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FRACASA MEJOR

Felix Trull: Y de pronto, amanece

lunes 20 de julio de 2020, 20:46h
Vuelvo a las lecturas asiduas. Un libro nos hace descubrir de nuevo el mundo antes incluso de que lo hayamos comprendido. La atmósfera que crea nos hace padecer un conflicto emocional. Tenemos hambre de lectura, la emoción nunca volverá a excluirse. Hay libros que se muestran, al mismo tiempo, tímidos y salvajes. Miramos a todos lados por buscar una grieta por donde escaparnos, como si nos hubieran acorralado. Cojo Y de pronto, amanece (Apeadero de Aforistas), de Felix Trull, en el que la contemplación se produce en un gesto de suprema diversión, mirando el mundo a través de un alba que proporciona un fulgor de joya. Se divide en nueve jornadas, cada una con un doble movimiento de párpados, en las que se despiertan los sentidos llegando a ser casi palpables. Los aforismos son aquí hamacas en noches tropicales, huellas contemplando el firmamento, promesas de iniciar una nueva vida al estilo de Sławomir Mrożek: “Decidí comenzar una nueva vida. Categórica e inapelablemente. Solo quedaba una cuestión por decidir: ¿a partir de cuándo?”. Nuestro autor sabe que el presente es vagabundear con una mochila, seguir el camino puro de la literatura. En este libro trata de comprender que el mundo anda mal sin el género
aforístico, se duerme tras hundir la nariz dentro del saco de dormir y se despierta temblando. Los jabalíes son maestros y no puedes verlos como maestros porque ya han pasado (“Una charca desierta. Hace no tanto, los jabalíes”). El éter se echa a llorar si alguien no lo toma como es.

Felix Trull (heterónimo que nunca se rinde antes de empezar a luchar, de un hombre que se llama José Luis) parece querer decir: “Prometí traerlos y aquí están”. Un elocuente poema de Hugo Mujica abre el volumen. “Ya noche, / caminando, / vi el instante de un relámpago / sobre el charco de una calle, / cerré los ojos / y, blanca e inmensa, y a la vez serena, / se encendía un alba”. La belleza del haiku en la que todo se dice a través del símbolo está viva y productiva en estos aforismos: “Salen al paso. Las presencias. Me susurran. Luego, se desvanecen”. En la segunda parte de “Apuntes” nos sorprende que el registro de la fe pueda prolongarse indefinidamente: “El humano es un ser hecho por la fe y para la fe. Sobre si a tal o cual objeto, ya es harina de otro costal”; “En la fe pierdes la corteza. Ya eres todo miga”; “La fe es el Paraíso en la tierra, antes de que supiéramos que eran el Paraíso y la tierra”. Con asombro leemos los que pertenecen a la tercera jornada, pulcros como una nevera: “Robinsón ambulante: no encontrarás a tu viernes” o “No busco nada. Por eso he de continuar”. El viaje no es circular ni regresar al punto de partida. Son apuntes viajeros que leemos con atención, aunque sean una escritura clara.

No falta aquí el Trull de siempre, aquel que nos impresionó en Metas volantes (2015), Líneas de flotación (2018) y La lección de Pulgarcito (2019). Aforismos metafísicos, que tienen nostalgia de humanidad (“Un amasijo a lo lejos. Humanidad”), de bosque (“Y de pronto, anochece. Vuelvo al bosque, de donde nunca ya saldré del todo”), de vida (“Vivir es imaginarse vivo”). En Y de pronto, amanece la literatura está escrita en Días y Noches hasta llegar a la perfección, sin buscar el ansia de perfección como ocurre en todo diario. En la cuarta jornada aparece lo que queda en la memoria (“Un canto en los dientes. Otro en la mente. Tratar de acordarlos. Aunarse al fin”; “De las plazas emana un candor como a medievo”). Nos habla de universos infantiles, frágiles, cerrados a veces en baúles (“Niños pateando un balón. Me uno a ellos. Me dilato de diminuto”). Hay goces que son como pequeñas escenas armoniosas (“Las palomas dan de comer a los ancianos que les dan de comer, siempre ha sido así”).

La importancia del volumen también radica en el fino humor y las ideas nada destartaladas ni ruinosas. Ejemplos claros encontramos en la quinta jornada: “Si pensase menos, no existiría más”; “Camino para pensar mejor”; “Piensan más dos piernas que doscientas enciclopedias”; “Escribir es la única forma que conozco de pensar sentado”. Los aforismos de Y de pronto, amanece son una manera de psicoanalizar el mundo, la mayoría parten de una mínima anécdota que fluye como un río. En la sexta sección del libro vemos una especie de oda elemental a la fotografía en diferentes fragmentos: “Soy una cámara. Todo lo que veo, lo retengo para siempre”. Otro de ellos nos habla del instante rápido y cauteloso que parece caminar sobre cristales rotos: “¡Te detengo, instante, para ser bello por
completo!”. No queremos dejar de subrayar que en esta misma parte lo examina todo: el río que cruza a nado y que le llena de salud y vitalidad; los pies como brújula que le impulsa a orientarse; el túnel de hojas que deja que suceda lo que suceda… etc. El renacido Felix Trull, próximo al magisterio de Emily Dickinson en las jornadas octava y novena, debe mucho a los alrededores del haiku a base de evasiones silenciosas (“Cuando me aproximo al mar, me crecen aletas; “una cabaña abandonada en medio de la nada. ¿Qué mejor templo?”). El autor nos hace ver la profundidad que nos arrastra todos los días y nos la muestra de otra manera. El mejor Felix Trull nos trae una brisa, un Dios que crea una luz consciente del paso del tiempo para las sombras, una voz que retumba en el bosque y se repite como un mantra en nuestro interior. Una lección muy simple de espléndida literatura que no necesita explicaciones, una sabiduría que respira cien aires diferentes al día.
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