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Paco Roca: la belleza fugitiva que permanece y dura

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 13 de agosto de 2020, 20:05h

Sus cómics son videoclips de amor y verdad. Sus libros en Astiberri se veden como rosquillas, muchas ediciones por título, y entre ocho y doce premios por los mejores, que incluyen del Nacional para abajo todos. Hay un mundo Paco Roca en España y su obra de línea clara, Hergé español entre la magia y el milagro, tiene cada vez más adeptos: El juego lúgubre (2004), El faro (2004), Arrugas (2007), Las calles de arena (2008), El invierno del dibujante (2010), Un hombre en pijama (2011), Los surcos del azar (2013), La casa (2015), La encrucijada (2018) y El tesoro del cisne negro (2018). Ayer me enfrenté, en duelo al natural, a La casa, imposible salir indemne, todavía me estoy recuperando del puñetazo emocional y físico.

Señala Fernando Marías en el colofón de su epílogo nervioso: “A medida que envejezco siento que el único tema de la literatura –y probablemente de todo lo demás- es el paso del Tiempo. Y La casa, que es el libro que un chico quiso dibujar para su padre muerto, es también el libro que ha permitido a Paco Roca dibujar el Tiempo que se va, o que se fue, o que se irá”. El padre muerto, efectivamente, deja como herencia una casa, el chalecito que la mitad de la clase media española quiso en algún remoto lugar, segunda vivienda y asueto, hecho por ellos mismos, obreros de fin de semana, sin dinero más que para la estructura principal y los básicos elementales. No nos hemos enterado todavía pero este país lo levantó la clase media española, con mucho sudor y lágrimas, esfuerzo y tesón, ajenos a lasitud e indolencia, y así muchas casas hechas a pulso son hoy el mejor símbolo.

Los tres hermanos (uno, el más consentido, artista, escritor, quien se preocupó menos del fin del padre) adecentan la casa para venderla, la limpian y protegen, recuerdan los tiempos felices cuando todos juntos hicieron la piscina o los muros protectores de la huerta. El duelo es homenaje y panegírico, todos quieren vender la casa y, al mismo tiempo, quedársela, porque su pérdida es una segunda muerte. El padre siempre quiso una pérgola, donde colgar la parra como los ricos, y llegan a comprarla e instalarla, como deuda por fin saldada, como galón ahora que la venden porque fue lo que siempre quiso el padre, como despedida y purga. Los tres hermanos, en letra menuda y pequeña, tejen por medio de recuerdos el mejor regalo al padre muerto. Lo que no se mueve (una casa, un pasado común) es lo más nervioso porque, tal y como escribió Quevedo, “sólo lo fugitivo permanece y dura”. El gran Quevedo, quien preso en León, San Marcos, con el agua por la rodilla, lo que le dejaría lisiado de por vida, le contesta a un amigo quien se interesa por su salud: “Aquí sigo como siempre precedido por el rebaño pálido de todas mis enfermedades”. La casa, el pasado… es la enfermedad que nos sana, porque nos despierta para recordarnos quiénes somos, aquellos que siempre fuimos.

Paco Roca (Valencia, 1969), desde su salida de la Escuela de Arte Superior de Diseño de Valencia, es el mago absoluto de la ilustración en España. Vive de ello y sus lectores se pegan por el nuevo título. Hay en sus libros economías morales, verdades como puños, pobreza limpia, revoluciones hermosas, deudas sociales tan en sintonía con las primeras. Es un Pepe Mújica del dibujo, a su aire, con sus camisetas de flores, barba de tres días y ojos azules. Quiere un mundo mejor, más justo, donde la obra de arte pregunta y soluciona, nos coge por el cuello y nos evita ser mediocres, donde uno jamás puede olvidarse de dónde viene y la familia está ahí para lo que estuvo siempre, aliada y no enemiga, cómplice y amiga, peto y espaldar de una sociedad consumista que tantas y tantas veces busca su aniquilamiento. Las verdades silenciosas de Paco Roca gritan como bestias, sonríen como flores, tejen la paz previa a la mayor tormenta.

La casa, entre aperos y labranzas, una higuera clave de la mucha hambre que paso el padre solo templada por los higos robados en una finca vecina, tiene la contundencia del susurro, el derecho al sigilo, tres hermanos a los que su padre puso un orden –no lujoso ni estridente- fuera del ruido y la confusión. Todos quisiéramos quedarnos para siempre esa casita de Paco Roca, donde muy a lo lejos se ve el mar, con un calor insoportable, apenas la huerta como única diversión en mita de la nada, escombros y abrojos donde llega el móvil pero la cisterna del baño no siempre funciona. Todos los periódicos publican estos días cómo los jóvenes tendrán en España que cobrar el doble si quieren comprarse una casa. El padre, en la fábula de Roca, se la hizo él y a eso volveremos. El sueldo, por aquellos años, debía dar para mucho, y una casa o un coche salía de los márgenes del mismo, hoy impensable: “En aquella época estaba de moda el construirse un chaletito. La gente como nosotros empezaba a tener unos ahorrillos y los invertía en tener una segunda vivienda”; “¿Tanto dinero teníais para hacer la casa? Qué va. El dinero nos llegó solo para construir la estructura, el resto: los tabiques, la cocina, todo el exterior… lo fuimos haciendo nosotros poco a poco, de fin de semana en fin de semana. Miles de familias de clase obrera se pasaban los días festivos como nosotros trabajando. Así está todo que se cae a trozos. Obreros aficionados con materiales baratos. Si tu abuelo hubiera tenido que construir las pirámides, no habrían durado en pie ni cien años. Eso sí, se lo habría pasado en grande haciéndolas”. Grande, Paco Roca. Los tiempos donde se luchaba por los sueños, a dos manos y sin descanso, porque si el sol dudara un instante se apagaría.

Diego Medrano

Escritor

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