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TRIBUNA

El miedo y el hombre nuevo

jueves 20 de agosto de 2020, 20:18h

Las epidemias supusieron siempre profundas conmociones antropológicas que, naturalmente, pueden juzgarse de uno u otro modo. Las grandes epidemias sufridas por Roma en 165 y 251 seguramente sirvieron para la expansión de las actitudes y modos de vida cristianos, notablemente eficaces en aquella circunstancia, dado que la ayuda mutua y la entrega generosa a los otros significaba una alta probabilidad de supervivencia. El crecimiento en el número de cristianos, tras cada gran epidemia, fue un efecto práctico de unas conductas eficaces movidas por la fe. Lo explica con rigor Rodney Stark.

Cuando conocimos de la existencia del virus de nuestras angustias, todavía ingenuos y sin desbravar, pensábamos que significaría una cierta conmoción en nuestras vidas: real pero transitoria. Cuando oímos hablar de “nueva normalidad” debimos comprender que, puesto que lo juzgaban “normal”, todos esos cambios introducidos en nuestro modo de vida iban a convertirse en norma sancionada por el poder ejecutivo. La difusión de un estado de alarma durante el verano, desconsiderando ya abiertamente los efectos económicos de las decisiones de confinamiento, debió permitirnos sospechar que la crisis económica no era un efecto derivado e indeseable, sino un requisito para un cambio de naturaleza de nuestro sistema productivo y, por lo tanto, de nuestros hábitos de consumo. La condición para una transformación profunda de la vida humana.

Las condiciones son evidentemente otras que en la vieja Roma y los efectos de esta infección mundial se atendrán a otros modos. La gestión tecno-económica del mundo y el control mediático de la subjetividad de enormes masas de población hace posible confinar a millones de habitantes del planeta, que proceden silenciosamente a su propio encierro. Biopolítica lo llaman, imposible sin la configuración de nuestra subjetividad por el mercado mundial y su estado embrionario. No es que piense que un centro mundial de control organiza y gestiona ese miedo: mi temor es mucho peor. Temo que los mandos intermedios, por ejemplo, los gobiernos nacionales, se vean llevados por la misma dinámica de la infección sin intervención directa de un poder escondido. Esa dinámica no es falsa, pero está inducida y perfectamente representada como siguiendo un programa cuyas líneas se nos escapan: son los arcana imperii.

Nosotros estamos limitados a movemos en un entorno en descomposición en el que casi todo el mundo se alinea con fanáticos o con suspicaces, que son dos formas de la misma ignorancia activa y decidida. De un lado los que exigen una sumisión perfecta a las decisiones oficiales. Antes se pretendían técnicas, higiénicas o sanitarias. Pero ya sabemos que se puede decidir oficialmente, sin el requisito técnico, como ha hecho nuestro gobierno admitiendo sin el menor pudor que jamás existió una comisión de expertos. Por tanto, basta el carácter oficial de la decisión a la que hay que responder con perfecta sumisión.

De otro lado, están los que llegan a dudar de la existencia misma del virus y reclaman la completa desatención de la más elemental prudencia. Junto a ellos están los que, con pretendida capacidad de penetrar los arcanos del poder, encuentran que el virus ha sido diseñado por el comité de los grandes señores del mundo o por la industria farmacéutica cuya vacuna rechazan frontalmente. Conocedores de lo ignoto, profetizan sus ensoñaciones.

Por su parte, la prensa cuya función es, desde hace mucho tiempo, desplegar el boletín oficial del estado, no sirve para introducir templanza y sentido común en un debate delirante. Si no “siembran el pánico” al menos irrigan y fertilizan ese terreno abonado por el miedo a la muerte del ciudadano de la Cosmópolis moderna. Nunca antes nos aterrorizó tanto la muerte, porque nunca tuvimos menos defensas que oponerle. Solitarios e inermes, desconfiamos en defensa propia y somos carne de cañón para la gestión tecno-económica de esas unidades de producción de la gran empresa del mundo a las que han quedado reducidas las viejas naciones.

Pero socialmente nada ha cambiado. Sucede, simplemente, que las nuevas condiciones de vida han hecho patente lo que un ansioso bienestar mantenía escondido. Las actitudes van – en un continuo sin ruptura – desde los fanáticos delatores, comisarios de lo oficial, que murmuran si la mascarilla no está bien colocada o extendiste la mano para saludar al vecino, hasta los críticos de hecho que han decidido por vía ejecutiva que el virus no les compete y bailan, cantan y beben en estrecho abrazo mientras esperan un mañana del que no tienen la menor duda, pero en el que tampoco depositan ninguna esperanza.

El miedo que nos reduce o al que queremos vencer no ha hecho un hombre nuevo. Somos lo que éramos, pero hoy del modo más patente. Simplemente nos hemos desnudado de vanas apariencias. Cada uno juzgará lo que el espejo le devuelve. No me cabe duda de que seremos benévolos.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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