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Voz y relámpago blanco de María Teresa León en sus memorias ardientes

jueves 30 de julio de 2020, 20:09h

Nueva edición de la mejor autobiografía entre las balas, duelos y quebrantos de María Teresa León, mujer de Alberti, bajo todo el humo negro de la Guerra Civil española: Memoria de la melancolía (Renacimiento). El otro día murió Marsé, y aquí pocos se han enterado que solo caben dos prosas, la plana y desértica frente a aquella otra en relieve, rocosa, luminosa, hipnótica y donde la metáfora, los tropos del lenguaje, las figuras retóricas brillantes, sujetan las bridas del caballo loco del idioma. A todo ello Marsé lo llamó “prosa sonajero” cuando es absoluta joyería verbal, y tal vez por eso él siempre se identificó como narrador y no como escritor, porque sin magia o alucinación del idioma no cabe rapto lector, aunque el Gobierno nos regale premios y orlas, recojamos el Planeta con anorak amarillo o abrevemos por lo obrero, Poblenou y alrededores, frente a azulejos y barra temblona, no escape el bypass por la boca ancha.

Madrid alucinado de esquinas frotadas de gatos y pulgas, ni una paloma viva, primavera de la niña que no renuncia a los ojos nuevos y asombrados, siempre las pupilas dos alfileres negros, siempre las imágenes otro aquelarre interior. Madrid sin un duro, preocupado y ocupado en las obras del Museo del Prado, la gran Alianza de Intelectuales Antifascistas, el trampolín a París y Roma y Latinoamérica, con la herida de un país que nos quitan como pozo negro en el volcán nunca apagado del alma sepultada. Princesas tuertas por las calles que resultan ser putas. Memoria huidiza, relámpago del adjetivo, escritura nerviosa sobre el agua. Interrogatorios policiales, azumbre de hostias frescas como pan ácimo. El hueco del olvido por el que van las calles menos transitadas. Muertas en flor por Princesa, coma del lenguaje, parálisis del lenguaje, gallinas negras que pasean señoronas con una cuerda por Serrano con la promesa de zampársela en Navidad. Celos que llenaban mucho las bocas con saliva y no se estaban quietos.

Bordadoras, mirlo del mediodía, chantilly y pastelitos de un Madrid alunado, vida misteriosa dentro, la fiesta de ver correr caballos, pescados con sabor a cerdo y aderezados con grasa y pizquitas de jamón o chorizo, pobreza limpia de Castilla donde en el campo oscuro apenas nace el trigo, falda hasta los pies y Sancho llevando del ronzal al burro entre los duques, ovejas del rebaño y patio con limonero. “¡No pasarán!”, fervor de Madrid bajo el cañoneo, runrún lejano y enmudecido, camaradas que nos regalan pájaros, León Felipe lleno de pieles, en la canción de los labios secos y fruncidos, callados y tristes. Casas rotas, techos desplomados, desterrados para siempre de España, labios tensos para besar y sonrisas que son canciones porque jamás se pierde todo aquello llevado dentro. El perro, a los pies, como el camarada herido. El ruido de los pasos del silencio entre las ruinas. Casa de Marqués de Urquijo, Paseo de Rosales, saqueada de libros y solo con lágrimas como melones para la venta. Artillería, bocas rabiosas de los combatientes, ternura vigilante, mujeres aterradas.

Neruda con su revista (Caballo verde para la poesía), Bergamín con la suya (Cruz y Raya), Alberti y León vendiendo la propia por la calle (Órgano de los Escritores y Artistas Revolucionarios). España anudada a la garganta y unas pesetas que recogían mientras le llamaban locos en el incendio interminable: “Era como si nos hubiésemos convertido en amigos solidarios y entrañables de todo obrero, de toda pobre mujer mal vestida, de todo necesitado de una palabra, de toda mano hambrienta. Era como si nos hubiésemos echado al hombro la bolsa vacía y tomado el cayado franciscano de la renuncia. Renunciamos hasta al saludo de los amigos, bueno, los amigos dejaron de saludarnos. Nos criticaban. ¡Qué placidez en nuestro espíritu! Sí, sí, pero para combatir hay que odiar, hay que conocer la causa, la pobreza no es más que un signo, el problema es la división de los hombres en llamados y olvidos, se trata de terminar con una sociedad basada en la desigualdad, en las clases, concluir con la plusvalía… Teníamos fe en los himnos que cantábamos, en las palabras que repetíamos: “Arribas parias de la tierra”. ¿Parias? ¿Por qué no tradujeron condenados? Porque era largo, mujer. ¿Y pobres? Porque pobre no quiere decir desheredado. Está bien. La revista desplegaba su tímida bandera roja”.

Cuadros de Gutiérrez Solana que el matrimonio salva de la muerte, el propio Solana pidiéndole a la criada que dejara la sopera y diera la vuelta de campana, el triste espectáculo de levantarse las faldas en público para enseñar coño o culo, justo al tiempo del vozarrón o la risotada negra del ogro. Einsenstein, por Méjico, haciendo dibujos como un autómata, enfermo mental grave, para luego cubrir el suelo en el tapiz de sus despojos. Albert Camus siempre aliado. Juan Ramón Jiménez, lejos y cerca, todo a la vez. Vida de poetas, generación blanca: “Pongo la mano sobre España y quema”. Ancha tierra de la patria que es ajena. Fiarse de recuerdos y no de ojos. Grande el canto de María Teresa León entre las letras de alegría y la mucha supervivencia.

Diego Medrano

Escritor

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