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TRIBUNA

Domingo por la tarde

viernes 31 de julio de 2020, 20:09h

En estas noches lúgubres y calurosas, con la pandemia acechando en la calle, uno ha releído la gran novela portuguesa, Domingo por la tarde, del egregio escritor y médico Fernando Namora ( 1919-1989 ), que pudo haber recibido el Premio Nóbel si en la Academia Sueca prevaleciese el mérito literario sobre la obediencia a la doctrina suicida de lo políticamente correcto. Namora es el escritor portugués más traducido y divulgado en todo el mundo. Aunque inserto en su juventud en el movimiento neorrealista, acabará combinando lo real y lo imaginario y uniendo sus cualidades de recreador de lo real vivido a las dotes de extraordinario fabulador. Sus últimas grandes novelas serán un compromiso entre la ficción literaria y el ensayo, convirtiendo la realidad portuguesa en algo verdaderamente transcendente. Domingo por la tarde es una penetrante reflexión sobre la conciencia de los enfermos terminales y el papel casi sacerdotal del médico que trata de ayudarlos, siempre impotentemente, pero con una entrega eterna, hasta el desenlace previsto. Está escrita en 1960, cuando Namora tenía cuarenta años, y ya había sido ampliamente elogiado por nuestro Gregorio Marañón en otra novela anterior a ésta. En 1966 Antonio Macedo lleva la novela al cine, el cual se selecciona para ser exhibido en el Festival de Venecia.

Sólo las rutinas del médico hacen soportables los dramas de muerte continua, que acabarían por desgastar el alma sensitiva de cualquier ser humano. Y no hay dramas que no sean enterrados por la monotonía de la vida y del trabajo diario. Cualquier respuesta de esperanza soslayadora a la pregunta del enfermo terminal, “Doctor, ¿cuánto tiempo voy a vivir?”, es racionalmente estúpida y necia, aunque humanamente necesaria. Unamuno tenía razón cuando afirmaba que en los hombres normales el sentimiento prevalece sobre la razón.

Lo mismo que a cada uno de nosotros nos califican y nos identifican nuestras costumbres, la enfermedad tiene también, en cada uno de nosotros, un lugar, una expresión, una forma identitaria de representarse. También en la muerte se puede reconocer el sello de cada uno. Así el médico Romualdo, compañero del protagonista y narrador o sujeto metadiegético, es capaz de describir la muerte de su padre, de tal suerte que sólo de esa manera exacta, como un destino de carácter, podía morir su padre. “Fui a su encuentro, lo miré y me di cuenta en seguida que iba a morir. Y parecía pedirme perdón ya por su muerte, de las molestias que me iba a ocasionar su muerte. Mi padre fue siempre una sombra, que se había hecho sombra para no estorbar a los demás. Solamente él podía morir así.”

Pero Domingo por la tarde no sólo es, tal como ya hemos dicho, una valiente y penetrante reflexión sobre los enfermos terminales, sobre los que están en los umbrales de la muerte, circunstancia y lugar por el que todos vamos a pasar, sino que también es una historia de amor entre Clara, una joven enferma terminal y el médico Jorge, protagonista y narrador de esta novela, un médico entregado a su misión como un apóstol. Como todos los enamorados afectados por una verdadera pasión violenta, la pareja tiene su crisis, y Clara escapa un día del hospital con el loco deseo de inhalar locamente la vida que la abandonaba y terminar sus últimos días en salas de baile abrazada torpemente a tipos hediondos. Quería ser ella la directora de su destino. Su médico enamorado sale en su búsqueda y tras recorrer numerosos antros la encuentra. Y la rescata teniendo que usar la violencia.

- ¿Vino a buscar a la enferma o a la mujer?

“Había adelgazado mucho. La luz del día era cruel denunciando la erosión que la consumía”. La novela se mueve entre el informe médico y unas memorias de amor. El personaje narrador escribe una triste tragedia ocurrida hace tres años. “Fichas, análisis, papeles, cada uno de ellos reducía a una seca y fría diagnosis el drama de una vida, un mundo encerrado en la palma de la mano”.

- ¿Quiere quedarse ya hoy en el hospital?

- No, jamás me atrapará aquí. Lléveme a cualquier sitio, donde sólo sea una mujer. ¿Sabe lo que eso significa? No quiero oír hablar más de aquello que ustedes glotonamente llaman mi “caso”. El hospital está lleno de “casos”.

Entonces el médico decide ejercer su profesión instalando a la enferma enamorada, que mendiga ternura, en su vida, y la cuidará fuera del hospital. “Mi complicidad en los desatinos y excesos de Clara representaba solamente la solidaridad que se debe a un ser humano desesperado”. Clara se fundía en las imágenes efímeras de la vida, como el simple vuelo de un pájaro, como haciéndolas renacer eternamente en su vida que terminaba. Hay quien piensa que cada vida deja en las cosas un eco que dura años, siglos. Jorge y Clara recorren un itinerario trepidante, intenso, de profundas y múltiples experiencias humanas, visitando la miseria y la enfermedad de la sociedad, doliente, pero buena, aleluyática, la vida misma, como despedida de esa vida eterna y fuerte.

- Sabes que mi vida ya no puede ser desperdiciada con recuerdos…

Portugal, como España, Inglaterra o Francia, ha tenido grandes novelistas médicos. Todo lo que ve un médico, si lo ve con honradez, es rigurosamente interesante. Esta afición a escribir es consecuencia lógica del rico repertorio de motivos humanos que el clínico recoge cada día. El ambiente melancólico y tremendamente humano en que suele vivir el profesional de la medicina le impulsa a las actividades artísticas como reacción compensadora y saludable. El revestir de arte literario – o el aspirar a conseguirlo – los mismos sucesos que se han vivido con dolor, tiene un sentido de sublimación de la enfermedad y la vida siempre derrotada que sin ello sería insoportable pesadumbre el ejercicio de la medicina.

Magnífica esta novela de Domingo por la tarde, que todo médico con vocación debería leer.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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