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FRACASA MEJOR

La tempestad de Shakespeare en Alba Viejo: Carol dice

Miguel Ángel Gómez
lunes 17 de agosto de 2020, 20:48h
Con una voluntad de espada y de renovación, nace la editorial Azor de narrativa, que huye de los saludos de bienvenida sombríos. Pascual Ortiz, su editor tenaz, no tiene triste desilusión, sino que muestra un entusiasmo de su clima, con sus propios aciertos, sin que nadie le diga si está o no deshidratándose literariamente.

En las páginas de Carol dice, su primera entrega, Alba Viejo (Oviedo, 1990) sabe que la literatura te hace existir y aguantar pensando que toda la riqueza es un libro entre las manos de Alejandra Pizarnik, escuchándola cantar al morir, como Blake. Trata de imaginar un mundo que no esté hundido y dice en el primer capítulo: “Nos habló de Takeshi, y de su último viaje a Japón. De los colores, los sabores, los paisajes. Del castillo de Osaka. De la fascinación que aquella tierra le había generado. De sus melodías evocadoras, de paraísos desconocidos por Occidente”. Sophie, Carol, Marie Claire, Emma, Adèle perfuman de pronto como una melancolía. Están claros los sentidos que despiertan y llegan a ser casi palpables.

Alba Viejo nos trae todos los lugares donde la tierra puede respirar. Los rostros allí muestran curiosidad e interés, encontramos cartas que consiguen tener individualidad, aunque con una voz que parece haber caído bajo el influjo de la prosa de Murakami y de Jane Austen. Filósofa / amante de Shakespeare, impresiona su manera de medir el tiempo en la novela, es una novela-río en la que no reserva ideas para una nueva obra. Una de las cualidades de la novelista es enfundar la escritura en el lapso de tiempo: “Sentí la puerta de la calle a los tres segundos”; “Abrió el libro y permaneció varios segundos leyendo el mismo párrafo”; “Titubeó unos segundos más hasta que cedió”. Así se identifica emocionalmente con los personajes, no respira el aire de la distancia. Nos deja sencillez suavizada por el tacto de muchas manos amigas, se asoma a la realidad existencial que arde en todo momento en cualquier esquina.

Todo está aquí: los poemas como tareas olvidadas que relacionan pasado, presente y futuro para la clase de literatura, los llantos cumpliendo su función, el dolor que permanece siempre confinado dentro de nosotros mismos. Tiene frases largas, pero nada enrevesadas. Su caudal condensa la experiencia de su autora. No se fija en la crítica fabricada con bilis. Hay un lirismo especial, dulcemente áspero. Así se habla de un atisbo de “amor callado”. El amor viene a saludarnos con el pulso herido de su silencio y otras veces con el aspaviento sonoro del enfado: “un portazo manchado de rabia o violencia” y “un silencioso cerrarse, pero firme”.

Flota como flotan las palabras, Clarice Lispector, pero también, Franz Kafka, Federico García Lorca, Amélie Nothomb, Fiódor Dostoievski, etc. La magia está ahí, a veces pintada en forma de aforismo: “El poeta se atreve a adentrarse en el cuerpo cubierto por telas inservibles y raídas”; “Me miró como quien lo hace por compromiso”. Todo en Carol dice es admiración por Mark Twain y Huckelberry Finn, espíritu aventurero con una transparente brillantez. Viejo viene de una vida filosófica que la lleva a querer seguir siendo en papel como era en su adolescencia, en lo más fundamental. En ella la palabra no viene de algo falso que esté fuera del propio yo (“Ningún escritor dispone de un poder verbal capaz de rivalizar con la imaginación de sus lectores”, dijo Simon Leys).

Seguí a Alba Viejo en todas sus publicaciones en antologías. Es una escritora de ojos vidriosos que al escribir se torna en mueca. Carol dice es la historia de unos muchachos que se aferran a sus fantasmas que no están demasiado lejos de la verdad actual. Con ella nos viene a la mente uno de los grandes libros de Francisco Umbral, Las europeas, donde cuenta cinco historias de cinco mujeres que amó: Jeanette, Bodil, Guill, Renata y Childe. Tiene una estructura similar, bella, sombría, diferente. Hurga en el brasero apagado para toparse con la intensidad, con la piedad que viene a por nosotros en los momentos más críticos a la manera de Anne Sexton. Todas las prosas de Alba Viejo tratan de lo que nace de ella y van más allá. Habla de pasiones que nos dan una posibilidad de curación.

Lecturas que la llevan a la obsesión por saber el origen de la literatura. No habría sombra alguna si no brillara el sol en el país de las maravillas, vemos con el personaje de Carol que da título a la obra. Nos da la imagen de soledad, de estar en una selva y no saber qué echar a las bestias que dicen mentiras, si carne o el corazón. El mundo de Alba Viejo repite lo que repitieron los que nos antecedieron, nos habla de nuevas generaciones, del paso del tiempo, sus palabras están llenas de cosas narrables en las llanuras oscuras de lo cotidiano.
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