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TRIBUNA

Monarchia defendenda est omnibus

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 24 de julio de 2020, 19:58h

Nuestro Rey, Juan Carlos I, no sólo fue la causa final, motora y formal de la Transición, sino que también fue su verdadera causa eficiente por propia voluntad. La causa disponiente la interpretó el pueblo español. Sólo con Juan Carlos I se explica el paso de un régimen autoritario a un régimen de democracia liberal, y sin él no se puede explicar este suceso histórico. No sólo transcendía a todas las piezas que colaboraron en la Reforma política, sino que de forma inmanente sostenía a todas esas piezas en su actividad reformadora. No sólo simbolizó el Proyecto de Reforma Política, sino que fue su motor y la fuente primordial. Vinculó la Democracia a las virtudes sociales y comunicativas ( koinônikaì aretaì ), porque “su” Democracia usó de la solidaridad y la amistad para su implantación paulatina, siendo él mismo ejemplo de habilidades sociales. Mantuvo una valiente actitud ecléctica ante las diversas ideologías; elogiando lo mejor de cada una de ellas, hizo del sincretismo democrático la principal mundivisión del sistema político que él fundó, un sincretismo que alejaba a todo ideario político de la vanidad dogmática. Nunca fluctuó entre la izquierda y la derecha, sino que las transcendió a ambas fijándose sólo en los buenos corazones de unos y otros. Fue siempre el pneuma escondido de nuestra Democracia, sostén firme y sólido de nuestras libertades. Bajo su reinado nunca entrañaron peligro las discrepancias políticas ( diaphônía ), ni la diversidad de cualquier naturaleza, porque todos los partidos aprendieron que ninguno era infalible. Al contrario, a todos los hombres nos une la “isosthéneia”, esto es, la misma debilidad ante los conocimientos supremos.

Frente al histerismo de unos y la apatía estoica y rigorista de otros, que siendo antagónicos, coincidían en repudiar con dogmática soberbia la sociedad liberal, Don Juan Carlos I representa la metriopatía peripatética. No hay que extirpar la pasiones políticas e individuales, sino esforzarse por regularlas. Rey ciudadano, jamás dejó atraparse en ninguna corriente o secta nobiliaria, y estuvo amable con todos los partidos políticos sin ser de ninguno. Su oído atento y su penetración psicológica como espectador neutral de todos los deseos, confesables y no confesables, de todos los partidos políticos, le podrían haber llevado a decir sin ningún nivel de mentira, “Yo lo sé todo de vosotros”. Todos sabemos que Juan Carlos I es el Hermes Trimegisto del actual sistema político español y que sólo con su ostracismo y repudio moral y universal pueden los comunistas totalitarios demolerlo en su pluralidad ideológica. Don Juan Carlos I trataba a todos los líderes políticos igual, posando su mirada animosa y parenética en cada uno de ellos el mismo tiempo. Un magnífico Rey preparado durante largo tiempo. Cortaba al maledicente ipso facto; no soportaba que en su presencia ningún político hablase mal de otro político.

Que no fue un rey asceta pudo ser, pero demostró en muchas ocasiones ante los españoles una resistencia heroica ante el dolor físico. España está sobrada de fariseos ascetas. Para eso ya tenemos a Pablo Iglesias. Y me encanta haber vivido bajo un rey epicúreo que resistía el dolor propio con una sonrisa y sabía sacar el genio, el valor y la fuerza cuando la Nación lo precisaba.

Hace algo más de cuarenta años los Reyes de España, Don Juan Carlos I y Dña. Sofía, visitaron Zamora. Era un mediodía azul, los aires estaban cargados de alegres trinos, y España entera rebosaba de vitalidad y fuerza. La Plaza Mayor estaba abarrotada de ciudadanos que con pasión vitoreaban a sus jóvenes reyes que saludaban desde el balcón principal del Ayuntamiento. Proyectábamos todas nuestras esperanzas de libertad y prosperidad en aquel Rey providencial, alto y rubio, como los reyes buenos de los cuentos. La gente más diversa lo aclamaba, desde la extrema izquierda a la extrema derecha. Teníamos el presentimiento todos de que nos iba a abrir el sendero más bello que jamás antes España había recorrido. Intuíamos casi misteriosamente que aquella pareja real espléndida, hijos, nietos, biznietos y tataranieto de reyes, nos iba a abrir un largo período de felicidad y éxitos en todos los órdenes. Y aquel joven Rey cumplió sin duda todos los objetivos de su generación, y lo supo hacer tan bien que incluso hemos llegado a pensar que ni en nuestros propios sueños más optimistas hubiéramos calculado que íbamos a llegar tan lejos, tanto en libertad política como en prosperidad económica. Porque sufriendo España sus primeros años de reinado de una crisis económica pavorosa, sin embargo, todos los españoles comenzamos a vivir mejor.

Don Juan Carlos I ha sido el mejor Rey en la Historia de España desde Carlos III. Y, sin duda, ha sido la persona pública que más ha querido nuestra generación. Hubiera sido recibido con alborozo en cualquier hogar de España, sobre todo en los más humildes y sencillos. También la Reina, sensible a la cultura y a los profundos sentimientos humanos, como ninguna. España y su Rey tuvieron feeling desde el primer día, y se entendieron, como nunca antes el pueblo español se había entendido con ningún otro Rey o Jefe de Estado. Y no podemos permitir que los viejos demonios de España, agazapados siempre en las sombras afilando su maldad con el esmeril del rencor, nos arrebaten la luz azul que nos trajo nuestro Rey, Don Juan Carlos I. Esos demonios, como principios del mal, nos han acompañado siempre, y surgieron para disgregar nuestra identidad y nuestra unidad. Y cuando se enseñorean del país siempre lo aniquilan. Enfrentémonos a ellos con decisión y valor, en defensa de nuestro Rey, Juan Carlos I, el mejor defensor que han tenido las libertades del pueblo español. ¡Viva siempre el Rey Juan Carlos I!

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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