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ESCRITO AL RASO

El diablo cojuelo veranea en la Villa

David Felipe Arranz
lunes 10 de agosto de 2020, 20:14h

En España picardea mucho la gente. España es país de pícaros, de tahúres embaucadores que salen de vez en cuando por televisión o a dar el sablazo, a pedir lo suyo de lo nuestro, a hacer sus cuentas con las de la gente de bien, porque los tunantes y los honrados siempre han tenido una relación parasitaria, en la que estos últimos salen mal parados. “Daban en Madrid, para los finales de junio, las once de la noche en punto, hora menguada para las calles, y, por faltar la luna, jurisdicción y término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte”: así comienza El diablo cojuelo (1641), de Luis Vélez de Guevara, con esta declaración de intenciones en la que anuncia que va a demandar un lector gourmet del idioma. Porque en esta obra capital de nuestra literatura no es solo lo que se cuenta, sino especialmente cómo se cuenta, filigrana verbal tras filigrana.

Como a los clásicos castellanos –no confundir con unos castellanos clásicos–no se les hace demasiado caso el resto del año, en el estío saltan de los libros a reivindicar lo suyo en Almagro, en Mérida o en estos Veranos de la Villa del consistorio madrileño, que este año se celebran en el patio central del Centro Conde Duque, cuando caída la noche la gente de la farándula y la carátula sale a poner los puntos sobre las íes a esta sociedad nuestra del descuido, el hurto, la sisa y la rapacería. Solo que ahora hay más delincuencia entre las élites del otro escenario, el político, que entre la gente de a pie. Y de eso y de nigromantes, alquimias y brujerías va esta novela picaresca que han aderezado Aitana Galán, Jesús Gómez Gutiérrez y La Radical Teatro para llevarla felizmente a las tablas, testamento del autor y pragmáticas quevedianas inclusive. Podría haberse trufado con más, porque uno ve que hay un hilo invisible que une este texto maravilloso con los de Boccaccio, Aretino o Cela. Pero así, como ellos lo han hecho y representado, está perfecto.

Así que Vélez de Guevara concibe uno de los “escenarios” más modernos de nuestras letras, con la operación de levantar a los techos lo que él llama “lo hojaldrado”, en el que “se descubrió la carne del pastelón de Madrid como entonces estaba, patentemente”. Allí, en ese bullicioso hervidero, zascandilea su magnífico reparto: Juan Alberto López –en la piel del propio Vélez y otros–, Críspulo Cabezas –reguetonero en horas libres y aquí don Cleofás–, la “cojuela” Silvia Espigado, la húngara Agnes Kiraly, Gloria Albalate –qué voz– y unos simpatiquísimos músicos que dan la nota a la prosa. A veces, la literatura se levanta de los anaqueles como el redivivo que sale de su sopor y se pone a decirnos las verdades del barquero y a resolver los dilemas vitales y morales que el espectador va posponiendo, hasta que entra en el teatro cuando acaba el día, que es la mejor hora. Se dice que es bueno consultar las cosas con psicólogos y asesores, preparadores que le dicen a uno lo que está bien o no para construir su marca o medrar en la sociedad y estar en la melé de los triunfadores. Algunos pensamos que es mejor consultarlas con los escritores, con sus palabras de papel que cobran vida con la lectura y razón de ser en la escena, porque la buena literatura es buena consejera y nos permite ver claro lo que vimos turbio. En esto Quevedo, a cuya prosa genial se iguala esta obra maestra, es el mejor coach, y don Luis Vélez de Guevara no le va a la zaga con su revista de pretendientes de corte, vírgenes remendadas, simuladores de la vida y volatineros de fino alambre. De ahí estos dos genios dejan paso a Gracián, que hizo de la metáfora un problema metafísico, como la misma literatura, que era pensamiento desde tiempos primero de Homero y después de Platón. De manera que los de La Radical Teatro dejan que las gentes de la gran ciudad “pierdan el tiempo” conversando con sus personajes, aprendiendo de la lengua española en toda su plenitud, cuando ya denunciaba la superpoblación urbana con tanto salero –“Ya comenzaban en el puchero humano de la corte a hervir hombres y mujeres”–, satirizaba los tipos humanos secos y estirados –“Aquel caballero tasajo que tiene el alma metida en cecina”– o, gracias a un espejo mágico, pasaba revista a los cortesanos de Palacio, desfilando por la calle Mayor de Madrid en coches, a caballo y a pie, enumeración de oropeles que bordan Kiraly y Albalate. Unos prefieren ver en casa el repaso televisual y vespertino de los cotilleos y “sálvames”; otros repasamos la nómina de parásitos de aquel tiempo que enumera y ordena el ecijano y que, claro está, se repite en el nuestro. Porque entre nosotros, de Arco de Cuchilleros a los salones de Palacio, la picaresca, retablo y oficio de nuestra condición, además de urgencia cotidiana, se va haciendo verdad eterna (muy a nuestro pesar, claro).

¿Quiso halagar Luis Vélez de Guevara, padre de familia numerosa, con esta enumeración a los que pudieran ayudarle? ¿Fue halago o adulación interesada o burla intencionada? No lo sabemos con certeza, pero lo que sí está claro es que el aparato risible que les imprime en la dramaturgia Aitana Galán va encaminado a la sátira; y esto es una manera de continuar con el arte del relato clásico, de nadar a contracorriente en la España solipsista y colonizada por formas de contar foráneas. Sea como fuere, va habiendo más ganas de relatar las historias del país que fuimos, porque había entre nosotros tanta inercia de recitar de memoria la vida y milagros de los grandes clásicos –ahora ya ni eso–, que se nos había olvidado lo fundamental: leerlos.

El que don Cleofás y Cojuelo se nos hayan aparecido en fin de semana en aquel (este) Madrid estival tiene mucho de milagro y poco de común, pues lo que pasa es que aquí unos comediantes asombrosos y cuentacuentos del siglo hicieron luminarias de palabras y música en medio de la noche. Si “la luna es el sol de las estatuas”, como creía Jean Cocteau, estos veranos de la villa, entre archidiablos, vizcondes y busconas, prometen ser el sol noctívago de este peculiar ferragosto a lo barroco.

Twitter: @dfarranz

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