Los poemas de Svarabhakti (Maclein y Parker) parten de la vida (“Vida y poesía”, “Tarjeta de embarque”, “Velá”, “Esferas”) y, otros, de piedras que ensambla el poeta como un arquitecto, inquieto e impaciente, sin caer en la trivialidad de largos guantes blancos (“Las piezas de madera de colores / con las que armaba un mundo / de calles y edificios / en que vivía / el yo que salía de mí / cuando jugaba, / lección futura, / estaban siempre a punto de caerse. / Ahora, otras piezas ensamblo, las que entregas al recordar tu infancia”). La poesía de Antonio Rivero Taravillo nos deslumbra por su lucidez y su erudición con las que trata de conquistar con éxito lo inconquistable. Como buen borgeano es un creador, y aplica su fuerza inventiva para no llegar a un tratado ni a una reflexión teórica sino al centro mismo de la emoción que resucita una parte de la personalidad del poeta: “Pensar / que tú piensas en mí: / caballo de madera abandonado ante mi puerta”.
Rivero Taravillo no solo es poeta sino también ensayista, traductor y novelista. En el comienzo del libro, cuyo título es una palabra de origen sánscrito que designa la inserción de una vocal entre dos consonantes contiguas para hacer más simple su pronunciación, ya nos advierte: “Sé cómo hacer un poema / sobre lo que me pasa. / Lo que no sé es cambiar lo que me pasa / para que el poema sea distinto”. Busca que los días tengan su acento tras una cerradura que se pueda abrir. Hay poemas espléndidos. Menciono algunos de ellos: “Poeta”, sobre la voz plagada de referentes de una forma natural (“En uno hablan todos los poetas”); “Tempus tacendi”, en el que se colocan con especial cuidado los silencios (“En las cuerdas vocales, ese ring, / la lona, los asaltos, la victoria”); “Intrasferible”, donde el poeta no es un rey sino un súbdito que lleva un cetro de una voz desconocida silbando en el viento (“El poema es mi patria intransferible”). Es brillante su poesía cuando se carga de culturalismo y se aleja del apunte que no es dueño de su propio destino. Ejemplo de ello es el poema “Una anécdota de Rulfo” donde el poeta llega muy lejos: “He leído que Juan Rulfo / tuvo que empeñar su cámara / para revelar sus fotos, / algo así como matar al padre / para salvar a los hijos, / aunque luego lo resucitara / cuando tenía unos pesos”. Su estilo lo marcan las penurias del ser humano, el mal y el bien.
Tampoco podría faltar el laberinto. La mitología aquí no ocupa un lugar árido: “No soy Teseo, / no eres Ariadna / y ni Príamo y Tisbe tras la grieta somos”. En otro poema, “Álgebra”, nos trae al mejor Yehuda Amijai, quien decía: Recuerdo un problema en un libro de matemáticas / sobre un tren que sale de un lugar A y otro tren / que sale de un lugar B. ¿Dónde se encontrarán? / Nadie preguntaba nunca qué ocurriría entonces: / ¿se detendrían, se cruzarían, chocarían? / Ningún problema hablaba de un hombre que sale de A / y una mujer que sale de B. ¿Dónde se encontrarán, / se encontrarán realmente, y durante cuánto tiempo? / Como en aquel libro de matemáticas: por fin he llegado / a las páginas finales que incluyen las respuestas”. Taravillo afirma: “De niño no sabía en la pizarra, / descifrar el problema, resolver / esta ecuación que soluciono ahora, / con la tiza de ayer, ya se despeja / esta incógnita hoy: cerrando el círculo, / en el espejo trazo un vasto cero”. Sus versos suscitan sabiduría y viaje. Sabiduría por buscar lo que está o estuvo vivo (el autor conoce bien la pureza y claridad de las palabras de Emilio Prados o Luis Cernuda); viaje, pues la literatura es un trayecto de luminosidad.
Tras leer Svarabhakti nos inclinamos a pensar que la vida literaria es pasar como se pasa por la ciudad, dejando huellas entre las ruinas, la gente o la tradición. La poesía para el autor melillense es una ventana por la que se ve el mundo, refinado y perverso, real y confuso. No se le seca la fuente que le proporciona imágenes; una lápida le sugiere líneas que no están traídas por los pelos: “Un cuajarón de sangre en la vereda (de este ajedrez de muerte inabarcable, / el prisma de un coágulo tendido / o volcánica piedra que recuerda / erupciones antiguas”; Hoy y Ayer le hacen huir del que no es para no tener obligaciones y ser libre. Pero Antonio Rivero Taravillo también es heredero de Wyatt, Daniel Drayton o Shakespeare: “Proscrito de la vida y de la muerte, / no escribo, que tan solo capitulo / tratados de derrotas lastimeras”.
Los poemas que yo prefiero son los que nos hablan aquí de un tiovivo y de momentos deliciosos; poemas admirables sobre dioses y juventud con un mensaje de despedida; el mejor de todos ellos, “Recuerdo presente”, nos describe de pronto al niño que visita a sus tías abuelas y araña el barniz de la mecedora, la misma que en el futuro no se balanceará ni será fulgor de joya: “Hoy, cuando aquella mecedora ya no se balancea, y ni siquiera existirá, no sé por qué siento las pequeñas cicatrices en el brazo de aquel mueble (…) y noto aquella pasta aún, huella que delata el pequeño crimen, bajo mi uña limpia”. Antonio Rivero Taravillo nos ofrece versos tras caminar con dos pares de zapatos gastados por la mejor literatura. Infancia y tesoro. Inteligencia y precisión.