Si hemos de ser conscientes de lo que en este siglo XXI está ocurriendo desde las teorías políticas y económicas propiciadas por el neocapitalismo, nos daremos cuenta de que el hombre que nos dirige sigue acumulando riquezas mientras que el ciudadano que trabaja sólo procura en el día a día realizar un empleo, ganar un sueldo y gastarse el capital en consumir. El consumo convulsivo se ha convertido en el principal objetivo de la ciudadanía, descartando los valores éticos de un mundo que debería trasladarse hacia un humanismo capaz de alterar conciencias y penetrar en la vida desde un cambio revolucionario de estilo.
Es este sentido de la existencia el que provoca el fracaso de cualquier sociedad que aspire al bienestar, al placer, a una vida donde no se reencuentre constantemente con ese dibujo pintado en las cuevas prehistóricas que ya es el Capital.
Para salir de esta espiral de vida cotidiana donde el trabajo, los salarios y la compra de objetos mercantiles se afianzan como norma -casi ley, o sin el casi-, es urgente cambiar las conciencias desde todos los ámbitos de la política, la economía y las costumbres adquiridas en los últimos siglos que hoy conforman ya este nuevo orden globalizador en donde la riqueza traspira más poder y en que el ciudadano cada vez se ve más sometido a las influencias de un sistema que propone solamente un modo de convivencia desde el sistema mismo.
El sistema actual, desarrollado a partir de la globalización económica -por cierto, olvidáronse los monos y monas que pergeñaron esta ilusión óptica de dos puntos esenciales para que la actual pandemia no estragara lo que nos traga, esto es, la sanidad y la educación públicas universales-, impone un tipo de existencia del cual ya es muy difícil de escapar. O eso se creen los chimpancés y las chimpancesas que todavía no se han bajado del árbol, como argumenté en mi anterior artículo. ¡Sus, sus¡
El sistema desde hace siglos ha implantado sus redes de conectividad con la multitud hasta el punto de interpretar el mundo únicamente desde la productividad, el negocio, el monetarismo y una aprensión hacia todo lo que es estudiado desde las teorías revolucionarias del siglo XIX. Gramsci escribió: El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos. Y Heine, más de un siglo antes del Holocausto no únicamente nazi, sino permitido por las grandes potencias presuntamente democráticas, nos alojó el siguiente aforismo: quien es capaz de quemar libros, acabará quemando a la humanidad entera.
Como decimos, para alterar esa politización de los monstruos de la que habla Gramsci, se impone como necesaria una transformación de la conciencia. Ya no vale el Estado del Bienestar, porque éste ha sido derribado por las democracias neocapitalistas. Por tanto, la multitud, arengando a una próxima civilización, debe acostumbrarse a mutar su modo de vida.
¿Cómo se realiza esta mutación? Nosotros queremos hablar con claridad. En primer lugar, rechazar el dinero como única vida para ser feliz; contentarse con lo que se tiene y atender a la humildad, aunque ésta desembarranque en principio todo tipo de miseria -a partir de ahí podemos comenzar a reiniciar una nueva forma de estar en el mundo-.
La Nueva Humanidad no puede desembocar en el hambre, la enfermedad, la ausencia de educación, la pérdida de una sanidad pública y universal, la invisibilidad de los apoyos sociales, la falta de fraternidad de la política con la masa de la que hablaba Ortega en su libro La rebelión de las masas, el desempleo, la carencia del confort, la distribución de las riquezas nacionales, la igualdad entre los géneros humanos, razas, etnias, pueblos, etcétera, etcétera.
La Humanidad Novísima, acudiendo si queremos a la idea del superhombre estudiada por Nietzsche -¡hay que leer bien al germano, cómo hemos de decirlo¡-, impulsa una originalidad vital en el nuevo mundo, en todos los mundos. El hombre es mundo global que aspira a la eternidad, una eternidad finita. Por eso -deducimos- no hay tiempo que perder.
Para esta nueva sociedad que surgiría desde el compromiso del ser humano en primer lugar consigo mismo y, por inercia, con los demás, es evitable su funcionalismo con los modelos neoliberales. Por tanto, es módico consumir el tiempo en otras formas de la voluntad que eviten el desamparo absoluto, la pauperización de la mayoría de pueblos, civilizaciones, o la injusticia global tan extendida por los panteones de la muerte.
Por justicia entendemos todo aquello que procede del conocimiento, del saber, de la compresión y respeto por la naturaleza, del pensamiento libre, del ocio, de la urgencia ante la reducción de las jornadas laborales, del encuentro de la sociedad con lo social, de las infraestructuras de las pequeñas cosas puenteadas con las más grandes, la convivencia real y común -y no esta falsaria grafología en donde los datos y las estadísticas son hálitos de buen hacer-, el stop del cambio climático con el objetivo de proseguir con este mundo tan vivo, el derecho a un renta básica universal para mancomunar de una vez por todas la asistencia a una vivienda, al alimento, a la sanidad, a la dignidad del vivir por el mero hecho de haber tenido la buena o la mala suerte de haber nacido con la simple idea de vivir en este mundo tal y como -o no tal y como, a gusto de cada intérprete- se expresan en estos versos míos:
Si alguien te dice que eres demasiado joven
para saber tanto,
no lo escuches, arrójale una piedra
y lánzate al mar.
Si alguien te insulta por el color de tu piel,
míralo a los ojos fijamente,
porque así en poco tiempo en ruinas atrapadas se convertirá.
Si alguien te quiere capturar con sus versos,
dile que hace años que dejaste
de temer a las palabras.
Será entonces cuando calle y perdón te pida.
Si alguna vez ves el nombre de Dios
cayendo como una hoja muerta
en las vacías calles con su corona a cuestas,
no te arrodilles ante él,
únicamente huélelo con asco.
Sólo cuando sientas que es imposible vivir contigo
túmbate dentro de ti
y moja tu corazón con toda la lluvia que recaudes,
huye de la ley entonces, rebélate sin miedo,
recuerda que eres siempre tu único capitán,
adora tus pies y tus manos,
y también tus labios.
No olvides nunca amarte con la obra inmensa que hayas creado.