No hay tertulia radiofónica o televisiva, reportaje en la prensa, artículo de opinión, información difundida en redes sociales o, simplemente, una conversación entre amigos y familiares en la que no se mencione a un experto. No es necesario dar más detalles, solo hay que decir que “según un experto…” y ya se puede decir lo que uno quiera. Pero hay expertos para todo y, lo más curioso, expertos capaces de argumentar una cosa y la contraria.
En su defensa, la de los expertos, hay que decir que los espacios informativos destinados a volcar su erudición son limitados y toda explicación sobre la materia a debatir queda siempre corta. Efectivamente, nadie dispone de tiempo (y en la mayoría de los casos, ni de las ganas suficientes) para leerse su tesis doctoral, pero otras veces (y esto es un ejercicio de autocrítica profesional), los moderadores, periodistas o los “conversantes” de barra de bar solo se quedan con la frase de impacto, la que interesa, en definitiva, para la postura a defender.
Como ahora lo que preocupa y de lo que todo el mundo habla es sobre esta cosa rara que llevamos todos viviendo desde principios de marzo y que nos ha tenido inusitadamente confinados en nuestras casas con una restricción casi total de movimientos, la atención se centra en lo que nos digan los expertos en el coronavirus o en materias de diversa índole afectadas por la pandemia o relacionadas con ella.
Pero como decía, las informaciones son siempre contradictorias y esto confunde a la población, a los ciudadanos de a pie que no entienden que un experto del Gobierno te diga públicamente en todos los medios de comunicación que una mascarilla, primero, sea un accesorio no necesario e inútil que solo puede servir al profesional sanitario que atiende directamente a enfermos varios, y que mes y medio más tarde sea de uso obligado y bajo pena de multa.
¿Cómo debe asimilar la opinión pública que los expertos del Gobierno registren 28.500 fallecidos y los expertos de prestigiosas universidades y organismos igual de familiarizados con las cosas del registro de muertos presenten la cifra de 45.000? ¿Es normal esta disparidad tan notable de datos? ¿Es lógico que una persona normal pueda desconfiar de unos y otros? ¿Cómo enfocamos la contradicción?
Tampoco se entiende que un experto te diga que la pandemia está controlada, que no hay peligro de una segunda oleada de contagios, y otro igual de versado te alarme, acto seguido, con que la tendencia en la evolución de casos positivos nos lleva a pensar de nuevo en un confinamiento masivo. Asusta que el entendido te hable de una “subida suave” de contagios al tiempo que informa de un incremento de 16.000 casos solo durante el último fin de semana.
Y digo yo: ¿Qué debe hacer un padre responsable cuando empiece el colegio ahora en septiembre si un experto, ducho en cuestiones educativas, te dice que si se cumplen las normas de seguridad sanitaria no debería pasar nada, pero, al mismo tiempo, apunta que con la tendencia actual de contagios quizá no se pueda ni empezar el curso escolar?
Y me pregunto también: ¿Con qué ánimo hago caso a las autoridades sanitarias y educativas de mi comunidad autónoma si un experto me dice que está demostrado que un niño “positivo en COVID” tiene capacidad para contagiar a 800 personas de su entorno en dos días? ¿Me rebelo? ¿Me niego? ¿Hay lugar para la objeción de conciencia por miedo?
Entendiendo que hablamos de una enfermedad nueva, desconocida, en la que se ignoran todavía muchas cosas, sobre la que no se saben exactamente todas las vías de contagio, que a unas personas no afecta nada y produce enfermos ‘asintomáticos’ pero a otras las mata, no es poca cosa pedir un mínimo de unanimidad entre expertos a la hora de difundir mensajes.
Si tienen que ser tranquilizadores, pues que todos transmitan esperanza y reconforten, y si el mensaje tiene que ser alarmista, pues que nos preparen, pero que lo sean todos, porque el resultado, insisto, es desconcierto y perplejidad ante la falta de una información clara y concisa. La sensación que se ha conseguido es de angustia y desasosiego por la falta de criterio y el caos en el que nos encontramos.
¡Ah! Y un aviso a todos en general. Hay que valorar quién sabe y quién no. Miguel Bosé no es un experto y yo tampoco.