news” (sic) de la UNAM. Un bagaje de sobreexposición de datos cual desinformación cargada de imprecisión, induciendo a confusión y a errores que propician equívocos y generan pánico. Sume usted las ganas opositoras de simplemente no oír. Es muy grave.
Infodemia. Qué acertado resulta el vocablo: se sigue padeciendo un bombardeo de desinformación, sesgada e intencionadamente tendenciosa dirigida, además, a la gente que cuestiona per se al gobierno de turno, creando una situación muy provechosa para determinados medios, enfilando sus esfuerzos manipuladores. Cierto público, y el politizado el peor, va desvariando, se compra sin rechistar toda sandez que se difunda si eso le nutre su odio al gobernante y le aplaca sus ansias de ya no buscar quién se las hizo, sino quién se las paga. Deplorable, pues no distingue la información cierta de la que a su conveniencia, asume. La infodemia en tiempos de coronavirus cunde y va de la mano de la otra palabreja que hay que recordar: la posverdad. Y muy en boga ante la recrudescencia desinformadora.
Sí. Ya se sabe: mantener la postura de no variar la opinión pese al cambio de las circunstancias y las nuevas evidencias; y seguir actuando como si los datos no cambiaran. Una negación y alienación, fatales. Así, se incurre en el equívoco permanente, en la oposición a los hechos contundentes, en el error recurrente. Grave cuando se es opositor a los gobiernos, prestando oídos sordos a lo importante, pues no disciernen lo trascedente de lo superfluo o banal. Es desalentador oír a personas asegurando que un gobierno omite o no actúa, no ha hecho nada ni dicho nada, solo por no cuadrarles el partido que lo conforma. En esta pandemia solo puedes tenerles conmiseración y verlos como Dios ve a los conejos. Rima incluida. Su negacionismo insulta la inteligencia de cualquiera.
La infodemia debe de combatirse, pero no basta con esos recetarios en calidad sermonaria y moralizantes, asaz burdos, recomendando no compartir las Fake News –otro concepto muy manoseado y utilizado inadecuadamente a troche y moche sin siquiera pestañear y pensarle tantito… – sino que la infodemia, antes que nada, ha de combatirse con la reflexión, pensando en la lógica de lo que se lee, y en efecto, solo entonces pasar al cotejo, a la constatación, a contrastar, a la verificación de la nota, ahorrándose todo ello con lo primero. Un olfato desarrollado reduce las posibilidades de esparcir el bulo y ese virus letal –los efectos de la infodemia– y como consecuencia a no sostener la posverdad. Pero claro, se requiere pensarle y pues, ahí es donde tantas veces reside el problema.
Por otra parte, en estos tiempos de pandemia –sea cual sea el color de la luz del semáforo en que usted se encuentre ahora mismo, mientras lee esta columna puesta a su consideración– ha regresado en el habla mexicana la palabra sanitizar. Veo que en otros países también y despierta inusitados y acaloradísimos debates. A ‘sanitizar’ la satanizan y yo me río. Yo rompo una lanza por ella, pues sin temor a las palabras, ya la oí en la crisis sanitaria de la influenza Gripe A NH1N1 de 2009 en México, así que para mí ni es extraña ni equivocada. Ahora la veo más posicionada, eso sí. Sanitizar me significa ‘prever’. Sí, desinfecta. Sí, esteriliza. Sí, limpia, pero aporta la prevención, la anticipación necesaria y bienvenida en grado de urgencia, por ser de superlativa peligrosidad el virus, en pro de la salud en una crisis sanitaria. Si bien es cierto que cada uno de esos otros verbos aclaman higienizar, lavar, proteger, sanitizar me alerta como ninguno de ellos. ¿Figuraciones mías? no solo eso. Sanitizar es la respuesta anticipada al virus asesino acechante, es cerrarle el paso en la intentona de infectar a través de superficies susceptibles de contaminarse y contaminarnos más fácilmente con sus terribles efectos. Sanitizar me suena a prevención extrema, a procurar con miedo fundado al contagio. Mejor es sentir miedo que clamar indiferencia.
En contra de la palabra se arguye que ¿proviene del inglés sanitize? ¡hombre! ¡eureka! ¿el problema es que provenga del inglés? como parquearse, televisión, líder y puzzle. Aunque yo como mexicano, prefiera decir rompecabezas y no puzzle. Y estacionarse en vez de aparcarse. No me basta con que provenga del inglés, para oponerme a ella; es el matiz que entraña su significado cotidiano lo que me anima a su uso. Ese ‘antes’ que alerta. Esa prevención que ¿qué quiere que le diga? no me la da ‘desinfectar’. Las palabras son el espíritu de las ideas. No es culpa de nadie. Así son las cosas.
Los dejo, me voy a sanitizar mis dispositivos móviles de uso frecuente, no sin antes encarecerles que no les pase desapercibido que el virus ahí sigue y debemos enfrentarlo entre todos, con la colaboración de todos. Lástima que Trump saque a EE.UU. de la OMS. Al COVID-19 le facilitan las cosas esta clase de bufonadas, alharacas zafias y majaderas, que solo descoordinan los esfuerzos.