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TRIBUNA

El viejo verde

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 07 de agosto de 2020, 19:52h

El único y verdadero pecado del “viejo verde” es la transgresión de una ley de la belleza y, por tanto, su falta es de orden estético. En el amor es inmoral todo lo que no es bello. También es verdad que cuando empieza a dibujarse en lontananza la vejez, es entonces cuando la vista fatigada comienza a percibir una intensa belleza que no veían los ojos agudos de la juventud. Goethe hablaba de que en los genios pueden ocurrir fenómenos tardíos de reafirmación de la virilidad, como ha sido el caso de Picasso. Pero no es lo normal. Gran amante también en la vejez fue nuestro gran Lope de Vega, que a los 72 años, ya sacerdote, amó a su Marta de Nevares, de grandes ojos verdes, a la que volvió loca, y por la que Pepe Hierro escribió un precioso poema que nos descubre con la magia de la poesía el inmenso amor que hubo entre el viejo Lope y Marta. Empero,nuestro gran novelista y moralista, Vicente Espinel, sostenía, ya a principios del siglo XVII, a través de los prudentes y sabios labios del escudero Marcos Obregón que “casarse un viejo con una muchacha, si ella es como debe ser, es dejar hijos huérfanos y pobres, y en pocos años venir a ser entrambos de una misma edad, porque la naturaleza va siempre tras su conservación, y el viejo conserva la suya, consumiendo la juventud de la pobre muchacha”. Y lo decía en un siglo en el que era muy normal que un hombre de cincuenta años contrajese matrimonio con una muchacha de quince o dieciséis.

Pero la naturaleza suele castigar duramente el gusto que tiene la sangre vieja por la nueva. En la Italia de Cervantes se decía que el que se casa viejo sufre el mal del cabrito, o que se muere presto, o viene a ser cabrón. Dicho esto que, por cierto, es una impertinencia contra la moralidad de la mujer que opta libremente por enamorarse de alguien mucho mayor, el prejuicio social contra matrimonios desiguales en edad bebe de la misma fuente de intolerancia y falta de respeto que el prejuicio contra matrimonios desiguales en condición social, bien sean hipergámicos o hipogámicos ( caso de la Reina Leticia y el Rey Felipe VI ), o que el prejuicio contra matrimonios desiguales por condición intelectual. A veces este prejuicio, cuando toma el desarrollo del arte, se fundamenta en un rencor personal. Ese es el caso de Leandro Fernández de Moratín. En efecto, el autor de El Viejo y la Niña y El sí de las Niñas, comedias en que Moratín critica acerbamente a los matrimonios desiguales en edad, había perdido a su amor de juventud, Sabina Conti, hija del conde Tullio Antonio Conti, por haberse casado con su primo Giambattista Conti, quien por edad podía haber sido padre de Sabina. Conviene recordar que el nombre de Isabel, la protagonista de la comedia El Viejo y la Niña, pudiera ser un anagrama discretamente imperfecto de Sabina.Así, Moratín, lejos de colaborar con aquel reformismo ilustrado que nace con Carlos III y que quería reformar “paternalmente” las costumbres de los españoles, escribía sólo desde el interés de su herida. Además, su gran valedor, Godoy, ya no estaba en la óptica reformista de sus inmediatos predecesores.El zapato de raso, de Paul Claudel, y el Don Carlos, de Friedrich von Schiller, son dramas que siguen la línea crítica contra la desigualdad en las edades de las parejas, si bien aquí esa crítica coincide con el rechazo a la autoridad política injusta e inapelable.

Sin embargo, en general, la gran literatura, siempre impulsada por humanidad, se ha puesto decididamente de parte de los derechos del amor por encima de cualquier tipo de diferencia fundada en la edad, la condición social, la educación, o incluso la salud. La gran literatura siempre ha defendido al hombre como ser individual, y no como hormiga clónica, indiferenciada, de un hormiguero. Así, Dostoyevski, en Pobres Gentes, su primera novela escita a los veinticinco años, defiende el amor purísimo del viejo Makar Dievuschkin a la jovencísima Varvara Dobroselov. Esta novela estructurada epistolarmente nos crea una Arcadia evangélica a través de ese amor desigual. Deliciosa es la novela de Anatole France, El Crimen de un Académico, en la que el viejo académico y paleógrafo Bonnard se enamora locamente, como un niño, de Juanita, la dulce niña amiga de los gatos abandonados, pero su amor puro es tan inmensamente generoso que renuncia a su amor de hombre para ser para siempre su padre adoptivo y protector de ella, y un jovencito. En La zapatera prodigiosa, de nuestro Federico, triunfa finalmente, tras una reconciliación en la que se imponen los derechos individuales sobre el prejuicio social, la pasión del amor intenso entre la mujer y el marido muy diferenciados en edad.

Fausto siempre será el triste símbolo del viejo enamorado. Todo viejo enamorado se entrega a un sueño, y los sueños, que en poesía son inmortales, en biología se desvanecen como el humo. Pero siempre será una saludable estética el viejo vital, enamorado eternamente de la belleza femenina y su eterno misterio, como el maravilloso Pepe que aparece en la espléndida obra de Juan Ignacio Luca de Tena, Don José, Pepe y Pepito.Ahora bien, esto viejos verdes caballerosos, si no los mata hoy el coronavirus, serán aislados y reeducados en los nuevos Gulags que ya se preparan por sus audaces requiebros llenos de ingenio natural.

Poco se sabe sobre el amor, y nadie puede añadir una gota de enjundia a eso poco que se sabe ya. Dante aprendió aquella su lección soberana del amor y sus glorias, sus purgatorios y sus infiernos, nada más que viendo pasar a una muchachita, y sólo a una, vestida de noble terciopelo rojo, por un puente de Florencia. Nunca el amor acató las determinaciones de los años establecidas por los próceres de la eugenesia o de la moral; por el contrario, la fuerza del amor rompe con su poder infinito todos los protocolos, y los viejos con ojos llenos de curiosidad inagotable siguen siendo niños. Si algo nos ha enseñado el psicoanálisis es que el amor no tiene nada que ver con objetos a los que se les puede predecir con leyes de la ciencia y hacer generalizaciones. El amor es siempre una cosa individual, la enfermedad de un enfermo.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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