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TRIBUNA

Hacerlo en la Luna

Juan José Vijuesca
miércoles 19 de agosto de 2020, 20:00h
Andaba yo instalado en noche del Gredos profundo presto a eso de las Perseidas y otras visiones cósmicas, cuando me pareció ver la figura de dos operarios de la NASA paseando sobre la superficie de la Luna. De inmediato llamé a la Agencia Espacial Internacional que me confirmó la veracidad de mi avistamiento: “Se trata de dos fontaneros que han ido en misión de instalar un inodoro” -me dijeron.

Por higiene controlada supongo que convendrá guardar las formas a pesar de que lo escatológico no está reñido con la Real Academia Española ni con el sentido colonial del buen escribir, por aquello de llamar a las cosas por su nombre de pila sin caer en lo arrabalero, pero hablar de inodoros siempre resulta atractivo para la imaginación y mucho más si la Luna está de por medio. A nadie escapa que la poesía guarda vínculo de ensoñación con nuestro satélite y sería de mal gusto desmerecer tanta vertiente creativa, pero cuando los adentros corporales se ponen de maniobras y tocan a rebato nos invade una aterradora glosa intestinal muy de valorar.

La NASA ha decidido que el hombre regrese a la Luna haciéndolo con garantías de primeros auxilios. A simple vista puede parecer una cuestión menor, pero no olvidemos que aquí en la Tierra las áreas de servicio fueron las pioneras en eso de dar cobertura a los desplantes intestinales. Más tarde fueron creciendo los alrededores con restaurantes de carretera y demás socorros de consumo y avituallamiento; pero insisto, lo primero vino por la necesidad fisiológica en beneficio de proteger el drenaje de las cunetas, acabar con las cuclillas tras los arbustos u otros camuflajes para aliviaderos de primer rango.

No seré yo quien ponga puertas al campo, pero esto del tracto intestinal se nos está yendo de las manos. Obligado te veas o en apuros de hacer lo que el ser humano viene haciendo desde que lo de miccionar y evacuar se puso de moda. El reloj biológico a veces traiciona su sentido horario y las manecillas se vuelven tan oscilantes que sorprenden en tiempo y en forma al hacedor y a sus propios adentros. De acuerdo que es algo muy personal, pero a donde fueres haz lo que vieres aunque sea en el mismísimo espacio sideral.

A mí lo de ir a la Luna a cumplir con requisitos de evacuación me parece algo sofisticado, porque una cosa es el apretón camino de Albacete y otra dejar los aguantes del viaje para cuando el coche de línea llegue al satélite lunar. Comprendo que la NASA esté modernizando el hábitat de los astronautas pero un solo inodoro para tantos como somos ya verán lo complicado cuando lleguen los primeros viajes culturales del IMSERSO, porque a ciertas edades las vejigas rompen braguetas con facilidad y los probióticos no acostumbran a guardar secretos del intestino grueso por mucho tiempo.

La Estación Espacial Internacional quiere volver a la Luna sin escatimar servicios para los viajeros. Quiere convertir aquello en el destino preferido ahora que aquí en España lo del turismo está en quiebra técnica; así pues, hacerse fotos en el trono espacial será el nuevo souvenir que acabará con la evocadora e insufrible quincalla de los recuerdos lugareños al uso; ya saben, lo más granado de cualquier viaje que después la gente suele guardar en un cajón a modo de olvido.
Lo peor de estos avances es que el ser humano del mal llamado primer mundo es poco correcto con el lenguaje. No reparamos en las buenas maneras y pronto el inodoro será convertido en el malsonante “wáter” o “váter” o en esa mariconada de la “toilette”, cuando lo correcto es decir que uno va al cuarto de baño. Así, sin más. Sabido es que el refinamiento no está reñido con la dignidad civilizada sobre todo cuando el favorecido por el encono ventral requiere de la intimidad necesaria para ponerse al día con su yo interior.

Mientras tanto aquí en la Tierra Media, o sea, España, pues dando la talla de lo melifluo y más solos que la una frente a un virus que tan pronto viene como se queda; eso sí, don Pedro veraneando en el palacete de La Mareta en Lanzarote a cuerpo de rey, seguro que mejorando el despilfarro de mediados del siglo XVI cuando los reyes poseían sitiales lujosos como tronos a modo de retretes revestidos con detalles de pájaros y paisajes japoneses en oro, taraceas de nácar, bronces chinos, asiento almohadillado y tapizados de fustán blanco. Él no puede ser menos. Y los demás en la Luna hasta que un día Dios tire de la cadena y nos vayamos todos por el sumidero.
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