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"Conllevar" el nacionalismo

Aurora Nacarino-Brabo
sábado 23 de agosto de 2008, 21:36h
No puede haber mucha gente que disfrute contemplando un “debate sobre el estado de la Nación” o con las intervenciones parlamentarias de nuestros líderes políticos. Pero a mí me gustan. Lo reconozco: soy rara. Cuando llegan este tipo de eventos congresuales maratonianos, mi padre y yo (pues él también es rarito) nos sentamos frente al televisor con una bolsa de pipas en la mano y, como si de un Madrid-Barça se tratara, aplaudimos y jaleamos a los nuestros cada vez que suben al atril: “¡Vamos, zúrrales!”, suele azuzar papá. Lo bueno de estos enfrentamientos es que, a diferencia del fútbol, el resultado es flexible y subjetivo, por lo que (ya se pueden imaginar) siempre acabamos con la sensación de haber ganado por goleada.

Si esta extraña pasión de la que soy víctima ya es de preocupar, más lo es experimentar las mismas emociones cuando el debate político no tiene lugar en ese momento y ni siquiera es retransmitido por televisión. Si al menos lo telvisaran, podría achacar mi depravación al instinto “homo videns” del que somos prisioneros, pero si la sesión parlamentaria tuvo lugar en 1932 y la estoy leyendo sobre papel, no hay excusas: soy muy rara. Sin embargo, diré algo en mi favor: estoy hablando de un libro que contiene intervenciones de Azaña y Ortega ante las Cortes, y no de unos Rajoy y Zapatero cualesquiera. Concretamente, me refiero a los discursos que ambos líderes republicanos pronunciaron con motivo del debate sobre el primer Estatuo de Cataluña.

Les aseguro que es una gozada imaginarles en el Congreso: Azaña deslumbra por sus ideas de hombre moderno y adelantado a su tiempo; Ortega, con una retórica pedagógica y casi poética, da muestras de poseer una mente preclara. Lo supe en el mismo instante en que leí las siguientes palabras pronunciadas por el filósofo hace más de 70 años acerca del nacionalismo: “el problema catalán no se puede resolver, solo se puede conllevar”. Efectivamente, si alguien albergaba alguna esperanza, que vaya haciéndose a la idea: el nacionalismo es un monstruo insaciable que no se conforma con un nuevo Estatut o con una financiación más o menos ventajosa. Ortega lo vio antes que nadie y lo advirtió: “es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá siendo mientras España subsista”.

Aunque pueda parecer descorazonador, saber esto es una ventaja: ya no deberíamos perder más tiempo en buscar soluciones inverosímiles al “problema”. Se lo digo porque sé que Montilla les roba el sueño, y me sabe mal que cuestión tan inocua les tenga todo el verano en ascuas, pendientes del devenir de la Nación, e impidiéndoles disfrutar de sus vacaciones. No me lo agradezcan, y quédense tranquilos.
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