El apóstol de las gentes
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 22 de agosto de 2008, 21:41h
Benedicto XVI ha convocado un año jubilar dedicado al apóstol San Pablo, con motivo del segundo milenario de su nacimiento, un año que comenzó el 28 de junio de este año, y que finalizará el 29 de junio de 2009.
Saulo de Tarso ha sido quizás el cristiano más influyente en la Historia de la Iglesia. La conocida y radical conversión de este fabricante de lonas para tiendas y exquisito escritor le infundió una de las pasiones más ardientes de amor a Cristo, que en él se tradujo a un celoso apostolado y a un colosal desarrollo doctrinario de la palabra de Cristo. Ha ejemplificado como ningún hombre ese deseo encendido por hacer el bien y esa ocasional y maligna derrota del deseo de bien ante la fuerza de nuestra naturaleza dañada -que no corrompida-: “No hago el bien que quiero y hago el mal que no quiero”, sentencia Saulo con una perfecta imagen del alma humana que, sin duda, tiene ecos retóricos y de sentido del conocido hexámetro ovidiano.
Pero esta naturaleza dañada del hombre puede hacer obras espléndidas con la gracia que nos trae la fe en Jesucristo y con el propio esfuerzo del hombre; si se conjugan las dos esferas el bien puede producirse, pero si falta alguna de ellas aumentará la dificultad en la existencia de la bondad activa del hombre sobre la tierra. Ni Pelagio ni Lutero. San Pablo está en el medio de los dos extremos. Si bien sólo podemos ser justificados; esto es, ser hechos justos, por la gracia redentora de Nuestro Señor Jesucristo, de quien estamos unidos todos los miembros de la Iglesia íntimamente a través de la Eucaristía, y al comer todos su Cuerpo todos somos Cristo, constituyendo el Cuerpo de Cristo verdaderamente.
La teología paulina es básicamente cristocéntrica; cerca de cuatrocientas veces aparece la palabra de “Cristo” en sus magistrales epístolas. No las obras de la Ley, sino sólo Cristo nos ha redimido del pecado, y con él de la muerte y de toda iniquidad. Aunque las obras buenas hechas en gracia de Dios tienen mérito, Dios siempre nos puede salvar en el último momento de la vida.
También Saulo desarrolla ampliamente la idea de nuestra filiación divina; somos hijos adoptivos de Dios al estar unidos en Cristo Jesús, único Hijo de Dios (“no soy yo el que vivo sino que Cristo vive en mí” -Gal. II, 20- ). Con el Bautismo somos hijos de Dios in aeternum.
San Pablo hace a la Iglesia Católica cuando descubre que el verdadero y único Israel son todos los hombres, cualquiera que sea su condición, raza, clase social u origen, que sigan a Cristo Jesús. Nos anima a levantarnos cada vez que caigamos en el pecado para poder volver a recomenzar y subir la roca de Sísifo a la montaña del Bien una y otra vez, sin importar las numerosas veces que vuelva a rodar la roca. Él mismo se pone como ejemplo de hombre al que la tentación a veces vence y humilla: “Infelix ego homo! Quis me liberabit de corpore mortis huius?” Tentación será la vida del hombre sobre la tierra, dirá el paulino Tomás de Kempis.
El Dios “desconocido” de quien habla con fervor Pablo en Atenas sigue siendo la mayor referencia ética que tiene el mundo, nuestro mundo. Un Dios que nos inunda con el don gratuito e inmerecido de la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Un diluvio de amor que nos salva, aunque sea en el último momento (vg. El jornal de los segadores de la última hora del día) o después de todas nuestras miserias e iniquidades (el hijo pródigo). Y San Pablo es el gran teólogo de esa gracia salvífica.
También Saulo elaboró la doctrina sobre el comportamiento “político” de la Iglesia, si así lo podemos calificar, al mandar que los cristianos debemos obedecer y acatar las leyes del Estado en que vivimos.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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