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TRIBUNA

La plaza

lunes 17 de agosto de 2020, 20:40h

Unos ciento veinte millones de años separan a los primeros hormigueros del Cretáceo de La Plaza de Tiannamén (Pekín.1949), aunque ambos estén enlazadas por una cuestión asombrosa. Había elegido para mi proyecto de fin de carrera la remodelación de una plaza pequeña, la de Chueca (Madrid), en un barrio digamos caótico por lo intrincado del trazado y la superposición de vecinos y visitantes de todo tipo. Un estudiante de arquitectura se cree en la obligación de llenar o al menos escenificar, en la más tenue de sus actuaciones y cada vez que le ofrecen un plano, cualquier hueco, pero entonces me surgió la pregunta. ¿Cuál es el origen de las plazas?, ¿existiría ya la plaza en la arquitectura de hormigueros y termiteros para darse un respiro ante la frenética actividad y movilidad de esos miles, millones de individuos, en sus intrincados túneles y laberintos, o era más bien la plaza una entidad creada por nosotros desde que empezamos a congregarnos en gran número, reinos e imperios, en los últimos cinco o diez mil años?. No era, no os riais, una pregunta tonta ni caprichosa, porque de mi curiosidad y su respuesta dependería el cómo actuar, haciendo prevalecer el vacío puro y duro, existencial, frente a la tradición cultural de ocuparlo y tunearlo. Es decir, ¿quitar o poner?. Trataría de averiguarlo.

Las comunidades de himenópteros e isópteros crean estructuras que podríamos asemejar a ciudades, perfectamente organizadas, que aparecen bien dibujadas en corte por los naturalistas y que siempre nos habían llamado la atención, al menos un buen rato, en la infancia. Ya se tratara de hormigas, termitas, abejas o avispas, no esperaba encontrar en la biopsia de esos edificios o en las magníficas láminas una cámara que dijera “plaza”, ya fuera en griego o latín, sino algún espacio bien diferenciado y central, e indeterminado, que no tuviera función específica como el resto de celdillas o cámaras y que además fuera una constante.
No sería un vacío semejante al que anhelaba frustradamente Eduardo Chillida (1924-2002) para la montaña sagrada de Tindaya (Fuerteventura), increíble, pero chocando con las razones ancestrales de los isleños y su mitología; ni tampoco aquella habitación vacía de la casa oriental, básica para conformar el sentido y desarrollo inesperado de una casa; ni una de esas cámaras de los monumentos funerarios faraónicos que conducen en apariencia a nada o quieren confundir. Nó, tendría la evidencia de estar ahí en medio y poco más.

Ansiaba encontrarla, pues significaría que la plaza se nos había arrastrado durante milenios hasta el inconsciente y los sueños antes de llegar a nuestros planos. Sería un descubrimiento mágico carente de sentido práctico. Tomar aliento antes de reemprender la marcha o el de cambiarla de forma inesperada, era ya darle nueva cancha al destino.

Si por el contrario, como así ha sido, con las excepción de las enormes cúpulas climáticas de los termiteros de barro, no la encontraba, volvería a la arquitectura y a un espacio tramitado por el sapiens; volvería a retomar El Ágora de la Creta Micénica (VIII a.c.), al espectáculo de ahorcamiento y quema de Girolamo Savonarola en la Piazza della Signoría (1498. Florencia); al poblado-plaza de los Yanomami (Venezuela y Brasil); al temblor y la carne de gallina en la plaza de toros al sonar clarines o a la inmensa Plaza de Tiannamén (1949. China), capaces de volcar en su interior a cientos o millones de adhesiones a una tradición, régimen social, religioso o político, pero incapaces en cualquier caso de acorralar con éxito para la historia el enfrentamiento a un Papa o la soledad de una figura anónima con una bolsa de plástico frente a un tanque o el valor temerario de un maletilla con un capote.

Curioso lo que he ido encontrando al hilo de mi búsqueda entre hormigas y humanos. Que sus biomasas son semejantes. Que alguna supercolonia de hormigas, como la de la costa de Ishikari (Isla de Hokkaido. Japón. 2000) con 45.000 hormigueros conectados, tenía 300 millones de obreras, que es la misma cantidad que la población obrera de China y que en otra en el sur de Europa contaba ya con mil millones de obreras, lo que equivale al hinterland campesino o nuevo proletario de la economía capitalista conjunta de China, India y Africa. El sistema de un hormiguero carece de control centralizado y las decisiones se toman por pocos individuos, que aceptan el resto ... Yo buscaba el origen de la plaza, pero cualquier pregunta inocente nos lleva por otro lado.

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