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ESCRITO AL RASO

Rodin y Giacometti: correspondencias

David Felipe Arranz
lunes 17 de agosto de 2020, 20:36h
Separados por dos generaciones, Auguste Rodin (1840-1917) y Alberto Giacometti (1901-1966) tienen mucho en común: su preocupación por renovar el arte de esculpir el cuerpo humano y una filiación de este sobre aquel que ahora saca a la luz la Fundación MAPFRE, en su sede madrileña del Palacio de la Duquesa de Medina de las Torres, en Recoletos. Rodin, el genio indiscutible de la escultura del siglo XIX, y Giacometti, el gran renovador del modelado y la materia, hicieron del work in progress más que un método de trabajo. A caballo entre el tormento y la plenitud, ambos escenifican las pasiones hechas materia resistente, beligerante, reivindicativa: el flaneo del yeso, la terracota, el bronce del hombre que principia a inquietarse ante su propia existencia.

Leo Steinberg redescubrió a Rodin y su “teatro de las pasiones” en 1972, en el volumen Other Criteria. Confrontations with Twentieth–Century Art, influencia constante y secreta que no se había reconocido públicamente, aunque se dejaba traslucir en los últimos movimientos escultóricos minimalistas. Es en la posguerra cuando el suizo cayó en la cuenta de que la obra del parisino era una de las pocas con las que se podía dialogar. “Vi la reproducción de pequeños bustos sobre una peana e inmediatamente me entraron ganas de hacer lo mismo”, afirmaba Giacometti con respecto al estudio de su padre, en una entrevista con André Parinaud el 13 de junio de 1963, según recoge la revista Arts-Lettres-Spectacles, nº 873. Se refería en concreto a un busto de yeso que representaba a su progenitor, realizado en 1905 por Auguste de Niederhäusern, colaborador de Rodin.

Efectivamente, Giacometti venía haciendo acopio de cuantos libros de Rodin se encontraba, y realizaba bosquejos y notas al margen de las páginas o sobre las propias fotografías, como hace en la monografía que publicó Rilke sobre Rodin en 1920; de él asimiló la cualidad de lo táctil, la reinterpretación de los modelos de la Antigüedad clásica o la consideración del pedestal como parte de la obra, porque para ambos, amantes de los caminos largos y seguros del arte, por la peana se adoraba al santo. Los dos compartieron incluso modelo en París: la rotunda y “curvie” Carmen Damedoz, a la que Giacometti conoció cuando su padre lo envió a estudiar con Antoine Bourdelle a la Académie de la Grande Chaumière, en 1922. De aquellos días, recuerda Giacometti en sus Écrits que “Bourdelle no me interesaba, no mucho. Me gustaba mucho Rodin. Y mucho menos Bourdelle o Maillol”. Y más adelante, el 8 de noviembre de 1928, descubrió el impresionante Balzac de Rodin, y así lo expresa en una carta a su padre: “el Balzac de Rodin, que naturalmente lo destruye todo, es verdad que hay poca escultura por destruir, es decir, mucha pero mala”. En 1939 expresó así su disgusto con el tardío reconocimiento de esta fabulosa pieza, cuando el 1 de julio se elige el Balzac para su instalación en el cruce de los bulevares Raspail y Montparnasse: “aún hoy, la mayoría de la gente se escandaliza y opina que parece una foca; ahí se ve que las cosas van despacio”. Rodin era ese genio al que detestan y adoran, pero que para un artista como Giacometti tenía respuestas para todo, especialmente en el modelado de los cuerpos, la resolución de la postura, el trabajo sobre los torsos, las cabezas, las extremidades, los muslos, los glúteos… Giacometti hincaba en sus personajes los dedos y hasta las uñas, una y otra vez, con dulzura a veces, y otras con furia. Hizo de la limitación natural de la materia una experiencia reveladora, olvidándose de todo el academicismo anterior gracias a la omnipresencia de Rodin, especialmente en su etapa de madurez.

La influencia de los modelos egipcios en el Hombre que camina de Giacometti es evidente, así como el Monumento a los burgueses de Calais –grupo escultórico cuya huella podemos rastrear en El bosque, La plaza o El claro– o Las sombras, de Rodin, transparentan una admiración. El pequeño desesperado de Giacometti se inspira sin duda en El adolescente desesperado de Rodin, así como El hombre que se tambalea se contempla en el espejo de El hombre que cae del francés. Giacometti, pues, redefine a Rodin y su modelado de las honradeces más robustas del cuerpo, de las miradas vacías a las figuras estilizadas, como husos o alambres misteriosos de perfil impuro, tosco y fino a la vez, modernos y antiguos.

En estas correspondencias se adivina la huída de Giacometti tanto del naturalismo de Maillol como del academicismo de la Grande Chaumière: encontró en el arte de Rodin ese equilibrio, pues también el maestro había huido del naturalismo: “El artista es verídico, la mentirosa es la fotografía”, declaró en una ocasión Rodin a Paul Gsell, como se recoge en el volumen Auguste Rodin. Die Kunst. Gespräche des Meisters (1918). Fue figurativo y, al igual que Rodin, contemplaba el arte como una experiencia interior y vitalista. Sus respectivos estudios fueron más que un taller: eran el lugar donde todo se hacía posible a partir de lo fragmentario, de los vestigios anatómicos de otro tiempo, de restos de otras obras… Allí los cuerpos grecolatinos se reunían con las tribus africanas, en una verbena de tesoros y consistencias materiales que nunca se acababan, como sus noches y esa vida de artista tan descompensada y bohemia, pura, clandestina, esculpida sobre el celestial rastro de los creadores de bulevar que se quedan profundamente dormidos al alba mientras sus sensuales Galateas cobran vida.
Catherine Chevillot, Catherine Grenier y Hugo Daniel han realizado un excelente trabajo, con el apoyo constante del Musée Rodin y la Fondation Giacometti. Su idea de trazar en Rodin-Giacometti la ligazón de los dos genios completa sin duda el mapa de sensibilidades plásticas del siglo XX e invita al visitante al plural y estimulante disfrute de las influencias.


Twitter: @dfarranz
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