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TRIBUNA

Invectiva acerba in Fernandum Simonem

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 14 de agosto de 2020, 20:16h

Si ya es repugnante que un médico con vocación de médico sirva a la razón de Estado, por inmoral y abyecta que ésta sea, es, sin embargo, aún si cabe, más repulsivo, servir desde esa misma condición de médico, como entregada marioneta, a los intereses electorales de un gobierno tan rotundamente ideologizado. La prostitución de la ciencia por razón de Estado, su entrega a los fines políticos, es una de las aberraciones más graves que puede ocurrir en una sociedad abierta. El Sr. Fernando Simón ha traicionado lo más noble y lo más humano que sostiene la Ciencia sirviendo al hombre que es más que Dios, en cuanto que es capaz de manipular el pasado, de hacer que los hechos ocurridos no hayan ocurrido.

Siendo así que la ciencia, por aspirar idealmente a un fin eterno, que es el conocimiento de la verdad, está radicalmente por encima de la política que se contrae a fines concretos, parciales y no siempre excelentes; y siendo así que, por tener como objetivo inmediato el bien de todos los hombres, la ciencia no puede subordinarse a la llamada razón de Estado, la cual unas veces propugna el bien de los hombres, pero sólo los de su facción, con daño de los demás; otras veces es un pretexto para satisfacer la ambición de unos pocos; y siempre supone un deliberado olvido de la moral fundamental o, por lo menos, el propósito previo de no contar con moral alguna si llega la ocasión, lo cual ha practicado ampliamente el Sr. Fernando Simón, quebrantando palmariamente el Juramento Hipocrático. “De la injusticia preservaré al enfermo”.

Es verdad que la coacción que sobre el pensamiento ejercen las ideologías oficiales en los pueblos libres es, a veces, mayor que la de las prohibiciones expresas de las dictaduras, tal como estamos viendo. Por eso es tan importante que los hombres que trabajan en y para la ciencia no se rindan ante las anticientíficas mundivisiones gubernamentales. El médico, que debe ver la vida desde un punto de vista totalmente distinto del legislador y el gobernante, no tiene perdón de Dios prestándose a las maniobras de la mentira y “cosmetización” de la verdad. Es mejor ser adepto y víctima del cientificismo, o la visión paleta de la ciencia, que el uso electoralista y prostituidor de la ciencia. La condición esencial que debe tener un buen médico ante todo gobierno es el santo escepticismo que le da su experiencia de hombre de ciencia. El respeto a la ciencia exige, ante todo, no creer más que en la ciencia verdadera y no en lo que la simula, esa pseudociencia que siempre coincide con los intereses del gobernante. La ideología, no en sentido de Destutt de Tracy, sino en un sentido marxista, que fundamenta el actual gobierno, tiene su principal cimentación en la monstruosa sentencia de Robespierre, que aún la padecen millones de hombres en lugares como Cuba, Venezuela o Nicaragua: “El Gobierno de la Revolución es el despotismo de la libertad contra la tiranía”. Se es o no científico por la conducta moral ante la verdad, la única pasión que tiene la Ciencia. Por eso la intención tampoco puede salvar al Sr. Don Fernando Simón.

Don Fernando Simón, médico sin MIR, de graciosas perogrulladas, como “versus memoriales”, y contradicciones incabalgables, hubiera sido un simpático y hasta entrañable personaje sacado por su aspecto de la película de culto Dune, si no se hubiera comportado de modo lacayuno respecto a este gobierno socialcomunista, cuya opacidad ya nos vincula de hecho con prósperos países, como Cuba y Venezuela. No sólo ha sido el secretario-portavoz de un comité fantasma de científicos, sabios y expertos, habitantes de los intermundia, sino que ahora intenta soslayar la evaluación de su gestión en la lucha contra la pandemia que le reclama la comunidad real, de carne y hueso, de científicos, como Helena Legido-Quigley, a fin de poder aminorar las debilidades que se hayan detectado en nuestro sistema público de salud. Sin duda, una de esas debilidades es el propio Don Fernando Simón, y el gobierno que representa y defiende.

El médico, aunque tenga su propio ideario político, como todo ser humano verdaderamente ciudadano, nunca debe aplicar su ciencia a su bandería política, sino a todo hombre necesitado sin distinción de etiquetas políticas, como aquel médico griego llamado Democedes, que si bien ardía en volver a su querida patria con libertad política, curó antes a la reina Atossa, la mujer del rey persa Darío, y madre de Jerjes, de un cáncer de pecho que cortó con una espada ardiente. Atossa sobrevivió treinta años a la amputación de su pecho en su tiránico reino, siendo coprotagonista su personaje de la mejor tragedia que se ha escrito, Los Persas. La actuación política del médico no debe presuponer jamás la deserción de éste de la Medicina ni la transgresión del Juramento Hipocrático, sino sólo una derivación del impulso médico por una vía colateral que, como las acequias de los molinos, moverá su rueda fuera del cauce habitual, pero después de cumplir esta misión volverá al cauce grande y legítimo. También los políticos ingenieros y los políticos técnicos deberían asimismo regirse por el método de demostración científica a la hora de defender su posición política y sus acciones. Con los políticos abogados obviamente no hay ninguna esperanza. La verdad es que gracias a especímenes como Don Fernando Simón, el médico está a punto de perder su prestigio de experto en la naturaleza del hombre, esto es, su prestigio de artista o, quizá mejor, de artesano del mecanismo nuestro, para pasar a ser un burócrata que propone tratamientos y comportamientos a partir de la pura estadística. Ya sólo son los algoritmos estadísticos los Asclepios que presuntamente curan. Gran error. Aquello, tan manoseado, de que los árboles impiden ver el bosque, a ninguna actividad humana puede aplicarse con tanta razón como a la clínica. Los muchos, los demasiados enfermos, dan, sin duda, seguridad y prestancia para ir y venir entre ellos y agudizar el golpe de vista del patólogo. Pero el verdadero conocimiento de la enfermedad lo da el estudio profundo de “cada caso”, en el que se resumen no sólo el esquema del proceso, sino todas sus posibles variedades. El Sr. Don Fernando Simón ha deshonrado la noble profesión de la medicina, vendiendo sus principios por muy poco, pues siempre es poco lo que se recibe por el alma propia.

El buen médico, en fin, busca y encuentra el problema no sólo donde está, sino donde parece no estar.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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