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TRIBUNA

Rascacielos

viernes 24 de julio de 2020, 20:02h

Del claustro de la Catedral de Toledo a las Torres Gemelas y del Shanghai Tower al Burj Khalifa y aún más alto.

Por momentos me atrevía a cerrar los ojos y seguir caminando unos pasos por aquel símil de claustro invertido, como harían los monjes y monjas mientras rezaban en silencio, dándole vueltas y más vueltas, ensimismados, a la misma cincuentena de metros por lado de la catedral de Toledo.

Acudía casi a diario con mis cuadernillos y con la pretensión de componer algún poema. Solo el cielo, sin jardín, ni paredes, ni bóvedas laterales y al borde la barandilla y los abismos de una ciudad con el mar y los hidroaviones despegando y una minúscula estatua verde que parecía el adorno de una mesa-camilla, mientras ya del otro lado corrían las grandes avenidas bordeando el parque central, hasta perderse tierra adentro en la maraña urbana.

No os hablo así desde la obra medieval gótica del siglo XIV que impulsó el Arzobispo Pedro Tenorio y que si entonces sirvió para las inhumaciones y ritos litúrgicos, hoy acoge a las víctimas y sanitarios del Covid-19, ¡no!, sino desde el mirador de la Torre Sur que el arquitecto Minuro Yamasaki proyectó para el World Trade Center de Nueva York(1973), antes de que desapareciera de forma dantesca en los atentados aquél martes 11 de septiembre del 2001 y donde podíamos rascar los cielos con nuestra mirada.

Llegaba navegando en el ferry, sobre un amanecer cargado de bruma y al poco veías sus cabezas gemelas emergiendo directamente del agua, porque ya el horizonte se encargaba de ocultar todo lo que hubiera por debajo. Y de la misma manera, en la noche y según te ibas alejando, solo quedaría una luz roja palpitando sobre su perfilada cresta, creyéndose el corazón de Manhattan, como le ocurre a las gambas.

Ahora, treinta y tantos años más tarde, estoy en el edificio más alto del mundo, el Burj Khalifa (Dubai.2010), obra del arquitecto Adrian Smith, con una altura equivalente al doble (829´80 m.) de mi torre gemela (415 m.) y que no sé si por casualidad o por hacerle homenaje, pero cuesta aceptar que esos 20 cm. que le restan para que la cifra sea exacta, les pasara inadvertida en el Emirato y me pregunto si les ocurrirá lo mismo con La Creew Tower (Dubai), obra del arquitecto Santiago Calatrava, que la triplicará en altura en los próximos dos años.

Ya cuando llegas por el vestíbulo a los ascensores has driblado los controles que te separan de sus auténticos ocupantes, aquellos impresos en el poder de la ingeniería que, según las películas, son brókers ambiciosos dándole vuelta a su butaca de despacho hacia los ventanales para sentirse importantes…, aunque a mí me parecieron un enjambre de personas, ocupadas por mantener sus puestos de trabajo en la vorágine y por encima de la nada. Diseccionar las razones políticas y empresariales que aúpan a estos gigantes a perseguir semejante récord de altura no nos es importante y lo que quisiéramos es disfrutarlo desde más y más alto, aunque haya cuestiones nada banales que imponen ahí arriba transformaciones radicales, como es el caso de Katana o Abrebotellas, nombres populares para el Shanghai World Financial Center (2008), diseño de la firma KPF, cuyo gran ojo inicial daba encaje al sol naciente del país rival y que forzado después a transitar por el medio círculo, mutó sin paliativos a un impresionante trapezoide con el pasillo acristalado donde no era posible ensimismarse. Y bien poco que le duró su reinado, pues en el 2014 fue destronado por la fascinante Shanghai Tower, diseño de Gensler cuyo mirador abierto a 562 m., en una espiral ascendente y delicada de anguila, no estaba visitable cuando fui con mi familia y… comerse unos helados bajo el techo del mundo no pareció impresionarles demasiado.

