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TRIBUNA

Mediopatraña “la sociedad es un valor”

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
sábado 08 de agosto de 2020, 19:09h

Ante todo, definamos la persona como el ente que posee los operadores lógicos. El primero de todos, el afirmador-negador, hace que la persona sea a la vez intelecto pensante, o capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso, y libertad positiva, o capacidad de hacer el bien o el mal.

Frente a la persona están los valores. Ser persona equivale a la misión de cumplirlos. Pero inmediatamente hay que distinguir entre valores propios, y valores derivados o económicos. Estos últimos son los medios para alcanzar los primeros. Ya hablamos de la cadena de medios en el artículo de 16/07/20. Los valores propios son los fines que dan sentido a la vida de una persona. Estamos en este mundo para cumplirlos. Y sólo pare eso.

Con todo, existe otro medio a disposición de la persona, y al cual también le cuadraría el adjetivo económico, en el sentido lato que le damos aquí. Se trata de la sociedad. La cual tampoco es escasa, lo mismo que la vida. Siempre estamos en condiciones de ponernos de acuerdo con los demás para emprender algún tipo de colaboración.

Aparece entonces, como un nuevo medio o valor derivado, la utilidad de trabajar juntos, de aunar esfuerzos con los demás. Conseguimos lo que estaba fuera de nuestro alcance con solas nuestras fuerzas individuales. Baste recordar el cuento de las varillas que pueden romperse una a una con facilidad, pero son irrompibles si forman un haz. Esta idea ha sido descrita mil veces.

En todo caso, la sociedad nunca puede ser vista como un valor propio. Esto sería la patraña entera, que han difundido siempre todos los comunismos, comunitarismos y socialismos que en el mundo han sido, y por desgracia siguen siendo. Ponen la sociedad por encima de la persona.

Lo menos que puede decirse de esta patraña es que la sociedad no posee los operadores lógicos. No piensa, ni es libre en sentido positivo. Son las personas que tienen el mando sobre una sociedad los verdaderos responsables del bien o el mal que atribuimos a la acción en común. En rigor, la sociedad no es responsable de nada. El Derecho Romano introdujo la responsabilidad de una sociedad como una fictio iuris.

En cambio, la sociedad es un valor económico, como hemos dicho antes. De ahí que califiquemos de mediopatraña la ambigua frase la sociedad es un valor. Es falsa, si entendemos la sociedad como un valor propio o fin. Es verdadera, si la consideramos como un valor económico o medio.

La eficacia de la sociedad como valor-medio se extiende a toda la escala de los valores. Si visualizamos los 4 ámbitos valiosos -economía, ética, estética y religión- como un bloque, una línea inclinada nos indicaría la importancia cambiante de lo personal y lo social a lo largo de la escala valiosa. Según se asciende, el peso de lo personal aumenta, mientras que disminuye la incidencia de lo social.

La zona P indica la parte de los valores que la persona puede realizar en solitario. La zona S representa la parte de los valores que la persona sólo puede cumplir con algún tipo de sociedad en cuanto medio.

Dicho de otra manera. Todos los valores enriquecen a la vez a la persona y a la sociedad. Pero no en la misma proporción. En los dos estratos más altos, estética y religión, la zona asignada en el dibujo a lo personal es mayor que la atribuida a lo social. En cambio, en los dos estratos más bajos, economía y ética, lo que la persona puede hacer en solitario es poco. Lo que puede hacer en concurso con los demás es mucho.

Adam Smith empieza su famosa obra describiendo las cuarenta personas que colaboran para producir un alfiler. A continuación viene la ética y el ordenamiento jurídico a que da lugar. En el Derecho Romano, responsabilidad in solidum significaba que, si uno del grupo no pagaba su parte, los demás tenían que pagarla entre ellos. El grupo como tal siempre respondía. De ahí viene precisamente la palabra Solidaridad.

Nótese que hacemos coincidir el punto medio de la línea inclinada con la frontera entre ética y estética. Además, la frontera entre economía y ética es un poco más gruesa, para indicar donde terminan los valores propios y empiezan los derivados o económicos.

