Me sobresalté cuando, aún de noche y desvelado, intentando que la brisa refrescara el sudor que me empapaba por haberme bebido un cazo de limonada casi hirviendo y enrollado en un chinchorro de aquella, llamémosle choza, en la que estaba hospedado por un indio Yaruro a mitad del camino de la selva venezolana , sentí que llegaba hasta mí algo grande desde la maraña, así que Permanecí muy quieto hasta que el enorme animal y su tropa se acomodaron bajo una mesa y luego de un profundo ronroneo todo volvió a quedar en calma.
Al amanecer, los últimos ocupantes de la casa se habían desperezado y marchado a no sé dónde, pero algo comenté sobre el revoltijo de arena que dejaron en el suelo y él me contestó que la cochina y sus cerditos solo venían para dormir y que ahí hacían su cama.
Le escuchaba atónito mientras colaba el café formando un denso hilillo que endulzado me sabría a gloria y le observaba al tiempo que recolocaba en unos estantes y ganchitos todo su ajuar personal, con los utensilios de pesca y caza, las cazuelitas, las planchas, las camisetas, etc, etc. Algo que nosotros asemejaríamos, para explicarlo, al interior de una caravana de feria o a la tienda de campaña de un náufrago de color gris carboncillo velado. No había paredes, sino unas pocas chapas a media altura en derredor de la delicada cacharrería y encima el tejado, también de chapa, sobre unas estacas o pilares anclados directamente a la arena limpia y clara. En medio de la zona anegada por las crecidas, entre islotes secos y dedos de agua, aquel hombre también era el entrelazado de un llanero, Juan Miguel, vestimenta y cigarrillo en los labios, con el indio de nombre Guáchara y su aura, aunque me pareciera que el deseado mestizaje de todo el continente americano se hubiese quedado estancado en las mismas aguas.
Poco hablador, pasaba los hilos unos sobre otros con gran rapidez tejiendo un chinchorro día tras día y el resto en cambio lo hacía con una increíble calma, ya fuera para agarrar un palito o para preparar la curiara (piragua). El gesto lo tenía serio y a veces pronunciaba frases de gran amargura acompañadas de algún suspiro.
- Me parieron varón, más valía hubiera nacido muerto -
porque según me contaba, el tétanos estuvo a punto de llevarle la vida, aún lo padecía y el médico le dijo que no trabajara mucho. Ante esas palabras te quedas de piedra, pero entonces me pidió que le hablara de la ballena y ya después decía impresionado - La ballena, la ballena… - en repetidas ocasiones, como si por decirlo se ayudara a imaginársela en aquella estancia, hecha de nada y repleta de vicisitudes, que era en verdad su casa y lo que faltara ya lo llenaría con recuerdos y sueños bien pactados con la amargura y el poquito de cielo que calaba las copas de los árboles.
Sin arquitectura puede haber casa, o pudo haberla.
VICTOR OCHOA