Pue bien, los ascensores de estas torres son tan rápidos que solo te dejan intuir las flasheadas cifras luminosas que van pasando y en esos instantes ya te has olvidado de los muchos datos que te dieron abajo, lo mismo que pretendían en El Empire, La torre Eiffel o Las Pirámides y donde el número infinito de tornillos, de toneladas de acero y hormigón o de superficie de los paños acristalados, es de tal magnitud en estos colosos, que exigen hacer analogías a cosas más cotidianas, como por ejemplo ,que sus cables interiores alineados dan tantas veces la vuelta al mundo; que en plano ocuparía tantos campos de fútbol; o que tiene tantas bombillas como granos de arena hay en una pala.

Ahí caes en la cuenta de que la capacidad para abordar cuantiosas magnitudes parece habérsenos difuminado tras la etapa escolar, donde el infinito era un ocho torcido (genial) y que despiertas a unas imprecisiones bestiales, , lo que pone en la picota a nuestra nacional educación enciclopédica desde hace varias décadas; que yo llamaría más bien ciclopédica, por la falta de perspectiva con el mundo real de ahí fuera que nos da un único ojo, parcheado y parcheado sucesivamente por cada nuevo gobierno. Increíble.

Agradezcamos en tanto la génesis de maquetas que nos hacen la secuencia de la semilla que se convierte en flor, de la larva metamorfoseada en mariposa o, como en el caso de la arquitectura, del solar que a cámara rapidísima y sobre un hormiguero con sus maquinarias, de día o de noche y con sus nuevos e incesantes amaneceres en el desierto, cubre los seis años de su construcción hasta quedar finalmente inmóvil en una postal para internet y las pantallas del aeropuerto de Dubai.

Referirme, también de paso, a los bocetos impresos en 3D, que la maravillosa arquitecta Zaha Hadid (Bagdag. 1950-2016.) se mostraba a sí misma, para negociar con sus sentimientos las variables estéticas y matemáticas que le ofrecían una mazorca, un lirio o un gusano, antes de pasar al gigante, porque eso lo entendemos bien y nos empapa de la Obra y de su gran talento; pero de esas no había en El Burj Khalifa y así nos quedamos sin desentrañar su esencia.

Suena la campana. Estamos en la 147 de las 160 plantas y en un instante nos vacían, con mucha cortesía y ordenados, dentro del mercadeo de tiendas y baños. Los sorteamos como podemos y nos pegamos a los enormes ventanales, pero todo es tan abrumador y distante a sus pies que apenas distinguimos con claridad, salvo las puntas de otros edificios recientes, a qué cosa miramos. No hay brisa, ruido o vértigo con esos bloques inviolables de vidrio que nos abrazan desde fuera y el cuerpo lo sabe, como también lo cercioraba en la torre gemela con la fina barandilla de la terraza pero al contrario y sin necesidad de blindajes. Donde de verdad se nota el nacimiento y transición de lo que digo al vértigo es montando en globo. Ves que te ven y distingues todos los detalles hasta el/los centenar/es de metros y las manos se te van afirmando poco a poco en la baranda y de repente dejas de mirar a plomo y te deslizas por los horizontes lejanos, las novelas de Julio Verne o las pelís de Aeronautas. Sueñas rascando los cielos con el balanceo de una castaña de mimbre y eso que es igualmente alucinante, aquí en el Burj Khalifa, no pasa.

No se trata por ello de lanzarnos en plan supositorio turístico hasta el mercurio de un termómetro gigante, donde al poco rato la voz de un niño imaginario nos diga: -Ya está bien, volvamos abajo- sino de ofrecer al ciudadano rascasuelos que llevamos en nuestras zapatillas, la grandeza simultánea del vértigo del mirador de una montaña de acero y cristal con el recogimiento de un claustro. Eso es un rascacielos y lo demás tan solo una torre para seguir trepando.
Torre Catedral. Toledo 2013. Tinta china y Tipp-Ex sobre papel barbado.

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