La coincidencia del punto medio de la línea inclinada con la frontera entre ética y estética es muy significativa. Al correr esa línea inclinada a la izquierda, se incurre en las exageraciones del colectivismo económico y el totalitarismo político. Desplazarla hacia la derecha sería incidir en el excesivo individualismo y la insolidaridad. Nadie puede trazar con precisión esa línea, que es meramente teórica. Pero en todo caso intenta señalar el equilibrio valioso entre lo personal y lo social en toda la conducta humana.

A medida que ascendemos en los valores, como sugiere la flecha vertical, lo valioso-social va disminuyendo y lo valioso-personal va aumentando. Se visualiza así la idea de que la sociedad como tal es un medio para la persona. Esta última es la protagonista final de todo el enriquecimiento axiológico. Lo social fue sólo un medio para ello.

La subordinación de la sociedad, en cuanto medio para beneficio de la persona, tiene tanta importancia que la hemos bautizado como Segunda Ley axiológica. La Primera Ley es la jerarquía de los valores según la altura de Scheler y la fuerza de Hartmann.

Ya vimos en el artículo de 16/07/20 que también la vida es un valor económico. Es un medio y no un fin. En paralelo, podríamos decir ahora lo mismo de la sociedad. Lo valioso en sí no es la sociedad como tal, sino el respeto debido a la sociedad como medio, el reconocimiento de la utilidad de trabajar junto con los demás.

Pero hay una diferencia entre vida y sociedad en cuanto medios. La vida afecta por igual a toda la escala valiosa. Sin la vida, no podemos realizar ningún valor, alto o bajo que sea. En cambio la sociedad afecta de modo desigual a los valores, según sean altos o bajos. Por esta razón es preferible hablar de una Segunda Ley axiológica, y no incluir la sociedad en la cadena de valores económicos.

Pasemos a otro tema.

Para evitar las frecuentes confusiones, asignemos dos sentidos, uno estricto y otro amplio, a la palabra solidaridad.

En nuestra Tabla de Valores Eticos etiquetamos como Solidaridad al valor intermedio conocido desde siempre como Justicia general, o lo debido a la sociedad. Se divide luego en valores más detallados y que coinciden en su contenido con las también llamadas virtudes sociales. Esta sería la solidaridad stricto sensu. Es un concepto axiológico. Implica la aprehensión de un objetivo y preciso deber-ser ético.

Sin embargo, el vulgo usa la palabra solidaridad con una significación más amplia, lato sensu. Suele referirse a toda la zona S del gráfico anterior. Nos sentimos solidarios con los demás en la medida en que necesitamos su colaboración como medio para vivir los valores. Por tanto, la gente no se refiere propiamente a los valores sino más bien a los sentimientos que acompañan la vivencia de los valores.

La solidaridad lato sensu es por tanto un concepto psicológico, y no propiamente axiológico. Cuando la gente grita ¡hay que ser solidarios!, tiene presente sobre todo lo emocional en su dimensión social, toda la variada gama de nuestros sentimientos respecto a quienes nos rodean.

En general, la realización de todo valor ético lleva consigo una componente emocional o sentimental. En mayor o menor medida tenemos estima a su deber-ser. Lo cumplimos no sólo por obligación, sino también movidos por algún impulso psicológico. De suyo eso es muy bueno. Ayuda a cumplir con el deber-ser ético.

Pero hay que estar muy en guardia cuando se trata precisamente de los sentimientos sociales. Solemos exacerbarlos. Todo grupo humano desarrolla una tendencia al exclusivismo. Nosotros somos los mejores. El bien deja de serlo, si no lo hacemos nosotros. Por tanto, el equilibrio consiste en ser patriotas, sin caer en las aberraciones del nacionalismo o el exclusivismo. Hay que guiarse por los valores objetivos, y no por los impulsos ciegos de nuestro temperamento.

Esta solidaridad lato sensu, de que hablamos ahora, es un mar inabarcable. Es imposible todo intento de sistematizar los sentimientos sociales y ordenarlos mediante algún criterio racional. Hay muchos planos y muchos grados de intensidad dentro de cada plano. Lo único a nuestro alcance es dar algunos ejemplos en que podemos separar con un mínimo de claridad lo axiológico de lo psicológico.

Por ejemplo, comparemos la solidaridad en el valor ético Trabajo dentro de una empresa anónima y de una empresa familiar.

La solidaridad dentro de una empresa anónima se limita al deseo de ganar dinero junto con otros. Ese es el motivo de ser solidarios con los compañeros de trabajo. El que ayuda al compañero recién llegado para que aprenda pronto y cumpla bien su tarea en la empresa, ayuda también a su propio bolsillo. Los sentimientos, aunque sean interesados, van de acuerdo con el deber-ser de ganarse la vida y no ser gravosos a nadie. Percibimos la ventaja para nosotros de trabajar junto con los demás.

En cambio, la solidaridad en una empresa familiar potencia la armonía entre lo valioso y lo psíquico. Sobre todo, en una primera fase en que un padre con éxito industrial o comercial sabe involucrar a sus hijos en la expansión de la naciente empresa. El deber-ser del valor Trabajo se complementa con el amor a los seres más queridos. Es una solidaridad reforzada, donde no sólo cuenta la remuneración monetaria. Aparece un nuevo factor de entrega espontánea, que proviene de los vínculos familiares, tan enraizados en la misma naturaleza. Se da lo debido a la empresa familiar con más gusto que a la empresa anónima.

Lo vemos también al revés. El relajamiento de esos vínculos familiares en las generaciones siguientes suele llevar a la quiebra del negocio, a menos que alguien tenga la habilidad de convertir a tiempo la empresa familiar en anónima. Se han escrito muchas novelas sobre este proceso negativo.

Otro ejemplo lo encontramos en la solidaridad militar en un cuartel durante la paz, o en el frente en tiempo de guerra.

En un cuartel se acepta que, si alguien falta a su tarea, otro tiene que suplirle. Pero la máxima insolidaridad la encontramos en la guerra, cuando alguien muere porque otro se hurta a sus deberes. A ese insolidario le aplicamos el calificativo de traidor. Como las exigencias sociales en la guerra son tan intensas, no se tienen muchas contemplaciones con los insolidarios. Los desertores son fusilados en un consejo de guerra sumarísimo.

Un tercer ejemplo lo apreciamos en las catástrofes naturales como inundaciones, terremotos o desastres parecidos. Los mejores sentimientos solidarios afloran entonces en forma de compasión. También a mí me podría ocurrir esa desgracia. Hoy por ti, mañana por mí. Solemos superarnos a nosotros mismos en los momentos de desgracia. La solidaridad se sublima hasta el máximo amor altruista. Respondemos con una entrega mucho más generosa y desinteresada de lo ordinario cuando oímos el grito de alguien que pide auxilio.

Concluyamos con una consideración de otro tipo sobre esta solidaridad lato sensu de que hablamos. Podemos pecar contra ella por defecto o por exceso. Lo ordinario es el defecto, desde luego. El egoísmo es la pasión o impulso ciego que nos empuja a rehusar nuestra colaboración. Basta pensar en las situaciones anteriores, cuando el soldado falta a su deber, el trabajador es perezoso, o el hijo es descuidado o desordenado.

Pero también cabe el exceso de solidaridad, dar a la sociedad más de lo debido. Un trágico y reciente ejemplo lo tenemos en la absurda fidelidad con que los alemanes siguieron a Hitler, hasta la total devastación de su país. Fue el entero pueblo alemán el que entregó su alma al diablo, como sugiere Thomas Mann en su novela Doktor Faustus.

En los nacionalismos de catalanes y vascos apreciamos enseguida esta misma aberración del excluyente amor a lo propio. Se ha dicho que el nacionalismo es la peor de todas pestes. En efecto, es más letal todavía que el coronavirus que ahora padecemos.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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